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jueves, 25 de octubre de 2018

Roberto C. Suárez - La tabla parlante


Quiero hablarles esta noche de la “tabla parlante”.
Existe un criterio casi unánime de establecer los orígenes de la “tabla parlante” en las postrimerías del siglo XIX.
Este juego de mesa, nació como un divertimento para infantes y tenía como finalidad dar respuestas a preguntas un tanto indiscretas, consultas sobre el porvenir, sobre sucesos del pasado o simplemente sobre el presente desconocido.
Por supuesto, muchos de ustedes ya habrán adivinado que la “tabla parlante” no es otra cosa más que una tabla de ouija.
Quienes supieron sacar provecho de este inocente juego de mesa fueron los obsesivos practicantes del espiritismo y sus ansias desmesuradas de promover relaciones con los seres del más allá.
Fue en este sentido que afirmaron rotundamente que la ouija era o funcionaba como una llave que abría las puertas de lo intangible, un canal propiciatorio para entablar diálogo con los espíritus de los muertos y… otras entidades sobrenaturales. Y así fue como durante este siglo, el XIX, se edificó un canal de diálogo más o menos fluido, entre vivos y muertos.
Y así fue que yo también quise participar de un diálogo con los seres allende de este mundo.
Quise probar mi valor y probar la posibilidad de la existencia, más allá de los parámetros que nos resultan cotidianos y conocidos.
Arropado con todo el valor que un hombre sencillo y simple puede tener, aquel viernes perdido de junio, a las tres de la madrugada y con aquel grupo de gente poco recomendable, me puse a “jugar” yo también con la “tabla parlante”.
Y todo esto era porque -sencillamente como curioso que soy- quería comprobar por mí mismo, si era verdadero aquello que se decía de los contactos con los espíritus, o si, por el contrario, solamente era pura palabrería barata, supercherías de feria.
Por eso esa noche dejé de lado mis pensamientos más profanos y aliviané mi alma lo más que pude, por eso seguí con suma atención la invocación de quien profesaba de médium esa noche y esperé, esperé con las ansias de un niño, para experimentar lo inusual: una bocanada del peligro que proporciona lo desconocido.
Y finalmente, luego de unos segundos que me parecieron una eternidad, ante la primera pregunta del médium, referente a 
-“¿si había alguna entidad sobre natural entre nosotros?”- Fui testigo, con un terror indescriptible, que me acompañará por el resto de mis días, de como el indicador del tablero de la ouija, se movió en zig zag, señalando la palabra: NO.

sábado, 8 de septiembre de 2018

Roberto C. Suárez - La sangre nueva


La sangre nueva.

Dejando pasar el tiempo a la espera de una vuelta temporaria e inolvidable, impregnando las piedras escondidas de granito, bajo la tierra que luego se cubriría con asfalto y tuberías, se encontraba el mal.
No muy lejos de allí, en una batalla perdida, podía aún divisarse la pampa, en una búsqueda baladí para recuperar antiguos y milenarios dominios, donde aquellos hombres antiguos habían adorado y alimentado a otros dioses.
Con los nuevos tiempos, el invierno dimitía y con el arribo de la primavera se renovarían los sueños de los recién llegados de caras extrañas, de los mismos que habían bajado de los barcos y venían del viejo continente buscando nuevas esperanzas.

Capítulo I

El viento acarició suavemente la lata oxidada que alguna vez tuvo arvejas. Aquella mañana de domingo, el ruido de la lata repicando contra el cordón de la calle Urquiza al 2000, fue lo único que se escuchó.
Entre la tierra removida y húmeda en un baldío, en el más despreciable de los silencios, yacía el cuerpo de un niño perdido que su madre jamás encontraría, porque sin que Abel Rossino hubiera tenido conciencia de lo que había sido la vida, la muerte lo había encontrado primero.  
Quiso el destino que él desdichado niño caminara lentamente por aquel pasillo del conventillo, mientras su madre lavaba para afuera junto con su hermana. Que sus pasos de niño fueran rápidos, silenciosos y decididos, y que encontrara abierta la puerta “de par en par” de la entrada del zaguán, como si la propia parca lo hubiera invitado a proseguir su corta travesía, como un hada diabólica de un cuento de terror que irremediablemente estaría destinado a terminar mal.
Quizás fueron las ansias de aventura infantil o el deseo de probar el aire fresco de ese otoño que dimitía, lo que empujó a Abel Rossino fuera de la seguridad que sólo los brazos musculosos de una madre de principios de siglo veinte, hubieran podido proporcionarle, o tal vez los de su bella hermana algunos años mayor que él, que sin saber leer y escribir aún, conocía ya las arduas jornadas de trabajo que la acompañarían durante toda su vida.   
Tampoco ninguna de las rudas mujeres extranjeras que entraban y salían de la casa de alquiler, había notado la presencia del niño que huía zigzagueante ganando la calle.
Ni siquiera el policía que hacía sus rondas vespertinas había notado que un niño caminaba solo por la vereda.
En aquella aldea ruidosa llamada Buenos Aires, en el barrio de Parque Patricios, en sus últimas horas Abel Rossino fue invisible para todos; para todos, menos para uno.

Capítulo II

La niñez del pobre Cayetano fue un deambular libre por las calles, lejos de los golpes de su padre y lejos del odio de su hermano.
Los terrenos baldíos y conventillos del barrio de Parque Patricios habían sido el escenario de sus correrías infantiles, su único mundo conocido en donde él lograba su mejor camuflaje, el que mejor le sentaba, como un yaguar escondido en la maleza. Dónde él podía experimentar aquello llamado felicidad.
Sólo las palomas aún vivas y sin extremidades bajo su cama, las mismas que lo miraban con un terror inconcebible, apaciguaban el dolor de los golpes que ese malvado calabrés le propinaba en la cabeza.

Oscuros pensamientos acechaban su mente, ruidos de gritos y lenguas extrañas y antiguas martillaban su débil cerebro, sumando más pesar a su existencia.
Cayetano no solo no sabía mucho de nada, sino que no sabía nada de nada, pero entendía en un lenguaje que le resultaba descifrable, qué ciertos demonios y hombres desconocidos y de apariencia cobriza y morena, lo visitaban por las noches en sus más horribles pesadillas, y que le susurraban palabras ininteligibles pero que él sabía que aludían a la sangre y al yaguar.

Para Cayetano el mundo era un lugar salvaje y por sobre todas las cosas cruel, tenía el convencimiento que el dolor alimentaba a un ser hambriento y desdichado como él.
Un ser eterno que regía los destinos de los mortales.

El mal encapsulado y adormecido entre las rocas de granito ocultas bajo la superficie de esa pampa profanada, pronto saciaría su sed con la sangre nueva y el primer sacrificio le sería revelado.
Supo por intuición que la primera de sus víctimas, caminaría a su encuentro sin saberlo y que esta sería un niño pequeño.

Capítulo III

El niño salió a la vereda. Nunca había estado tan sólo.
Caminó torpe y rápidamente como buscando la calle y un final prematuro entre las herraduras de un caballo al galope, pero Cayetano Santos Godino logró tomarlo del brazo derecho primero.
El niño sólo atinó a mirarlo sorprendido, mientras las suaves palmas de las manos de ambos, se fundieron por unos instantes que parecieron infinitos.
Luego caminaron tomados de la mano algunas cuadras, a un paso lento, como lenta pero dolorosamente se apagaría la vida del niño.
Si bien nadie jamás encontraría el pequeño cuerpo y la materia finalmente se descompondría, el recuerdo de la víctima pervive aún en estas líneas.

Epílogo

Para terminar, resta decir que con la sangre de un inocente, un asesino alimentó una vez más a un ser eterno que es el mal mismo. Un ser que se alimenta del miedo, del dolor y de la sangre.
Pero tiempo después, un 14 de noviembre de 1944, en la isla del fin del mundo, en los sueños del asesino, se apareció un ser bestial reclamando el pago de una deuda: no era la sangre nueva lo que quería el demonio... ahora reclamaba al yaguar.

                                                                                                                            Roberto C. Suárez

sábado, 17 de septiembre de 2016

Roberto C. Suárez - El arma de fuego

Una mano delicada siente el peso del arma de fuego, dando inicio así a un corto vaivén hasta que el músculo vence a la gravedad, manteniendo erguido el brazo.
Un ojo alinea el cañón en una tira imaginaria y real como la soga de plata que ata a los hombres a sus destinos en este mundo.
El frío acero del gatillo atrae al índice y el dedo se mueve repetidas veces para que un ser muera perforado por las balas.
Luego esa mujer baja el brazo y el cañón del arma apunta ahora al suelo, de los dos corazones uno se ha detenido fatalmente pero el otro se lleva consigo el eco de las detonaciones que lo acompañarán por siempre.
Un demonio vuelve al letargo. El ser bestial que vive en la aleación ha saciado su sed de sangre. Esta secuencia sólo se ha replicado una vez más.
La dama ha sido el instrumento para que se consumara un rito antiguo como los dioses.
La mano despertó a ese ser demoníaco que deambula silencioso también en nuestros propios corazones. 


Aquí también dormía y acechaba un rencor humano como decía Borges, todo tiene solución menos la muerte dicen algunos. RCS

sábado, 3 de septiembre de 2016

Roberto C. Suarez - El sueño de la madera

Dos troncos de árbol soñaron que danzaban a la deriva, sobre las olas de un mar lejano.
Entrelazados sin tiento, también soñaron que su destino sería detenerse al unísono en una playa de arena fina, depositados suavemente por el mar.
Arropados en ese sueño de cielo sin nubes y un sol radiante, también engendraron entre las arenas de esa playa, las sombras de los Dioses, que vinieron a posarse sobre el sueño de la madera.
Entonces Odín y sus hermanos detuvieron también su marcha y miraron detenidamente a los dos troncos que soñaban.
¡Fueron jinetes en el agua
! -dijo uno- 
¡Erguirlos y que vivan! -dijo otro-
Así Odín les regaló un alma y sus cuerpos se conmovieron con una respiración mortal.
Vilje, les regaló el don del pensamiento y el del movimiento.
Por su lado, Ve les otorgó las facultades de hablar, oír y mirar.
Los ases les dieron calor y también color.
Y con el nacimiento del primer hombre y la primera mujer que tuvieron por nombres Ask y Embla, 
el sueño de la madera cesó.
Ask y Embla tuvieron por descendencia a todos los hombres que fueron numerosos como las mismas arenas en donde esos dos troncos soñaron que despertaban.

jueves, 11 de agosto de 2016

Roberto C. Suárez - Miedo a la oscuridad

Yo entiendo que en el mundo de un niño el miedo a lo sobrenatural se encuentra presente como la tierra en las uñas, como las rodillas sucias.
Con la noche, múltiples seres fantásticos pueblan mi imaginario y la oscuridad se vuelve un imán para dar rienda suelta a lo más febril de mis pensamientos, siempre asociados a un peligro inimaginable, inentendible, nutrido de la adrenalina que provoca el miedo.
Miedo y pánico a esos seres horribles que salen en tropel, escapados de las películas, de los videojuegos y de mis pensamientos más oscuros.
Bien, antes de proseguir me presentaré, soy Juan y tengo nueve años y también tengo mi propia habitación desde que nací.
Mi cuarto es mi mundo, mi reino privado. Pero por las noches… bueno, sigue siendo mi reino privado, pero también todo es muy diferente.
Se que cuando termino la cena y subo las escaleras, rumbo a mi habitación, un miedo empieza a brotarme por los poros, miedo al cual voy controlando, encarrilando en la senda del autocontrol. El autocontrol que puede proporcionarse un niño, claro está.
Sentir la puerta de mi cuarto cerrarse tras de mi y encontrarme sólo en la habitación es también experimentar la sensación de que el miedo adquiere entidad propia y que a su vez se fortalece. Y es en ese instante en donde empieza el ritual nocturno, mi ritual de limpieza o purificación.
Así las cosas, enciendo primero el velador que me trajeron los reyes, levanto la almohada buscando alguna huella de pequeños seres fantasmales, luego me paro en la cama y una vez en ella, me cuelgo cabeza abajo como gimnasta olímpico buscando si hay algo debajo que pueda arrastrarme las piernas o trepar por las cobijas.
La penúltima parte de mi ritual es acercarme a la ventana que da a un patio interno de la casa y ver si alguna entidad está trepando las paredes o acechando, esperando el momento propicio para comerme.
Finalmente, abro de par en par las puertas de mi armario donde guardo la ropa y reviso entre las perchas con camisas y camperas colgadas y también los cajones con medias y calzoncillos, para cerciorarme que no existe ningún ser dispuesto a brincar sobre mi mientras duermo.
Una vez que completo todos estos pasos, me siento tranquilo y a cubierto, el miedo empieza a remitir lentamente y me invade la paz y la tranquilidad que necesito para colocarme frente a un espejo e invocar al demonio.


Roberto C. Suárez - Los ruidos


Algunos veces he sentido ruidos en el cuarto contiguo, en otras oportunidades también he escuchado carcajadas en el medio de la noche. Podría decir que me he acostumbrado a los sobresaltos nocturnos.
Mi casona es vieja, sospecho que algunas veces lo que suena es el ruido de las maderas que crujen. Otras veces también es el viento que se cola por las ventanas, que silba como pava caliente.

La gente del pueblo cuenta sobradas historias de este lugar, afirman que está infestada de fantasmas y aparecidos, que se realizaron aquelarres y también sesiones de espiritismo. En fin, hay demasiada palabrería sobre este lugar, seguramente ni la mitad de lo que se dice sea verdad.

Siendo todo tan tétrico, entiendo que debería irme, mudarme a otro lugar. Y sépanlo, yo lo haría gustoso.

Lo haría sin dudarlo si pudiese levantar mis restos mortales enterrados en el sótano.

Roberto C. Suárez - El Reino de los otros.

Queridos Hermanos, salvo por quien los preside esta noche y algún otro anciano ya en el “debe de la vida”; ustedes son los últimos que quedan. 
Esta reunión más secreta que discreta ha sido estrictamente preparada sólo para nosotros y será la última.
Ya no quedan logias que no les respondan, como tampoco queda gobierno en este mundo, ni jueces o legisladores que no les pertenezcan en forma directa o indirecta. 

“Ellos” han llegado para quedarse y nosotros muy pronto deberemos desaparecer, seremos un recuerdo y luego una leyenda urbana más, un mito.
Después de profundas meditaciones entendemos desde esta augusta y respetable Orden, que debemos desaparecer de la faz del mundo, volvernos invisibles ante sus ojos, partir al silencio, porque nuestro tiempo ha terminado. Hasta la vuelta Queridos Hermanos.


Pronunciada la última palabra un eco reverberó en el recinto que ahora estaba vacío. Los últimos nigromantes desaparecieron del mundo sin dejar rastro. Empezaba el reino de los otros y Salamanca dormía.

miércoles, 27 de julio de 2016

Roberto C. Suárez - Vuelta al mundo de los hombres

1.

Mucho antes que el hambre insaciable del cemento y del progreso se hubieran tragado a la pampa, en tiempos en que el látigo ejecutaba el castigo, dos ejércitos extranjeros se habían juramentado un enfrentamiento, una fría noche como ésta, en lo que hoy es la calle Suipacha al 1400.

Si en apariencia los combatientes se habían tomado un par de siglos para reunirse ¿qué son las vidas del hombre al lado de la eternidad?

Algunos podrán aventurar que los seres infernales habían sido invocados por las almas atribuladas de miles de seres esclavizados en los tiempos de la colonia y otros, por el contrario, asegurarán que las pesadas puertas del más allá habían sido abiertas por los mismos comerciantes del imperio que se reunían en oscuras y secretas reuniones (pero en lo que a mi respecta, me gusta pensar que el compromiso era incluso más antiguo, quizás anterior al tiempo de los hombres).

Ahora bien, ya sea de una u otra manera, este pacto de caballeros estaba sellado con antelación y fue así como con la palabra empeñada, fueron llegando de a uno en uno en larga procesión, para verse los rostros, en lo que había sido una ignota aldea del sur, ciudad que en rigor de verdad era un puerto, un puerto sin salida al mar.

2.

En aquel recinto de la calle Suipacha al 1400, fueron como dos legiones enfrentadas, dos ejércitos de espectros sedientos de una anhelada batalla. No está de más decir que todos los demonios acudieron a la cita, algunos venidos de las estepas primitivas y otros, incluso de los helados infiernos boreales.
Y una vez reunidos, las espadas se blandieron salvajemente con la velocidad del rayo y también chocaron los escudos para que casi nadie los oyera y el odio desmesurado, multiplicado, se nutrió de las tristezas de un pasado que por unos instantes volvía a la vida, porque la batalla era también una vuelta fugaz a la vida, al mundo de la carne, al mundo de las pasiones desatadas.

Pero todo fue muy rápido y el epilogo fue el siseo del viento.
El silencio finalmente había ganado esa batalla.

3.

Los vientos de Junio habían azotado Buenos Aires, trayendo consigo frío invernal y lluvias.
Aquellos días los porteños extrañarían lo que según ellos los mata: “la humedad” y con ella, ese calor insoportable que durante más de veinticinco años había imperado por esas latitudes.
Un domingo 24 de junio tras un letargo prolongado en tiempos humanos, las huestes demoníacas se trenzaron en una batalla final. Ningún habitante de Buenos Aires lo supo, o casi ninguno, salvo aquel sereno del Palacio Noel, el mismo que presentaría su renuncia al día siguiente, sin ningún motivo aparente.

domingo, 17 de abril de 2016

Roberto C. Suárez - La traición que salva

Entre las tinieblas el elegido deambuló los derroteros de la noche. 
Algunos hombres de rostro cansado, no le perdían el paso. 
La claridad de la luna bañada de nubes grises hubiera reflejado el brillo del acero. 
La vida de dos hombres se acercaba a su final, por la horca para uno y con la prueba de la lanza para el otro.

Con el fin de los tiempos, cuando todos nuestros pecados sean perdonados, él ahorcado se sentará en la mesa de los salvados y el Hijo del hombre, lo mirara dulcemente a los ojos y le dará las gracias.

- Judas: Tu traición es lo que te ha salvado.

sábado, 6 de julio de 2013

Roberto C. Suárez - Dos Hombres

Entre ellos las miradas tornan innecesarias cualquier palabra.
De pie uno frente al otro, con sumo recelo, no evitan mirarse directo a los ojos, horadando las profundidades del alma.
El silencio tensa los músculos y el encuentro bestial se acelera.
Comienzan a moverse lentamente como leones enjaulados a la espera de un ataque que en cualquier momento llegará.
Como un rayo, cada hombre levanta su brazo, el anhelo es un golpe mortal.
Ambos, desde lo más profundo de su corazón desean que la muerte se lleve al odiado enemigo.
Finalmente el odio se desata, absurdo, sin sentido.
Los vidrios estallan por los aires y la lluvia mortal penetra la carne.

Con el espejo roto, la ira finalmente se ha liberado del cuerpo. 

sábado, 23 de febrero de 2013

Roberto C. Suárez - El dilema del Ministro

-Un purgatorio posible

Desde lejos vi el viejo y derruido templo y me acerqué lentamente como precaviéndome de lo que podría llegar a encontrar en tan antiguo y desolado lugar.
Luego de cruzar las enormes puertas de madera de la antigua construcción, un hombre delgado y calvo que lucía un jubón negro y parecía ser ministro de algún extraño culto, sin mediar mayores palabras se me acercó, me tomó del brazo con fuerza y sin mayores preámbulos me dijo:
–…El dilema que me saca el sueño es sencillo de explicar hijo mío, pero difícil de resolver. – Luego de captar mi atención hizo una pausa y prosiguió.
–Como ha sido aseverado en forma concluyente por nuestros volúmenes de la ley, desde siempre los individuos al partir de este mundo tienen como destino, incorporarse en mente y espíritu a la red de redes, al imperio celestial. –Sus palabras denotaban una seguridad dogmática que realmente sorprendía.
–Porque así ha sido hasta ahora y así lo seguirá siendo por los siglos de los siglos, hasta el fin de los tiempos, hasta que cese el ciclo del hombre. Y luego... El Supremo Ingeniero dirá... –hizo una nueva pausa y continuó.
–Porque todos somos pecadores, hijo mío, y el pago por el pecado es la muerte, pero el don que da el Supremo Ingeniero es vida eterna en el imperio celestial. –Yo lo miraba simulando gran atención en sus palabras y respeto, pero la verdad comenzaba a aburrirme.
–¡¡Esas máquinas hijo mío, esas máquinas!! Con su tecnología lo han arruinado todo, nos han arrebatado la muerte, nos han robado nuestro destino final. –A todo esto, el anciano hablaba y apretaba mi brazo sacudiéndolo bruscamente.

En este punto del monólogo entendí que el sujeto obviamente se refería a aquella tecnología que surgió a mediados del siglo XXI que consistía en extraer y copiar la mente y el espíritu de los seres vivos, segundos antes de la muerte cerebral, para insertarlos en un universo digital, lo cual, en términos religiosos no solamente destruía la noción de purgatorio, sino también la del cielo propiamente dicho o imperio celestial como él anciano lo llamaba.

–La Fe se ha extremado hijo mío –me dijo casi a los gritos y llenándome la cara de saliva. –Hemos caído bajo las garras de la duplicidad: El imperio perverso de la réplica y así convivirán muerte y purgatorio a la espera del juicio final como aseveran nuestras sagradas escrituras y una mente y un espíritu emulado, en un universo digital. Y esto es sin duda, la obra del mismo demonio: obra del replicador de replicadores. –En ese preciso momento noté que la voz del Ministro comenzaba a retumbar en el templo vacío y en mi cabeza.
Luego soltó bruscamente mi brazo y presuroso se alejó de mí. El sonido de sus pasos se fue perdiendo en el lugar y aunque hubiera querido interrumpirle para decirle la verdad, no tuve el coraje necesario, finalmente gané la puerta de madera y también con premura huí del antiguo templo.
El templo se fue perdiendo de mi vista y me interné en la espesura de una selva negra.
La única verdad es que él y yo no estábamos realmente vivos, solamente fuimos creados para vivir este momento, vivimos en esta hoja que estás leyendo y lo haremos mientras tus ojos se posen en ella.  

viernes, 15 de febrero de 2013

Roberto C. Suárez - Noche de Sueños

Un Califa hijo de Omeyas, duerme y sueña con su Dios. El único. Y entre sueños, una boca sin rostro le besa la frente y le susurra al oído: “que al-andalus no se ha perdido, que en la tierra de mozárabes y muladíes, se desandará la reconquista y no habrá taifas ni volverán los godos, y que la gloria será para quien ha creado todo, para quien vela por todo lo que existe, porque suyas son las llaves de los cielos y de la tierra, como dice el libro sagrado (Corán 39:62,63.).
El Califa no es hoy ni polvo que lleva el viento, es sueño del sueño. 
Roberto C. Suárez

lunes, 8 de octubre de 2012

Roberto C. Suárez - Dos momentos

En una habitación estoy yo, me llamo Marcelo S. y tengo por edad, treinta y cuatro años. A mi lado, mi  pequeña hija duerme acurrucada contra el cuerpo hermoso de mi esposa. Mariel también duerme profundamente.
Enciendo el velador de la mesita de luz y escribo estas líneas, estoy en una ciudad de casas bajas llamada Remedios de Escalada. Es once de agosto de dos mil ocho. Tengo calor.

En otra habitación enclaustrado en una ciudad de edificios que azotan el cielo, también estoy yo. Estimo que tendré más de setenta y cinco años, aunque aparento más de cien. Mi pelo se ha vuelto blanco, como el de mi propia madre al morir.
El siglo veintiuno ha llegado hasta la mitad del camino, rebosante de salud, pero en esa otra habitación siento que mi vida en este mundo termina.
Un almanaque podría atestiguar como prueba irrefutable que es el año dos mil cincuenta y que también es once de agosto. Siento frío.

Despierto solo en una cama que me parece enorme. Arropado como un chico, mi cuerpo no logra retener el calor. Ha llegado la mañana y mis hijos han venido a visitarme. Sofía me abraza fuerte, como cuando era pequeña, aunque ahora es una mujer que tiene sus propios hijos y pronto tendrá también sus propios nietos. La felicidad me invade y guardo silencio.

- ¿Cómo te sientes hoy papá? Me pregunta y percibo en ella la tristeza.
Con suma tranquilidad le contesto que bien y acto seguido le pregunto yo por su Madre. Ella deja escapar unas lagrimas contenidas y se mantiene en silencio.

Mi deseo esta mañana ha sido levantarme, salir a caminar, desatarme de las frazadas que como ancla me sumergen en esa cama, pero siento con asombro que mi cuerpo no me responde.
Rompiendo el silencio le digo a mi hija: "el sábado levanté ochenta kilos en el gimnasio", le ruego con una sonrisa cómplice que no le diga nada a su madre. Ella asiente en silencio.

Intento ahora sentarme en la cama, pero el cuerpo me duele horrores y también el alma.
No puedo recordar que ha pasado en mi vida en los últimos cuarenta años, mis recuerdos más recientes me transportan a una noche calurosa, un once de agosto de dos mil ocho, para ser más preciso a las dos de la mañana de ese día que escribí estas líneas.
Una realidad acogedora me envuelve, en esta realidad aún tengo treinta y cuatro años, mi pequeña hija duerme acurrucada junto a mi esposa. Pierdo el sentido.

Los médicos aseverarán que mi ultimo padecimiento fue un tipo especial de alzheimer y mis seres queridos sufrirán con mi partida. Pero al final soy el hombre más feliz de la tierra.  
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