jueves, 16 de abril de 2015

Julio Cortázar - Continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

domingo, 5 de abril de 2015

Ventura y desventura del cuento por Mauricio Electorat

Los editores suelen huir de los volúmenes de cuentos como de la peste argumentando que el cuento no vende. Y lo más probable es que sea verdad. ¿Por qué? En el mundo anglosajón, en cambio, el cuento es un género canónico, hay revistas dedicadas al relato breve que imponen escritores, como Granta o The New Yorker. Narradores como Raymond Carver o John Cheever son, ante todo, maestros del relato breve que se han consolidado en el campo literario anglosajón con la misma indiscutible primacía con que lo hace cualquier novelista.
Con esto apunto a un fenómeno que tiene que ver con la manera en que un género pervive en una sociedad determinada: en Estados Unidos, en Inglaterra, un cuentista puede imponerse en el canon literario de su país y de su lengua como una figura central. En países latinos, curiosamente— esto es mucho más difícil. Esto tiene que ver, como siempre en este tipo de cosas, con dos de los aspectos en los que se entreteje la existencia social de toda literatura: una tradición y las modificaciones de dicha tradición o, en términos más generales, con la manera como evoluciona la cultura. 
En el caso de la literatura anglófona, los cuentistas “canónicos” se remontan a figuras como Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne o, más tarde, Sherwood Anderson. El mismo James Joyce es conocido como autor de Dublineses antes de publicar el Ulises y, desde luego, Hemingway es para muchos un magnífico cuentista que además escribió novelas. 
En el contexto hispanoamericano —el “territorio de la Mancha”, como lo definía Carlos Fuentes—, no hay un país que tenga una tradición tan potente de cuentistas como Argentina; pensemos solo en Borges y Cortázar, dos de los escritores más importantes del siglo pasado. Borges —que, como todo el mundo sabe, no veía razón para contar en trescientas páginas aquello que se podía contar en tres— se hizo su canon personal con poetas, filósofos cultores de la metafísica y de la paradoja y, en el universo de la narrativa, más con Chesterton, con Wilde, con Bernard Shaw que con Henry James o con Dickens. En Cortázar, que puede ser visto como una especie de alter ego posmoderno de Borges, “laten” Edgar Allan Poe y H.P. Lovecraft, junto con Julio Verne (otro maestro de la literatura fantástica), Jean Cocteau (que es lo más parecido a un poeta de los paraísos artificiales, un Thomas de Quincey a la francesa) y los integrantes del famoso Oulipo (“Ouvroir de littérature potentielle”), grupo liderado por Raymond Queneau, al que pertenecieron en su momento Marguerite Duras e Italo Calvino, que trae a la literatura francesa de posguerra el experimentalismo formal surgido del modernismo anglosajón.
De ahí a afirmar que la pervivencia y la importancia del cuento en Argentina tienen que ver con la (mayor) asimilación por parte de los escritores argentinos de la tradición anglosajona no hay mucho trecho. Pero lo cierto es que el cuento es, también, un género central en otras literaturas hispanoamericanas: la chilena, sin ir más lejos. Podemos prescindir probablemente de los cuentos de Donoso y entender su obra, pero no podemos explicarnos la obra de Manuel Rojas prescindiendo de sus cuentos, ni la de Baldomero Lillo, ni la de José Miguel Varas o la de Francisco Coloane. Lo mismo ocurre en México con Juan Rulfo; en Brasil, con Rubem Fonseca, o en el Perú, con Bryce Echenique y Julio Ramón Ribeyro, por citar solo unos pocos nombres. 
La pregunta del millón es, entonces: ¿por qué no se lee el cuento? El problema de fondo tiene que ver, a mi juicio, con lo que algunos críticos llaman el pacto entre el lector y el texto: por alguna razón los lectores (que son sobre todo lectoras, como es sabido) de nuestras latitudes prefieren adentrarse en el mundo más complejo y en el tiempo más largo de la novela que en la velocidad y la síntesis del cuento. Sin duda no hay una sola explicación, sino varias. Yo intuyo que una de ellas tiene que ver con un hecho cultural compartido: la desaparición, en nuestros países, de las revistas literarias, o de las revistas culturales de calidad. Y otro: la primacía del formato del largometraje en el cine, que es el gran género narrativo de nuestra cultura. ¿Serán las únicas explicaciones? Sin duda que no... 

Fuente de la Nota: http://www.elmercurio.com/blogs/2014/07/27/23852/Ventura-y-desventura--del-cuento.aspx

domingo, 29 de marzo de 2015

Los osamenta del Príncipe de los Ingenios

Es una noticia que tiene algún tiempo en el ruedo, pero realmente no deja de causarme asombro y es la idea del descubrimiento  de los restos óseos del Príncipe de los Ingenios.
Los arqueólogos en abril del año 2014 habían iniciado la búsqueda de la sepultura de Miguel de Cervantes, muerto en 1616. Y así las cosas -imagino después de un arduo trabajo-, en el Convento de las Trinitarias, del Barrio de Las Letras en Madrid, habrían encontrado los fragmentos del escritor.
Aparentemente la osamenta habría sido depositada allí entre 1698 y 1730, junto a otras dieciséis personas y la marca de la identificación fue un nicho con las iniciales "MC", o bueno, esto es lo que los medios han informado por toda la orbe.
Resta aún la prueba de A.D.N. del ilustre difunto y si bien el mismo no habría tenido descendencia, sí tuvo una hermana, cuyos restos están en un osario común en Alcalá de Henares, a las afueras de la misma ciudad de Madrid. 
Para Don Miguel de Cervantes Saavedra, soldado, novelista, poeta y dramaturgo español, máxima figura de la literatura española y universalmente conocido por haber escrito nada más y nada menos que: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, vaya pues esta mención en la "Teoría de los Mundos Posibles" para el «Príncipe de los Ingenios». 


Roberto C. Suárez

El Papel versus Pixeles. El Papel del Papel.

La reconocida revista Scientifican American publicó un artículo que pretende explicar esta paradoja: en la época de la hiperconectividad, cuando cada vez tenemos más equipos que nos permiten leer y contamos con acceso a bibliotecas enteras en formato electrónico, muchos siguen prefiriendo el papel. 
El libro tradicional, la revista, el diario, siguen siendo favoritos. Y aunque resulte difícil de creer, como docente universitario escucho frecuentemente la pregunta de muchos alumnos jóvenes: “¿En qué libro lo puedo leer, profe?”.
Papel versus píxeles
Muchos trabajos hablan de que en pantalla se lee más lentamente y, además, se recuerda menos. Hay “fisicabilidad” en la lectura, dice Maryanne Wolf de la Universidad de Tufts. 
Las personas necesitan sentir el papel al leer, el cerebro lo pide inconscientemente.
Nosotros no hemos nacido con circuitos cerebrales dedicados a la lectura, porque la escritura se inventó hace relativamente poco tiempo en nuestra evolución: alrededor de cuatro milenios antes de Cristo. En la niñez, el cerebro improvisa nuevos circuitos para leer y para ello usa parte de otros dedicados al habla, a cuya habilidad se suma la coordinación motora y la visión.
El cerebro comienza a reconocer las letras en base a líneas curvas y espacios y utiliza procesos táctiles que requieren los ojos y las manos. Los circuitos de lectura de los niños de 5 años muestran actividad cuando practican la escritura a mano, pero no cuando se escriben las letras en un teclado.
Más allá de tratar a las letras individuales como objetos físicos, el cerebro humano puede percibir un texto en su totalidad como una especie de paisaje físico. Cuando leemos, construimos una representación mental del texto. La naturaleza exacta de tales representaciones permanece clara, pero algunos investigadores creen que son similares a un mapa mental que creamos de un terreno, como montañas y ciudades, y de espacios físicos de interior, tales como departamentos 
y oficinas.
En paralelo, en la mayoría de los casos, los libros de papel tienen una topografía más evidente que el texto en pantalla. Un libro de papel abierto presenta dos dominios claramente definidos: páginas de izquierda y derecha y un total de ocho esquinas en las que uno se orienta. Al pasar las páginas de un libro de papel se realiza una actividad similar a dejar una huella tras otra por un sendero, hay un ritmo y un registro visible del transcurrir de las hojas. Todas estas características permiten formar un mapa mental, coherente, del texto.
En contraste, la mayoría de los dispositivos digitales interfieren con la navegación intuitiva de un texto y a pesar de que los e-readers (libros electrónicos) y tabletas replican el modelo de páginas, estas son efímeras. Una vez leídas, esas páginas se desvanecen.
“La sensación implícita de dónde usted está en un libro físico se vuelve más importante de lo que creíamos”, dice el artículo de la Scientifican American . También pone en cuestión que los fabricantes de libros electrónicos hayan pensado lo suficiente sobre cómo es posible visualizar dónde está el lector en un libro.
En un trabajo sobre comprensión de texto, al comparar alumnos que leyeron en papel con otros que leyeron un texto en versión PDF en la pantalla, se concluyó que los primeros tuvieron mejor rendimiento.
Otros investigadores están de acuerdo con que la lectura basada en pantallas puede empeorar la comprensión, ya que es mentalmente más exigente e incluso físicamente más cansadora que la lectura en papel. La tinta electrónica refleja la luz ambiental al igual que la tinta de un libro de papel, pero las pantallas de ordenadores, teléfonos inteligentes y tabletas hacen brillar la luz directamente en los rostros de las personas y la lectura puede causar fatiga visual, dolores de cabeza y visión borrosa. En un experimento realizado por Erik Wästlund, de la Universidad de Karlstad en Suecia, las personas que tomaron una prueba de lectura comprensiva en un equipo electrónico obtuvieron calificaciones más bajas e informaron mayores niveles de estrés y cansancio que las personas que completaron en papel.
Las investigaciones más recientes sugieren que la sustitución del papel por pantallas a una edad temprana tiene desventajas. En 2012, un estudio en el Joan Ganz Cooney Center en la ciudad de Nueva York reclutó 32 parejas de padres e hijos de 3 a 6 años de edad. Los niños recordaron más detalles de las historias que leyeron en el papel pese a que las digitales estaban complementadas con animaciones interactivas, videos y juegos, que en realidad desviaban la atención lejos de la narrativa.
Como resultado de un trabajo que involucró el seguimiento de una encuesta de 1.226 padres se informó que, al leer juntos, la mayoría de ellos y sus niños prefirieron libros impresos sobre los libros electrónicos. Al leer los libros de papel a sus niños de 3 a 5 años de edad, los niños podían relatar la historia de nuevo a sus padres, pero al leer un libro electrónico con efectos de sonido, los padres con frecuencia tuvieron que interrumpir su lectura para pedir al niño que dejara de jugar con los botones y recuperara la concentración en la narración. Tales distracciones finalmente impidieron comprender incluso la esencia de las historias.
Muchas personas aseguran que cuando realmente quieren centrarse en un texto, lo leen en papel. Por ejemplo, en una encuesta realizada en 2011 entre estudiantes de posgrado en la Universidad Nacional de Taiwan, la mayoría aseguró que navegaba algunos párrafos de un artículo en línea antes de imprimir todo el texto para una lectura más a fondo. Y en una encuesta realizada en 2003 en la Universidad Nacional Autónoma de México, cerca del 80 por ciento de los 687 estudiantes dijo preferir leer el texto impreso.
Encuestas e informes sobre los consumidores sugieren que los aspectos sensoriales de la lectura en papel importan a la gente más de lo que cabría suponer: la sensación de papel y tinta; la opción de suavizar o doblar una página con los dedos, el sonido distintivo de pasar una página, la posibilidad de subrayar, de detenerse y tomar nota, hacen que se elija más el papel. Para compensar este déficit sensorial, muchos diseñadores digitales tratan de hacer que la experiencia de los lectores electrónicos –en inglés, e-reader– esté tan cerca de la lectura en formato de papel como sea posible.
La composición de la tinta electrónica se asemeja a la química típica de la tinta, y el diseño sencillo de la pantalla del Kindle (una marca de libro electrónico) se parece mucho a una página en un libro de papel. Sin embargo, estos esfuerzos –que fueron replicados por su competidora Apple iBooks– hasta ahora tienen más efectos estéticos que prácticos.
El desplazamiento vertical puede no ser la forma ideal de navegar un texto tan largo y denso como en los libros de muchas páginas, pero medios como el New York Times , el Washington Post y ESPN crearon atractivos artículos, altamente visuales, que no pueden aparecer en la impresión, ya que combinan texto con películas y archivos de sonido.
Es probable que el organismo de los nuevos nativos digitales cree otras redes neuronales que les permitan preferir lo electrónico al papel, pero mientras tanto, hoy el resto de la población sigue prefiriendo el contacto con las históricas hojas.

Fuente de la Nota: http://www.lavoz.com.ar/temas/por-que-el-cerebro-prefiere-el-papel

domingo, 30 de noviembre de 2014

En torno al género de la crónica por Ignacio Echevarría

"(...) La crónica es —como el reseñismo— un género bastardo, surgido de los devaneos del periodismo con —digámoslo así— la subjetividad. Quiero decir con esto que si el periodismo tiene o debiera tener por premisas, a la hora de informar, la objetividad, la neutralidad, la imparcialidad, la impersonalidad, etc., la crónica, por el contrario, introduce en su ámbito específico —el de la información, entendida en un sentido amplio— los acentos justamente contrarios. Pero lo hace, eso sí, sin renunciar al propósito de ofrecer un reflejo fiel de la realidad de que se ocupa, por mucho que tantas veces escoja los aspectos más insólitos, marginales o inadvertidos de la misma.
Resulta tentador desplazar —como suele hacerse— el concepto de subjetividad por el de literariedad, pero la ganancia es escasa, y a cambio todo se embadurna de la peor manera. Allá ellos los cronistas si se tienen a sí mismos por literatos: lo que los caracteriza de puertas afuera, lo que imprime carácter a su trabajo y lo distingue del que realizan el común de los narradores es la naturaleza de su compromiso con —ejem— la verdad. Un compromiso que sin duda pueden obviar de muchas formas, pero no sin riesgo (un riesgo que nunca corren el cuentista o el novelista) de ser tachados de mentirosos.
Lo cierto es que su condición bastarda desinhibe en los cronistas el empleo de muchos de los recursos propios de la literatura, y en demasiadas ocasiones eso los decanta irresponsablemente hacia ella. Por otro lado, la explícita subjetividad de la que tantos cronistas hacen gala suele ser recibida con simpatía por quienes, muy justificadamente, recelan de esas pretensiones de objetividad, de neutralidad, de imparcialidad del periodismo tradicional, pretensiones que pocas veces consiguen encubrir la tendenciosidad de una particular perspectiva ideológica.
Hasta cierto punto, la relativa bonanza de la que viene disfrutando de un tiempo a esta parte el género de la crónica tiene mucho que ver con el descrédito del periodismo como institución y como discurso, como plataforma puesta al servicio del conveniente conocimiento de la actualidad. Desde siempre, la crónica (en cualquiera de sus múltiples modalidades, desde la vieja crónica costumbrista hasta el gran reportaje de investigación) ha actuado, en el marco del periódico, como un elemento compensatorio, cuando no subvertidor, de los severos imperativos deontológicos del oficio. Pero no deja de ser peligroso que prospere en detrimento de estos. No parece casual la insistencia con que se afirma que la crónica es un género con especial arraigo en Latinoamérica. Entre las múltiples razones que pueden aducirse para sustentar este supuesto no cabe descontar el déficit de credibilidad que el periodismo de información suele presentar en un continente en el que la prensa se halla en buena parte al servicio de la plutocracia dominante. Desde este punto de vista, la crónica ha desempeñado a menudo un papel decisivo a la hora de abordar y de tratar asuntos deliberadamente sustraídos a la atención de los ciudadanos.
Ahora bien, conviene preguntarse si el tan cacareado auge de la crónica no es síntoma, además, de otras cosas menos halagüeñas. Pues no es una buena noticia para nadie la común renuncia a la objetividad, por problemática que esta sea; tampoco a la pretensión de que pueda armarse una visión imparcial y no personalizada de la realidad. Respecto de esto último, algo tiene la crónica de periodismo “privatizado”, comercial, especialmente proclive, por ello mismo, a desempeñar funciones decorativas, a ser cultivado en los magazines dominicales o en revistas de élite, a ensimismarse en un inocuo exotismo de lo real.
Por otra parte, aun si aguanta la tentación de arrimarse a la orilla de la literatura, la vitalidad de la crónica parece a momentos solidaria con el difuminamiento de los límites entre realidad y ficción; con el espíritu de unos tiempos en que parece abonarse con sospechoso énfasis la idea de que toda lectura de la realidad sin duda conflictiva en que nos hallamos envueltos es una ficción más, una convención tan discutible como cualquier otra, lo cual tiene por consecuencia el pertinaz desaliento de cualquier impulso de resistirse a ella, de intervenir en esa realidad con el ánimo de transformarla.".

Fuente: http://www.elmercurio.com/blogs/2013/12/29/18215/En-torno-al-genero--de-la-cronica.aspx

sábado, 8 de noviembre de 2014

Marcelo Hartfiel - Budita

“No tiene hambre, no tiene sed. Ha llegado tan lejos y sin embargo necesita llegar aun más lejos, para terminar lo que empezó.”
George Saunders

Budita


Los pibes de Garay dicen que el Chino de Brasil se lo garchaba, porque el Turquito se pasaba todo el día en lo del Chino, pero esas son todas boludeces. Maldades de los wachines para bardearlo y cagarse de risa, siempre a sus espaldas. La verdá es que el Turquito una vez lo quiso arrebatar al Chino Viejo, que parecía dormido sentado al solcito en la vereda, y cuando le quiso meter los ganchos el Viejo lo agarró de la muñeca, se la retorció y lo sentó de culo. Te juro, era medio ninja el Viejo, lo sentó de culo y andá a saber que mierda le habrá dicho que desde ese día, el Turquito se rescató. Se pasaba todo el día con el Chino Viejo, el padre o abuelo del dueño del mercadito, que tenía como mil años. No se de que carajo hablarían porque al viejo nunca se lo escucho hablar una palabra en castellano y el Turquito apenas hablaba en argentino. La cuestión es que el viejo estaba todo el día al pedo, en la vereda, sentado en una silla más vieja que él con el Turquito al lado, sentado en el piso. Debe tener mi edad el Turquito, unos 15 años mas o menos, pero picante, no se come una. Lo he visto cagar a palos a gente grande, era una maquina que no paraba de revolear trompazos hasta dejarte inconciente. Por eso nunca se le faltó el respeto cuando se rescató. El Monito se comió flor de paliza por boludearlo. Fue la última biaba que el Turquito le dio a alguien, después de eso nadie se atrevió a enfrentarlo. De dos tortazos y sin decir palabra lo dejó desmayado, tirado culo pa’arriba. Ya no fumaba, no jalaba, no tomaba, no chupaba, no garchaba, no hacía nada. Ni la paja se hacía. Todo el día al pedo al lado del Chino viejo. Después, cuando cerraba el Chino, venía a la estación y dormía en su rincón, ahí debajo de la escalera que te lleva al subte. Casi que ni comía, solo tomaba esa agua sucia que el Viejo le daba en un frasco de mermelada con yuyos adentro y, si pintaba una pizza o alguna sobra que nos traía alguna vieja, el Turquito apenas probaba y se la pasaba a los mas chiquitos. Cuando nos despertábamos, el ya se había ido al Chino. Era como que el viejo le había contagiado la vejez. Era un pendejo viejo. Flaquito flaquito estaba, piel y hueso, pero rescatado. Se lo veía bien, sanito,  pero parecía como amargado. No le sacabas una palabra ni a ganchos, no le interesaba nada. Se cagaba en todo. Al principio pensé que todo le chupaba un huevo, pero después me di cuenta de que en realidad estaba mas allá de todo y de todos. Es como que sabía algo que la gilada ni siquiera se preguntaba. ¿Como lo sabía? El Chino Viejo.
La cuestión es que un día el Chino Viejo no estaba y cuando le preguntó al Chino y se enteró que estaba muy enfermo, se sentó en la vereda como siempre, sin decir nada, pero sin el viejo al lado. A la nochecita se venia para la Estación y al amanecer se iba al Chino. Así pasó una semana hasta que un día el Chino no abrió, pero el Turquito se sentó igual en su lugar y se quedó ahí todo el día y toda la noche. Yo lo pasé a buscar para ir a la estación, pero ni bola, che. Estaba sentado, con los ojos cerrados y no se lo movía un músculo. Lo mandé a la mierda y me fui a dormir. Al otro día me enteré que cuando el Chino fue a abrir, a la mañana siguiente, le contó al Turquito que el Chino Viejo era boleta, pero ni se mosqueo el Turquito, siguió sentado todo el día en el mismo lugar sin moverse ni abrir los ojos. Estaba como hipnotizado, en coma estaba. El Chino lo aguanto todo el día y hasta le llevó un frasquito de esa agua sucia con yuyos, pero nada. Hasta que antes de cerrar, se pudrió, le dijo que se fuera y como no recibió respuesta, trató de echarlo a escobazos. Pobre, el Chino no era ninja como el Chino Viejo y si no los separan los empleados, el Turquito lo molía a palos. Se rajó antes que llegue la yuta y por una semana no supimos mas nada de el. Hasta que me cruzo con un amigo y me dice que lo vio en Parque Patricios, sentado en este árbol. Y ahí estaba, tal cual Ud. lo ve. Hace más de un mes que está así, sin moverse, sin comer, sin tomar agua, sin ir al baño. El techito se lo armé yo con una lonita para que no le de la lluvia ni lo caguen las palomas.

El verborrájico relator de los hechos precedentes es un niño de unos 15 años que vive en la calle, a quien llamaremos Juan para preservar su identidad, y se refiere a los últimos acontecimientos de la vida del Turquito, otro chico de la misma edad y situación, que en este momento estoy viendo a través de las rejas que lo protegen a el y al histórico e imponente Ombú del Parque de los Patricios en la esquina de la Av. Caseros y Almafuerte. Llegué al lugar unas dos horas antes de presentarme ante Juan como enviado de la agencia de noticias a la que represento y me confundí entre la pequeña muchedumbre de curiosos, tratando de pasar inadvertido. El niño de ojos cerrados, sentado en un hueco del tronco principal, con las piernas cruzadas y los dedos de cada mano juntos, flexionadas las manos formando un cuenco, la mano derecha encima de la izquierda y los pulgares unidos a la altura del ombligo, parece no respirar. Cerca de la reja, del lado interno había una pequeña alcancía de cartón con el titulo de donaciones donde, cada tanto, alguien deja caer algún billete. Cintitas rojas, estampitas, velas, botellas con agua y papelitos escritos a mano forman parte de las ofrendas que la gente va dejando, junto con algún rezo, algunos en silencio otros ostentosamente. Una mujer que pasa por ahí mira entre curiosa y desconfiada, se aferra a su cartera y apura el paso. Un chiquillo le arroja al “santito”, como lo llama su madre, migas de pan que terminan comiendo las palomas, hasta que lo sorprende Juan y le llama la atención a su madre. Detrás de Juan, hay dos muchachitos que lo siguen a todos lados y repiten lo que dice o lo remarcan con alguna onomatopeya según el caso. Me acerco, me identifico y luego de colaborar con mi “donación”, me aparta y se despacha, de un tirón, con el relato transcripto al comienzo de la presente, el cual no me atreví a interrumpir hasta que el me dio a entender que había terminado, con una mirada interrogatoria, como preguntando si le había ido bien en un tácito examen.

P: ¿Durante todo este tiempo han estado siempre con el?
Juan: Tratamos de turnarnos para que no lo zarpen, pero si llueve o hace mucho frío a la noche, no se quedan ni las palomas. Nos vamos y volvemos a la mañana temprano.
P: ¿En todo este tiempo no ha comido, ni bebido, ni se ha movido?
Juan: Nada, a menos que se haya mandado una paloma a escondidas...
P: ¿Qué hacen con las  donaciones?
Juan: La usamos nosotros para comer, porque cuidándolo todo el día no podemos salir a laburar
P: Difícilmente una persona pueda vivir más de 5 días sin agua ¿Cómo explicas que lleve mas de un mes así?
Juan: Yo no tengo nada que explicar, yo te cuento las cosas como son y vos sacá tus propias conclusiones. ¿Y si el chabón es un santo? ¿O el Chino Viejo era un santo y le dio un don al Turquito?¿O si está cumpliendo alguna promesa? El no lo llamó a Ud., ni fue a la televisión para mostrarse, ni quiere ser famoso, el loco solo se sentó  en un árbol y se quedó quieto. Meditando, dicen. Yo creo que lo único que quiere es que le dejen de romper las bolas, por eso hay que cuidarlo al Turquito. No se que mierda está haciendo, pero estoy seguro que cuando se despierte, algo bueno va a pasar.
P: ¿Te das cuenta de que podría estar enfermo, que está en juego su salud y es un menor de edad? ¿No crees que debería recibir asistencia médica?
Juan: ¡Asistencia médica las pelotas! ¿Cuándo mierda se calentaron vos, la yuta, el gobierno, la UCEP, y quien mierda sea por nuestra salud? Vos ves a los wachines vomitando las tripas,  todos cagados, cojidos, paqueados, tosiendo los pulmones en la calle a plena luz del día y a nadie le calienta. ¿Ahora aparece un pibe que hace algo extraordinario, algo milagroso y les preocupa su salud? El año pasado cuando nos dieron la biaba en la taquería y quedó una semana escupiendo sangre, a nadie le interesaba su salud.
P: Mencionaste a la UCEP ¿Por qué?
Juan: La UCEP son unos hijos de puta de no se que mierda de espacio publico, que te caen a la madrugada con un camión de basura donde  te cargan los colchones, las frazadas y todas las pocas cosas que puede tener la gente de la calle y te echan a la mierda. Y si te retobas, te cagan a palos , seas menor de edad, como decís vos, seas una vieja o una mina embarazada.
P: ¿Y lo de la comisaría, como fue?
Juan: Nada, cosas que pasan.
P: ¿Pasan muy seguido?
Juan: Pasan...
P: Pregunto porque trato de entender como y porque llegó el Turquito ahí. Lo que está haciendo, si es que no sufre alguna patología, es una meditación profunda que, aún a personas entrenadas y dedicadas casi exclusivamente a ello les lleva toda una vida alcanzar y pocos lo logran.
Juan: Pregúntele al Turquito cuando se despierte.

Saludé a Juan y sus acólitos, crucé la avenida Almafuerte y desde la confitería de enfrente observé el espectáculo del Santito, el Budita, el pibe de la calle que “hace algo extraordinario, algo milagroso”, y me embargó la esperanza. En el budismo lo que importa es la doctrina, la salvación y las cuatro nobles verdades: el sufrimiento, el origen del sufrimiento, la curación del sufrimiento y el medio para llegar a la curación. Al final está el nirvana y el Nirvana es la salvación final del Karma. El Turquito sabe de sufrimiento, probablemente sea de lo que mas sepa en la vida, pero con ello solo lamentablemente no basta ¿Como llegó al conocimiento del medio para lograr la curación de ese sufrimiento? ¿Es el Viejo Chino un maestro budista capaz de transmitir su sabiduría mediante una especie de ósmosis, sin mediar palabras? ¿Estamos ante la presencia de un milagro o nuestra occidental ignorancia nos impide comprender nuestras capacidades? Entreverado en estas cavilaciones se me pasó la tarde y llegó la noche acentuando el frío. Enfrente, Juan retiraba la caja de donaciones y se marchaba con sus amigos. Al turquito no lo podía distinguir desde mi posición, pero ya no se veía a nadie a su alrededor. Decidí esperar para observarlo detenidamente en la quietud de la noche, así que una vez que terminé de escribir el borrador de la nota, pedí la cena regada con un pingüino tinto de la casa.
Era noche cerrada ya cuando crucé la avenida en dirección al Ombú desierto. No era una metáfora de Juan, no quedaban ni las palomas cuando el frío reinaba en el parque. Al salir a la calle, el viento frío despejó la modorra del hambre saciada y el vino barato pero ante la visión del Turquito, confundido entre las raíces desnudas de ese centenario árbol que lo abraza y protege de las inclemencias del tiempo, me invadió una especie de sopor donde, por un breve lapso de tiempo, el frío y el viento desaparecieron para dar lugar a la calma chicha donde todo se esclareció dentro mi ser y disipó todas mis dudas sobre la autenticidad del Turquito.
La nota publicada por la agencia de noticias fue levantada por varios medios nacionales y el Turquito, de la noche a la mañana, se convirtió en una pequeña celebridad. Fueron varios medios e hicieron guardias de 24 hs tratando de descubrir el fraude pero el Turquito seguía inconmovible a pesar del escándalo a su alrededor. Hasta que una noche de tormenta, después de mas de dos meses de meditación, la muchedumbre se disipó para ponerse a resguardo y cuando volvió el Turquito ya no estaba. Hay quien dice que se alejó para continuar su meditación anónimamente, hay quien dice que se elevó a los cielos, que alcanzó el nirvana y se desmaterializó y hay quien dice, como Juan, que lo chupó la UCEP. 
Este cronista prefiere imaginar que El Chino Viejo era un maestro Zen y que le abrió las puertas del Satori* al Turquito y este se fue en busca de un lugar mas pacifico y anónimo a terminar lo que empezó para luego volver y hacer por sus compañeros, los pibes en situación de calle, lo que su Maestro hizo por el.

M.A.H.


(*) El satori, en el Budismo Zen, es un procedimiento para llegar a la iluminación, que no es otra cosa que la vuelta a la condición original. A la conciencia del niño, volver a la verdadera condición normal, sin karma, sin complicaciones. Al Satori solo se llega por una intuición brusca, mediante una respuesta ilógica a una pregunta cualquiera. Uno debe intuir de pronto la verdad. El discípulo pregunta ¿Cuál es el sentido de la vida? Y el maestro le responde “Que cara está la cebolla”. Estas palabras no encierran un sentido alegórico; son una respuesta disparatada para despertar, de pronto, la intuición. También se puede llegar por un hecho brusco, por un golpe, como cuando El Chino Viejo “lo sentó de culo al Turquito”.
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