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jueves, 21 de julio de 2016

Washington Irving - El Astrólogo y la Hechicera


En tiempos ya remotos hubo en Granada un rey moro que se llamaba Aben Habuz. Era muy famoso y también había sido muy temido por todos los soberanos de los reinos vecinos. Siendo joven, llevó una vida de constantes pillajes y carreras, realizando continuas incursiones en los países que rodeaban el suyo, consiguiendo así aumentar sus territorios y acumular innumerables riquezas y tesoros. Pero llegado ya a la ancianidad, sólo deseaba vivir tranquilamente, gozando en paz de lo que sus anteriores pillajes le habían proporcionado, y administrando apaciblemente las posesiones usurpadas a sus vecinos.

Sin embargo, no podía realizar tranquilamente sus deseos.
Los jóvenes príncipes de los reinos vecinos, hijos de los reyes a los que en años anteriores robara y usurpara tierras y tesoros, se mostraban dispuestos a pedirle cuentas de aquellas fechorías y por eso sus fronteras estaban constantemente amenazadas.
También algunas provincias, las más alejadas de la capital y que no había recibido en herencia de sus padres, sino que las había conquistado y dominado por la fuerza de las armas, estaban siempre dispuestas a rebelarse contra su dominio y obtener de nuevo su propia independencia.
Por todo eso era continua la zozobra y el miedo del anciano rey. Además, como que Granada se halla rodeada por todas partes por agrestes y escarpadas montañas, era imposible advertir la llegada del enemigo, y así Aben Habuz vivía constantemente alarmado y desvelado, y una sola pregunta torturaba día y noche su cerebro:
  • ¿Por qué lado llegará el enemigo?
Construyó atalayas en los montes más altos y apostó guardias y vigías por todos los pasos y senderos, con la orden de señalar por medio de hogueras por la noche y columnas de humo durante el día, la proximidad del enemigo.
Pero nada conseguía vencer la audacia y la astucia de sus enemigos. Estos se burlaban de todas aquellas precauciones, surgiendo de improviso por un desfiladero en el que nadie había pensado, o cruzando un monte en el que no existía sendero alguno. Y antes de que el rey tuviera conocimiento de ello y pudiera enviar a su ejército, los enemigos ya habían asolado los campos y regresado de nuevo a las montañas, llevándose consigo un rico botín y también muchos prisioneros por los que después pedirían fuerte rescate.
Aben Habuz estaba cada día más preocupado.
Hasta que un día, estando como de costumbre con la vista fija en el horizonte, esperando ver surgir alguna columna de humo que le avisara de un nuevo peligro, le anunciaron la llegada a la corte de un viejo médico árabe, que venía precedido de mucha fama. Se llamaba Ibrahim Eben Abú Ajib y se decía que era hijo del famoso Abú Ajib, el que fue compañero de Mahoma. De niño había marchado a Egipto y allí permaneció largos años completamente dedicado al estudio de las ciencias y las artes, habiendo aprendido también la magia de los astrólogos egipcios.
- Ha descubierto el secreto de prolongar la vida -aseguraban las gentes.
Y añadían que su propia persona era la prueba de esa realidad, asegurando que tenía más de doscientos años. Sin embargo, habiendo descubierto ese secreto cuando ya era anciano, sólo pudo perpetuar canas y arrugas.
Cuando el rey le vio, quedó muy impresionado. Su larga y blanca barba le daba un aspecto majestuoso que infundía respeto, a pesar de los harapos que cubrían su cuerpo, todavía erguido y fuerte. Le ofreció su hospitalidad, rogándole que se quedase a vivir en el palacio. Pero el astrólogo no se encontraba a gusto en aquel palacio, en el que siempre reinaba mucho bullicio, y prefirió ir a vivir a una cueva, situada en la ladera de la colina que se alza como cima de la ciudad de Granada, la misma en la que más tarde se edificó la Alhambra.
Bajo sus órdenes, los albañiles reales ensancharon la cueva, hasta conseguir un salón amplio y alto, con un agujero redondo en el techo a través del cual podía contemplar el firmamento y seguir estudiando los movimientos de las estrellas.
Las paredes de la cueva las adornó con extraños jeroglíficos y signos egipcios, y también con papiros y documentos de gran antigüedad. Y por doquier colocó extraños objetos, cuyas ocultas propiedades sólo él conocía, algunos de los cuales hizo construir por los mismos artífices de Granada, pero como que jamás explicó a nadie para qué servían, todos le admiraban y respetaban profundamente.
Muy pronto el sabio astrólogo Ibrahim se convirtió en el consejero del rey que, a todas horas quería conocer sus opiniones sobre cuanto le sucedía, por lo que casi a diario se trasladaba desde su palacio a la cueva del astrólogo.
Una tarde en la que, como ya era costumbre en él, se quejaba de las continuas incursiones que los príncipes de los reinos vecinos efectuaban en sus tierras, incursiones que ni una constante vigilancia podía evitar, el sabio guardó silencio durante unos minutos y, al fin, dijo:
- Cuando yo vivía en Egipto, ¡oh, rey!, tuve ocasión de ver, admirar y estudiar un prodigioso invento ideado por una sacerdotisa de la antigüedad. Se halla colocado en una montaña que domina el gran valle del Nilo, sobre la ciudad de Borsa, y está formado por dos figuras de bronce: un carnero y un gallo, fabricadas en bronce fundido y girando sobre un mismo eje. Y cuando un peligro amenazaba la ciudad, el carnero giraba en la dirección en que el enemigo venía, mientras el gallo lanzaba su canto. De esa forma prevenían los habitantes de la ciudad de cualquier sorpresa desagradable.
- ¡Maravilloso! -exclamó el rey-. ¡Qué no daría yo para tener un carnero semejante que vigilase mis dominios y un gallo que lanzara su canto al menor peligro! Si ese tesoro fuese mío, recuperaría al fin la tranquilidad. ¡Cómo deseo poseer uno semejante!
Cuando el rey se calmó por fin, el astrólogo prosiguió:
- Ya sabéis, ¡oh, rey!, que viví muchos años en Egipto, junto a los sacerdotes que me enseñaron todos los ritos y ceremonias de su religión y también algunas de sus artes ocultas. Un día, encontrándome sentado junto al más anciano de mis maestros, éste me dijo, señalándome las pirámides que se levantan en el desierto, desafiando el paso de los siglos:
»-Todo cuanto nosotros podamos enseñarte, es sólo polvo comparado con los conocimientos del gran "Libro de la Sabiduría" que se halla enterrado junto al gran sacerdote cuyo consejo ayudó a levantar la Pirámide principal. Este libro le fue entregado a Adán al ser expulsado del Paraíso y fue pasando de generación en generación, hasta llegar a las manos de Salomón, el cual, gracias a los conocimientos que él aprendió, Pudo construir el gran templo de Jerusalén. Y más tarde, llegó a poder de ese gran sacerdote egipcio del que te hablo.
Tras una pausa, Ibrahim prosiguió:
- Al conocer la existencia de tal libro, mi corazón deseó llegar a poseerlo. Pedí la ayuda de algunos soldados compatriotas y con ellos y un crecido número de obreros egipcios, puse manos a la obra. Les ordené que cavaran en la pared de la mayor de las pirámides, hasta que, tras muchos esfuerzos, descubrimos un pasadizo interior. Penetré en él y a través de un laberinto de pasillos misteriosos pude llegar hasta la cámara mortuoria del gran sacerdote. ¡Y allí encontré por fin el maravilloso «Libro de la Sabiduría»!
- Eres un gran astrólogo y un hombre sabio, mi buen Ibrahim. Pero, dime, ¿de qué me sirve a mí que pudieras llegar a poseer ese libro del que con tanto entusiasmo hablas? - exclamó el rey.
- Sed paciente, mi gran señor. Y sabed que, gracias a ese, «Libro de la Sabiduría», entre otros grandes misterios, pude conocer también el de la estatua que se levanta sobre la ciudad de Borsa y así ahora puedo, si lo deseáis, mandaros construir una semejante y aún mejor - explicó el astrólogo, acariciándose su larga barba.
- ¡Qué gran sabio eres, hijo de Abú Ajib! -gritó Aben Habuz, entusiasmado-. - ¡Si tal estatua llegas a construir, todos mis tesoros estarán a tu disposición, de ahora en adelante! Ponte a trabajar al instante, te lo ruego. Todos mis hombres quedan a tus órdenes.
Y así, a los pocos días, se inició aquella importante construcción. En la parte más alta del palacio, se elevó una torre muy alta, sobre la cual el sabio astrólogo fijó un eje y en él, en lugar del gallo y el carnero del que había hablado, apareció un soldado moro a caballo, con el escudo al brazo y la lanza apuntando hacia el cielo.
Debajo mismo de la figura se abría una sala circular, con cuatro amplias ventanas orientadas a los cuatro puntos cardinales, y ante cada una de ellas dispuso el astrólogo una mesa sobre la cual, como sobre un tablero de ajedrez, colocó una serie de figuras a pie y a caballo. Formaban como un minúsculo ejército, entre las cuales destacaba una que tenía la cara del rey Aben-Habuz.
Junto a las figuras puso también el gran sabio una minúscula lanza, en cuyo mango podían verse unos extraños signos cabalísticos. Todo eso lo preparó Ibrahim con sumo cuidado y murmurando extrañas frases. Cuando terminó, mandó colocar una fuerte puerta de bronce y acero, cuya llave entregó al rey.
En cuanto el anciano rey recibió esa llave y el sabio le dijo que ya estaba todo terminado, comenzó a sentir impaciencia, por comprobar las virtudes de aquella construcción. Pero sus enemigos se mostraban pacíficos y tranquilos.
- Antes me molestaban casi a diario -se lamentaba-. Ahora, en cambio, hace semanas que nadie habla de ellos.
- Paciencia, gran señor. No tardarán -decía una y otra vez el sabio, tratando de calmar al rey.
Un día, por fin, llegó el momento. Al amanecer, el guardia de la torre corrió al encuentro del rey para decirle que la figura del moro había girado sobre su eje, en dirección a Sierra Elvira, y que su lanza dejaba de apuntar al cielo, para señalar hacia el llamado Paso de Lope.
- ¡Que todas las trompetas llamen a nuestros hombres a las armas! El grueso de mi ejército debe estar preparado antes de media hora -gritó el anciano rey.
Pero el astrólogo salió a su encuentro:
- Deteneos, ¡oh, rey! No necesitáis ejército alguno para vencer a ese enemigo que se acerca. Acompañadme a la sala circular que mandé construir en la torre, debajo de la figura del moro.
Una vez en la sala, el rey, con gran asombro, advirtió que todas las ventanas estaban cerradas, excepto la que miraba hacia el Paso de Lope, que estaba abierta de par en par.
- Ahora, fijaos en lo que ocurre encima de esa mesa -dijo el sabio astrólogo.
El asombro del rey aumentó aún más al ver que las figurillas de madera, que estaban colocadas sobre la mesa frente a aquella ventana, se movían. Los caballos hacían cabriolas y los jinetes, al igual que los guerreros que iban a pie, blandían sus armas y al mismo tiempo se oía un débil ruido de trompetas, entrechocar de armas, gritos y relinchos.
- Esto demuestra que vuestros enemigos siguen avanzando, -¡oh, rey! Pero no temáis -afirmó el sabio-. Si queréis que se retiren, tocad las figuras con el mango de esta pequeña lanza. Pero si deseáis destrozar sus ejércitos, tocadlas con la punta.
El rey reflexionó unos instantes. Pero al fin, resentido como estaba por los daños que sus enemigos le habían causado, tomó la lanza y con su punta tocó algunas de las figuras, que al punto cayeron en tierra como heridas por un rayo, y a otras las tocó con el mango, con lo cual hizo que se volvieran las unas contra las otras.
  • ¡Es necesario que escarmienten! - dijo el rey, entusiasmado.

Y si el sabio astrólogo no hubiera intervenido, quizá habría seguido con aquel juego, hasta destruir por completo todas las figuritas. Por fin consiguió hacerle abandonar la torre, indicándole la conveniencia de enviar algunos soldados hacia el Paso de Lope, para que informasen de lo sucedido en el campo.
Cuando los soldados regresaron dijeron que un poderoso ejército había llegado hasta cerca de Granada, pero que, de pronto, había surgido una discusión entre dos jefes rivales, discusión que terminó con la muerte de uno de ellos. Iniciada entonces una lucha entre los guerreros, tuvieron que retirarse de nuevo a sus propios reinos, con muchas bajas.
- ¡Al fin podré vivir tranquilo! -exclamó Aben Habuz, entusiasmado-. Pídeme, ¡oh, sabio Ibrahim!, la recompensa que prefieras.
- Los sabios apenas tenemos necesidades. Sólo deseo que me facilites los medios para mejorar en algo mi humilde vivienda.
El rey pensó que era muy poco lo que el sabio le pedía y se apresuró a dar órdenes a su tesorero, para que le facilitara todo cuanto pidiese.
El tesorero, sin embargo, se escandalizó cuando Ibrahim pidió que se abriesen varias salas más, encargando para su adorno ricos tapices de Arabia y lujosos divanes y otomanas, así como preciosas alfombras traídas de Persia.
- A mis años los huesos se resienten, si duermen sobre las duras piedras y el cuerpo siente la humedad de las paredes desnudas y de los suelos sin alfombras -decía el sabio.
También, en una de las salas, se hizo construir un lujoso baño de mármol, en el que una serie de fuentecillas vertían sales aromáticas, perfumes de Arabia, aceites balsámicos...
- El baño también es necesario a mis años, para devolver a los músculos su agilidad, perdida en horas de estudio y meditación.
Después ordenó también que por todas partes colocaran lámparas de oro y cristal fino, que llenó con un aceite especial cuya composición había aprendido en él maravilloso «Libro de la Sabiduría», según dijo, y que proporcionaba una luz blanca y delicada.
- Apenas entra luz en esa cueva -afirmaba-. Y necesito una claridad, si deseo seguir estudiando y aprendiendo.
Por fin, el tesorero, cada vez más escandalizado, habló con el soberano, informándole de tales derroches.
- Ya nadie podría llamar cueva a la morada del sabio astrólogo -afirmó-. La ha convertido en un verdadero palacio subterráneo, capaz de competir con el más lujoso entre los más lujosos de todo el reino de Granada.
- Ten paciencia -contestó el rey-. Es un anciano y los ancianos son caprichosos como niños. Algún día terminará de arreglarla y dejará de pedirte dinero. Entretanto, no puedo olvidar que gracias a él tengo completa tranquilidad.
Tal y como el rey decía, un día el astrólogo dio por terminado el arreglo de lo que él seguía llamando «humilde» morada. Y durante una semana permaneció encerrado en ella, dedicado por completo al estudio de sus libros.
Pero cuando ya el tesorero respiraba tranquilo, el sabio volvió a visitarle.
- Necesito otra cosa más -le dijo-. Algo que me distraiga de las muchas horas que dedico al trabajo y al estudio.
  • El rey me ha ordenado proporcionarte todo cuanto pidas. Dime, ¿qué deseas ahora?
  • Quisiera algunas danzarinas, que también supieran cantar.
- ¿Danzarinas, dices ... ? -se sorprendió el tesorero.
- Sí. El estudio de los libros y de las estrellas es algo muy duro. Las danzas y los cantos, podrán distraerme de vez en cuando, haciéndome más agradable mis últimos días.
El tesorero cumplió también ese deseo del sabio, y ya, por fin, pudo respirar tranquilo, porque nunca más volvió a pedirle nada. Encerrado en su maravilloso palacio subterráneo continuó entregándose al estudio y, de vez en cuando, se oían desde lejos los melodiosos cantos de las danzarinas que le distraían y alegraban.
El rey, por su parte, se entretenía provocando a sus adversarios. Estaba tan seguro de que cuando le atacasen, podría destruirles con la mayor facilidad, que incluso llegó a provocar motines y a escarnecer e insultar a sus vecinos. Y, en efecto, cuando algún ejército penetraba en su reino, al punto se lo anunciaba el guerrero moro y a él le bastaba con encerrarse en la sala circular, para hacerle retroceder o destruirle, a su antojo.
Así pronto ganó fama de invencible y cada día fueron menos frecuentes los ataques de sus enemigos, hasta que, al fin, cesaron por completo. Por espacio de largos meses, el rey esperó que el jinete moro cambiara de posición, pero esperó inútilmente. Y eso le tenía malhumorado y aburrido.
- Llamaré al sabio astrólogo y le pediré que me busque alguna distracción -se dijo una noche.
Pero no llegó a hacerlo. El guardia de la torre irrumpió en sus aposentos, para anunciarle que el jinete moro habla girado y agitaba su lanza en dirección a Guadix.
Aben Habuz, muy contento, corrió hacia la torre, pero, con gran asombro, descubrió que la mesa mágica que se encontraba debajo de la ventana que miraba hacia las montañas de Guadix permanecía completamente en paz. Ni un solo jinete se movía. Ni un solo guerrero blandía su lanza. El rey, perplejo, sin saber a qué atribuir tan extraño fenómeno, mandó que un destacamento de su ejército saliera en aquella dirección y explorara aquellos montes.
Durante tres días estuvo esperando impaciente el regreso de los soldados. Por fin le anunciaron su regreso y mandó que el jefe acudiera inmediatamente a su presencia para informarle.
- Podéis estar tranquilo, señor -le dijo-. Hemos registrado todos los pasos y senderos de las montañas, sin haber encontrado el menor rastro de guerreros. Sólo hemos hallado a una muchacha de extraordinaria belleza, tranquilamente dormida junto a una fuente cristalina.
- ¡Sólo una joven de extraordinaria belleza! ¡Qué raro! -exclamó el rey-. ¿La habéis traído con vosotros... ?
  • Naturalmente, señor.
  • ¡Traedla inmediatamente a mi presencia!
La orden del rey fue cumplida y a los pocos instantes tuvo ante sí a una joven bellísima. No sólo el soberano, sino también todos sus cortesanos, quedaron maravillados al verla. Poseía el andar más grácil que jamás habían contemplado y su cabellera, negrísima y adornada con perlas, al estilo de las princesas cristianas, encuadraba un rostro perfecto, en el que brillaban unos ojos grandes, sombreados de largas y espesas pestañas. Sus dientes eran más blancos que las más bellas perlas del Oriente y sus mejillas parecían dos rosas.
Aben Habuz la admiró durante unos instantes. Por fin, habló:
  • Dime, bellísima joven, ¿cómo has llegado hasta mi reino?
La voz de la doncella, dulce y melodiosa, aumentó la admiración del rey. ¡Jamás voz tan armoniosa se había escuchado entre aquellas paredes y sólo podía compararse con el canto de los pájaros, cuando llega la primaveral
He llegado a vuestro reino, ¡oh, poderoso señor!, huyendo de los enemigos de mi padre, un príncipe cristiano cuyos ejércitos han sido destruidos...

-Tened cuidado, señor -susurró a su oído el sabio Ibrahim Eben Abú Ajib-. Esa muchacha es, a no dudar, el enemigo que anunciaba el jinete moro. Y sus ojos tienen un brillo maléfico. ¡Bien pudiera ser alguna hechicera, transformada en doncella para vencemos!
Pero el rey se burló de sus palabras, sin querer prestarle la menor atención.
- Eres un gran sabio, Ibrahim, pero, sin duda, comienzas a hacerte viejo. ¿Cómo, si no, podrías confundir a tan hermosa joven con una hechicera peligrosa?
- Os he ayudado a vencer a vuestros enemigos, señor, y podéis estar seguro de mi lealtad -insistió el sabio-. Permitidme que ahora os pida una merced. Cededme a esa joven. Advierto que lleva consigo un laúd de plata y adivino que sabe tocarlo con singular maestría; distraerá algunas de mis horas y al mismo tiempo la estudiaré hasta descubrir si es o no una hechicera. Si no me equivoco en mis suposiciones, mi poder terminará venciendo al suyo.
- ¡Estás loco! -exclamó el rey-. Mi tesorero te proporcionará danzarinas y cantantes para distraerle. ¿Para qué quieres más?
- Ninguna sabe tocar un laúd de plata. Además, temo que si se queda en vuestro palacio, atraiga sobre él la desgracia.
- Esa joven es mía y se quedará a vivir en mi palacio. ¡Y seré yo, y no tú, quien se distraiga con la música de su laúd de plata!
El sabio quiso insistir. Pero el soberano le despachó al fin, de mal talante, rogándole que volviera a su palacio subterráneo y que le dejara en paz. Ibrahim se marchó muy disgustado.
En el palacio se empezaron a celebrar fiestas maravillosas en honor de la hermosa cautiva. Y no pasaba día sin que el rey le regalase las más fantásticas joyas y le hiciera traer de Asia y Africa, las más preciadas sedas y los más exóticos perfumes. La princesa, sin embargo, jamás parecía conmovida, ni siquiera agradecida.
Regalos y fiestas, adulaciones y agasajos, todo parecía serle completamente indiferente. Nunca se enojaba con el anciano rey, claro está, pero tampoco le sonreía ni le miraba con benevolencia. Y cuando él le pedía que consintiera en ser su esposa, cogía su laúd de plata y, al instante, el soberano comenzaba a cabecear, hasta caer en un sueño profundo, del que sólo despertaba varias horas más tarde y habiendo olvidado por completo su deseo de casarse con la princesa.
Cualquier observador hubiera podido afirmar que la princesa se estaba burlando del anciano rey y que sus continuos caprichos, no tenían otro objeto que arruinarle, pues en cuanto tenía la seda, la joya o el perfume que le habla pedido, al punto lo olvidaba junto a los que ya poseía, sin hacerle el menor caso. ¡Y esos caprichos se multiplicaban día a día, y tenían en constante estado de alarma al tesorero! Pero el rey parecía no advertir nada. Y, pendiente de la princesa, llegó a descuidar todos sus deberes como soberano.
El malestar comenzó a cundir entre el pueblo y al fin, un día, un grupo de exaltados intentó asaltar el palacio, para matar a la princesa, a la que achacaban y con razón, la culpa de cuanto sucedía. La creciente pobreza en la que el rey sumía a su pueblo, a fin de satisfacer tantos y tan costosos caprichos, desesperaba a las gentes.
La guardia real sofocó rápidamente aquella sublevación. Pero el soberano no se quedó tranquilo y mandó llamar al sabio astrólogo, que permanecía en su morada, sin olvidar las ofensas que había recibido.
- Tú me vaticinaste muchos peligros, si guardaba a la princesa en mi palacio -le dijo Aben Habuz en tono conciliador, en cuanto le tuvo en su presencia-. ¡Cuánta razón tenías! Dame ahora, te lo ruego, algún consejo para librarme de futuros peligros.
- Alejad de vuestro lado a esa joven -respondió Ibrahim. - ¡Oh, no! Eso no, jamás -replicó el rey-.
Prefiero perder mi reino a perderla a ella.
- Quizá perdáis ambas cosas -le respondió el sabio, filosóficamente.
- No, no puedo apartarla de mi lado. Ayúdame, por favor a encontrar algún retiro oculto en el que poder refugiarme, lejos de las intrigas de la corte. Quiero un retiro tranquilo, en el que poder vivir en paz...
El sabio astrólogo meditó unos momentos y al fin preguntó: -¿Qué me darás, si consigo proporcionarte ese retiro que deseas?
- Tú mismo señalarás la recompensa. ¡Te doy mi palabra de rey!
- Bien. ¿Habéis oído hablar del jardín del Irán, uno de los maravillosos prodigios de la Arabia Feliz?
- Sé lo que de él dice el Corán. Y también los peregrinos, que vienen de la Meca, me han hablado de él, pero siempre pensé que era pura, fantasía...
- ¡No seáis incrédulo, señor! - le interrumpió el sabio-. El jardín maravilloso existe. Yo pude verle con mis propios ojos. Escuchad:
»En una ocasión, siendo yo joven, cuando era sólo un muchacho que cuidaba de los camellos de mi padre, atravesaba un día el desierto de Aden cuando uno de ellos se extravió por las dunas. Fui en su búsqueda, pero no conseguí hallarle y al fin, cansado, me tumbé a dormir bajo una palmera, en un pequeño oasis. Al despertar, me encontré a las puertas de una hermosa ciudad. Entré en ella y pude contemplar magníficos edificios, jardines bellísimos... pero sus calles y sus plazas estaban completamente desiertas. Nadie vivía en ellas. Sentí un gran temor, ante aquella impresionante soledad, y me apresuré a cruzar de nuevo su puerta para volver al desierto. Pero en cuanto de nuevo pisé la arena, al otro lado de las murallas y me volví para contemplarla por última vez.... ¡la ciudad había desaparecido y me encontré de nuevo junto a la palmera del pequeño oasis, en el que la noche antes me había detenido para descansar!
»Creí que se trataba de un sueño y resolví abandonar la búsqueda del camello extraviado y tratar de reunirme de nuevo con el resto de la caravana. Pero, por el camino, tropecé con un anciano sacerdote mahometano, a quien relaté lo que yo creía un sueño. Y el anciano, versado en las tradiciones y las leyendas de sus país, afirmó que aquella ciudad maravillosa no era fruto de mi imaginación ni de mis sueños, sino que era ese Jardín del Irán, tan cantado por los poetas.
«Su origen se remonta a los tiempos en que esas tierras eran habitadas por los additas -me explicó-. Les gobernaba el rey Sheddad, bisnieto de Noé, que fue quien mandó construir esa espléndida ciudad, adornándola con vergeles y jardines maravillosos, más hermosos que los mismos que adornan el paraíso del que nos habla el Corán. Y, después, admirado de su propia obra, se mandó construir en el centro un palacio suntuoso, digno de un dios. Pero tanta presunción fue castigada. Alá barrio la ciudad de la superficie de la tierra y con ella todos aquellos jardines de ensueño. Y desde entonces permanece oculta a los ojos de los mortales y sólo en algunas ocasiones se manifiesta, como ejemplo del castigo que espera a los vanidosos.»
- Esta es la historia, ¡oh, rey! Pero he de añadir que aquellos palacios suntuosos, y principalmente aquellos jardines y vergeles de ensueño, permanecieron grabados en mi imaginación, sin que ya nunca más llegara a olvidarlos. Por eso, cuando años más tarde conseguí apoderarme del «Libro de la Sabiduría», marché a aquel mismo lugar y allí, gracias a los conocimientos que ahora poseía, conseguí que de nuevo apareciesen a mi vista aquellas maravillas. Y los genios que las habitan, obedeciendo también a mi mágico poder, me revelaron todos los secretos de aquellos jardines. Por eso, si lo deseáis, puedo construir para vos, un palacio y un jardín superiores incluso en belleza a esos de los que os hablo. E igualmente invisibles a los ojos de los mortales.
- ¡Qué gran sabio eres, hijo de Abú Ajib! exclamó el rey, que había escuchado atentamente todo cuanto el sabio astrólogo le había explicado-. Si me construyes un palacio y unos jardines como esos, te recompensaré regalándote la mitad de mi reino.
- ¿Para qué necesito riquezas, si poseo el «Libro de la Sabiduría?» -contestó el astrólogo despectivo-. Sólo te pido que, como recompensa por mi obra, me regales el primer animal, con su carga, que pase por la puerta mágica del palacio.
«¡Qué tontos e ingenuos son todos los sabios!», pensó el rey, apresurándose a aceptar aquella humilde petición.
Aquel mismo día se inició la obra. En la cumbre de la colina, encima de su propia vivienda subterránea, hizo construir el sabio un patio rodeado de gruesos muros y, en el centro, una torre con una puerta muy fuerte, encima de la cual grabó una mano gigantesca y a uno de los lados, una llave de enormes proporciones. Esos signos los esculpió él personalmente y, mientras hacía ese trabajo, murmuraba frases en lengua desconocida.
Después se encerró en sus aposentos durante dos días y dos noches, entregado a sus secretos encantamientos. El tercer día volvió a la cumbre de la colina, donde permaneció, completamente solo, por espacio de varias horas hasta que, cuando era ya noche cerrada, se presentó ante Aben Habuz.
- Mi obra ya está terminada, ¡oh, rey! -le dijo-. Sobre la cumbre de la colina se levanta el más suntuoso palacio, que jamás ojos humanos han contemplado. Sus jardines son los más bellos que imaginación alguna pueda soñar. En el palacio encontraréis salones, baños, cámaras, galerías suntuosas..., en el jardín, los mejores árboles frutales, las flores más exóticas y raras.
Y, al igual que el mágico jardín del Irán, está protegido por un encanto que lo hace invisible a los ojos de los mortales, excepto, claro está de los que poseen el secreto de tales encantos.
- ¡Maravilloso! -exclamó el rey, entusiasmado-. Mañana mismo, en cuanto el sol apunte en el horizonte, me instalaré en ese palacio.
¡Qué nerviosismo el del rey durante toda la noche! Le parecía que las horas transcurrían con mayor lentitud que nunca, en su impaciencia por verse ya instalado en el mágico palacio. Se levantó por el alba y antes de una hora ya estaba dispuesto para la partida, montado en su brioso corcel árabe. A su lado, más hermosa y también más misteriosa que nunca, la princesa cabalgaba un caballo completamente blanco, y los rayos del sol se reflejaban en las esmeraldas y los brillantes que adornaban su traje de seda fina, y el laúd de plata, que jamás abandonaba.
Al otro lado del rey se colocó el sabio astrólogo Ibrahim, pero a pie, porque no le gustaba cabalgar y apoyándose en su bastón, inició la marcha hacia la cumbre de la colina.
Ya casi habían llegado y Aben Habuz aún no conseguía ver el maravilloso palacio que su astrólogo le había prometido.
- Paciencia, señor -dijo Ibrahim-. Ya os expliqué que se trata de un palacio mágico. Nadie puede verlo, mientras no haya traspuesto los muros que lo rodean. Esa es precisamente su salvaguarda.
Por fin llegaron a la puerta.
- Fijaos en esa llave gigantesca y en la mano, no menos gigantesca, labradas encima y a uno de los lados de la puerta ­dijo el sabio, dirigiéndose al rey-. En tanto esa mano no llegue a apoderarse de la llave, nadie en el mundo podrá atentar contra vuestra seguridad.
El rey contempló con asombro aquellos signos y tan embebido estaba en esa contemplación, que no advirtió cómo el caballo blanco de la princesa se adelantaba y pasaba por la puerta, hasta llegar al centro del patio. El grito alborozado del sabio astrólogo, le hizo volver a la realidad.
- ¡Esa es la recompensa que me prometisteis, ¡oh, poderoso señor, soberano de Granada! -exclamó Ibrahim-. El caballo blanco de la princesa ha sido el primer animal que ha pasado por la puerta. Mío es, con su carga.

Al principio Aben Habuz creyó que se trataba de una broma del sabio. Pero cuando advirtió que no era así, se enojó terriblemente:
- ¡No te consiento esa impertinencia! -le dijo-. Prometí regalarte el primer animal con su carga, que atravesara esa puerta. Toma pues la más robusta de mis mulas o el mejor de mis caballos árabes, cárgalo con cuantas joyas o tesoros desees, y hazlo pasar por esa puerta. Y tuyo será. Pero no pretendas, ni aún en broma quedarte con la que es la luz de mi corazón.
- ¡Bah! ¿Para qué quiero tesoros, si mi «Libro de la Sabiduría» puede proporcionarme todas las riquezas de la tierra? ­contestó Ibrahim-. Entregadme a la princesa, poderoso señor. Me pertenece por derecho.
La princesa, inmóvil encima de su blanca cabalgadura, escuchaba aquella discusión que mantenían los dos ancianos, erguida y orgullosa.
Por fin Aben Habuz ya no pudo contener por más tiempo su indignación y sin medir sus palabras, gritó:
- ¡Eres un miserable, hijo del desierto! No niego tu gran saber, pero debes reconocerme como a tu señor, y respetarme como a tu rey soberano. ¡De lo contrario te castigaré!
- ¡Mi señor...! ¡Mi rey...! ¿De verdad pretendéis castigarme si no os respeto? -replicó con burla el sabio astrólogo-. ¡Sois muy imprudente, señor! ¿Olvidáis acaso que vuestro reino es sólo una pobre madriguera, comparada con los palacios que yo puedo poseer en cuanto lo desee? ¡Adiós, Aben Habuz! Seguid gobernando vuestras pobres tierras y gozad del halago de vuestros cortesanos. Yo me retiro para siempre a mi morada, desde donde me divertiré viendo las desdichas que, por vuestra imprudencia y vuestro orgullo, desencadenáis sobre vuestra propia cabeza.
Y dichas esas palabras, el sabio Ibrahim tomó con su mano las riendas del caballo blanco de la princesa y dio tres golpes en el suelo, con su bastón. Y, al punto, la tierra se abrió bajo sus pies, tragándoselo a él y también a la princesa, sin que quedase ni una huella suya en la superficie.
El rey se quedó mudo de asombro durante unos instantes. Pero no tardó en reaccionar, ordenando a sus hombres que cavasen la tierra, por donde el astrólogo había desaparecido. Pero aun cuando cavaron y cavaron durante horas, sólo encontraron tierra que de nuevo volvía a caer en el hoyo, tapándolo. Cuando el rey se convenció de la inutilidad de estos esfuerzos, mandó buscar la entrada que, en la ladera, conducía a los aposentos que ocupaba el sabio astrólogo. Pero incluso la entrada había desaparecido y tampoco pudieron encontrarla, porque por aquellos parajes la piedra era tan fuerte, que todas las herramientas se rompían, antes de conseguir horadarla.
El pesar del rey no conoció limites. No sólo había perdido a la princesa, sino que en cuanto Ibrahim hubo desaparecido, el jinete moro perdió todo su poder mágico y permaneció inmóvil, para siempre, apuntando con su lanza el lugar por donde se habla hundido el sabio astrólogo.
Y su tortura era aún mayor porque, de vez en cuando, oía en la lejanía el dulce y armonioso sonar del laúd de plata de la princesa y a pesar de oírse muy débil, le impedía por completo conciliar el sueño.
Por fin, un día, un pobre pastor pidió ser conducido a su presencia y cuando lo consiguió le dijo que la noche antes había encontrado una grieta en la montaña. Penetró por ella y llegó a ver un gran salón subterráneo, decorado y adornado con tal suntuosidad y riqueza, como jamás viera otro igual en su vida. Y, tendido en uno de los divanes, se hallaba el anciano sabio Ibrahim, dormitando al son del laúd de plata, que la princesa tocaba con singular maestría.
El rey mandó buscar la grieta de la que hablaba el pastor. Pero también ese último intento fue inútil. Como el propio Ibrahim le dijera al rey, el hechizo de la llave y la mano, era demasiado grande y poderoso para que ningún humano pudiera vencerlo. Por eso la cumbre de la montaña siguió estando siempre desnuda a los ojos de los mortales, por lo que los habitantes de Granada terminaron llamándole «La locura del Rey» o «El Paraíso del loco».
En cuanto al desdichado Aben Habuz, ya nunca más pudo gozar de un sólo día de paz y tranquilidad. Vivía atormentado, no sólo pensando en la princesa que el sabio astrólogo mantenía cautiva en el interior de la montaña, sino también por las continuas incursiones de sus enemigos, que, al ver que ya no le protegía ningún poder mágico, pronto comenzaron a asolar de nuevo sus tierras, robándole riquezas y hombres.
Hasta que al fin murió.
Desde entonces han transcurrido muchos siglos. Y sobre aquella montaña se ha construido La Alhambra, una maravilla comparable sin duda al magnífico jardín del Irán, del que el sabio astrólogo habló al rey.
Pero las sencillas gentes, que tan fácilmente creen en leyendas, aún hoy aseguran oír, en ocasiones, lejano y dulce, el melodioso sonido del laúd de plata, con el cual la bella princesa hechicera mantiene preso al astrólogo árabe Ibrahim Eben Abú Ajib, cuya magia la encerró en el interior de aquella montaña.
Cuando vayáis a Granada preguntad por él. A lo mejor también vosotros conseguís escuchar las maravillosas notas del laúd encantado.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Washington Irvin - La novia del espectro.

(The Spectre Bridegroom)

No hallaré el descanso en mi posada Falstaff.
Durante un viaje que hice por los Países Bajos, llegué una noche a la Pomme d'Or, el mejor hostal de una pequeña villa flamenca. Lo hice pasada la hora convenida y me vi obligado a cenar a solas los restos del menú que me sirvieron. Hacía un frío espantoso. Tomé asiento al fondo de un amplio comedor vacío; angustiado por aquella soledad, por aquel silencio. Pedí al posadero algo que leer, y el buen hombre me ofreció cuanto componía la biblioteca de su casa y pensión: una biblia familiar holandesa y un almanaque escrito en la misma lengua, pero también unos cuantos periódicos parisinos atrasados... Me entretenía en la lectura de alguno de aquellos periódicos cuando llegaron hasta mis oídos unas risas que parecían originarse en la cocina.


Cualquiera que haya viajado por el continente sabe lo muy importante que resulta para el viajero llegar a un lugar en el que las cocinas sean alegres; sobre todo, en circunstancias como la mía, con un tiempo de perros, cuando más necesario se hace el calor en todos los sentidos... Dejé a un lado, pues, el periódico que leía, y me levanté con ánimo de hacer una incursión, más o menos profunda, allá por donde estaba la cocina del hostal. Vi allí, reunidos al amor del fuego, a varios viajeros que habían arribado al hostal antes que yo, a hora prudencial, pues, en una diligencia; estaban en animada charla con las personas que se encargaban de cocinar para la clientela del Pomme d'Or. Estaban, como he dicho, sentados alrededor de uno de los fogones, que parecía un altar ante el que se hubiera congregado una comunidad, aun pequeña, de fieles; había sobre el fogón, en la pared, cacharros de cocina y una vajilla completa y reluciente, en la que destacaba un juego de té presto para el servicio. Una lámpara de aceite, grande y de cristal reluciente, daba luz a los que allí charlaban y reían, arrojando sus sombras descomunales contra las paredes de la amplia cocina. Bajo aquella amarillenta luz de la lámpara sólo aparecía bien iluminada la escena que mostraba a esas personas, permaneciendo el resto de la cocina en una penumbra atrayente, que sugería placidez e intimidad. Una hermosa flamenca, con largos pendientes dorados en sus orejas y con un pequeño corazón, igualmente dorado, pendiente de su cuello por una cadenita, parecía la sacerdotisa que oficiaba el rito de la reunión ante aquel fogón como un altar, en la cocina del hostal.

Varios de los presentes fumaban plácidamente sus pipas, con ese especial gusto con que se saborea un buen tabaco aromático después de una excelente cena, cuando ya comienza a desearse el tibio lecho para descansar. Ya he dicho que se contaban anécdotas, y justo entré cuando uno de aquellos hombres concluía la suya y empezaba un francés a referir otra... Era el francés un hombre de cara larga y magra pero jovial, con enormes patillas, y comenzó a contar historias galantes de las que, cómo no, había sido protagonista, entre el regocijo de las muchachas flamencas de la cocina y las risas admiradas de los demás hombres allí reunidos... Lo propio, en fin, de esos templos de la liberalidad y de la honesta diversión que son las cocinas de los hostales cuando llega la noche. Desde luego, no vi mejor ocasión de sacudirme el tedio, y como en realidad aún no me apetecía irme a dormir, a despecho del cansancio, tomé asiento junto a los allí congregados, procurando no hacer ruido. Escuché así varias historias más que referían los viajeros, algunas de una increíble extravagancia y otras más verosímiles, como ocurre en estos casos. Todas ellas, sin embargo, se me han borrado ya de la memoria, a excepción de la que narró un hombre, que pido permiso para relatar...

Lamento no poder hacerlo con la vivacidad y convicción, empero, con que hizo su relato aquel hombre, ni con su aire tan peculiar, ni con sus gestos tan apropiados... Era un viejo suizo corpulento, que tenía la pinta del que ha viajado mucho. Vestía decorosamente, muy pulcro y hasta elegante con su chaqueta verde de buen paño. Era muy corpulento, como ya he dicho, a pesar de su edad proyecta, y gesticulante, con la mandíbula poderosa, de nariz aquilina, de ojos grandes y chispeantes, rubios aún sus cabellos, a pesar de las canas que lucía, que le caían crecidos sobre el cuello de un abrigo largo de terciopelo e igualmente verde, esos abrigos que en realidad son una capa, prenda tan típica entre los viajeros que recorren en invierno el continente.

A veces lo interrumpían en su relato, bien las preguntas de quienes escuchaban, sobre todo las preguntas de las muchachas, o bien la llegaba de algún huésped aún más tardón que yo mismo, y él a todos atendía, cordial, deferente, para seguir después a lo suyo con el mismo entusiasmo de antes... Y alguna vez se interrumpía él mismo, con el pretexto de dar lumbre a su pipa, sin duda para incrementar las ansias de quienes lo escuchábamos... Ni que decir tiene que las muchachas, y en especial la flamenca rubicunda de los pendientes dorados, le miraban con embeleso, como enamoradas. Me gustaría que mis lectores se lo imaginaran con su pipa genuina, con su mentón poderoso, sentado en un sillón con todo su aire mundano mientras refería aventuras, como sin importancia, que a todos sorprendían, con la cabeza siempre alta, más que la de un gallo, y entornando a veces los ojos para reafirmar un aspecto particularmente memorable de su relato, o mirando de reojo con ellos cuando el misterio tenía que ser aprensivo; así, acaso, la última historia que contó, y que a continuación paso a referirles, les toque en el alma tan profundamente como a mí me llegara.

En la cumbre de una de las alturas de Odenwald, país salvaje y romántico de la Alta Germania, situado cerca de donde confluyen el Mosa y el Rin, se alzaba hace muchos años el castillo del barón Von Landshort. Ahora, por el tiempo en que transcurre mi historia, se hallaba en ruinas y casi sepultado por un bosque de hayas y de negros abetos; no obstante, la vieja torre que servía de punto de observación y vigilancia más importante del castillo aún se elevaba por encima de los árboles, de igual manera que el barón del que hablo se esforzaba en mantener su dominio sobre los campesinos de la comarca. El barón era un descendiente venido a menos de la gran familia de los Katzenellenbogen y heredero de sus bienes y del orgullo que fue divisa de la estirpe. Aunque el afán guerrero de sus antepasados había hecho que disminuyera el número de sus propiedades, pretendía el barón, sin embargo, seguir dando muestras de una opulencia infinita. Eran tiempos de paz y todos los nobles de Alemania habían abandonado sus góticos torreones defensivos, colgados de las montañas como nidos de águilas, para afincarse en los valles, lugares de común más placenteros y que propician una existencia, por ello, más cómoda.

Tenía el barón una hija, su única descendiente; pero la naturaleza compensó no haberle dado más que esa hija, haciendo de ella, en cambio, un prodigio de virtudes. Tanto sus primas como todas las nodrizas y comadres de la comarca aseguraban al padre que no había en toda Germania quien pudiera rivalizar con ella en belleza. ¿Quién mejor que ellas para aseverarlo? Había recibido la educación más esmerada, siempre bajo la vigilancia de dos de sus tías, unas viejas solteronas que, habiendo pasado varios años de su juventud en uno de los pequeños principados de Alemania, estaban, por ello, versadas en todas las ramas del saber, en todos los conocimientos precisos para instruir convenientemente a una joven de abolengo y belleza tan notables como los de su sobrina. Por la virtud de los consejos recibidos de sus tías, así, la hija del barón accedió a un grado sumo de perfección espiritual. Aún no había dejado atrás sus maravillosos dieciocho años, y ya hacía encantadores bordados y representaba escenas santas prodigiosas en los telares, tan expresivas que se podía jurar al verlas que las ánimas del purgatorio habían vuelto a la vida. Era capaz de leer, además, y sin mayores esfuerzos, lo mismo libros religiosos que otros con las historias de caballeros andantes del Heldenbuch.

Había hecho, en fin, grandes progresos en la literatura, con lo que ya era capaz de escribir su nombre sin olvidarse de una sola letra; lo hacía de manera muy pulcra, harto legible, a tal punto que sus tías podían leerlo sin necesidad de ponerse las antiparras para tratar de adivinar cuál sería una u otra letra... Mas, muy especialmente, sobresalía en artes tales como las de cuál era la danza del día, tocar en el arpa distintos aires de la tierra, y también en el laúd, además de saberse de memorias las más tiernas baladas de los Minnielieders.

Las tías de la joven, que en sus años mozos habían sido, sin embargo, mujeres coquetas y de virtud más que en entredicho, eran las personas más idóneas para vigilar como auténticas cancerberas la conducta de su sobrina, pues no hay dueña de una virtud tan rigurosa y de un decoro tan sobrio como una coqueta que se quedó soltera... Raramente consentían que la bella se alejara de su vista y pocas veces le permitían salir de las estancias del castillo sin que cayera sobre sus espaldas su mirada. Sin cesar leían en voz alta, para que lo oyese bien la muchacha, tratados sobre las conveniencias sociales y la obediencia pasiva. Y en lo que a los hombres respecta, ¡ah, caramba!, le decían que jamás habría de consentir en mirarlos, salvo si se hallaba a gran distancia de ellos, y en cualquier caso con tanta desconfianza y prevención, que sin una autorización especial de ellas mismas no se hubiera atrevido la pobre, jamás, a recrearse la vista en la contemplación del más bello doncel del mundo... Eso, pues, mirar a un hombre, no, nunca, jamás... Tal atrevimiento, estaba segura, le hubiera supuesto morir de inmediato a sus pies.

Pronto dieron sus frutos los rigores de aquella educación. La joven dama era un perfecto ejemplo de discreción. Mientras las demás muchachas de su edad, cual flores mundanas que cada mano puede acariciar y tirar después, marchitaban el brillo de su hermosura encantadora en los torbellinos del mundo y la vida, nuestra modesta y encantadora virgen, tan hermosa, dirigida siempre por sus virtuosas cancerberas, florecía como el botón de una rosa solitaria que se alza y abre magnífica en su esplendor entre todas las espinas que la cercan. Sus tías, ni que decirlo, la contemplaban más orgullosas de sí mismas que de su sobrina, y se decían que aunque todas las demás jóvenes se alejaran del recto camino, gracias al cielo, semejante baldón nunca caería sobre la hermosa heredera de los Katzenellenbogen. Sin embargo, aunque el barón de Landshort no tenía más que aquella hija única, no por eso era menos numerosa su familia, pues había querido darle la Providencia toda una legión de parientes sin fortuna, que, cual es de común en todos aquellos parientes cuyo afecto conviene poco, mostraban una clara disposición y hasta un cariño enorme hacia el barón, al que se sentían muy apegados, y aprovechaban cualquier circunstancias para dejarse caer como un enjambre sobre el castillo para darle muestras de su amor. Cada fiesta familiar era celebrada por estas buenas gentes a costa del barón, y cuando ya habían comido y bebido hasta reventar declaraban enternecidos que nada había sobre la faz de la tierra, y aun en los cielos, como las deliciosas reuniones de familia que tanto les alegraban los corazones.

El barón, a pesar de ser un hombre más bien bajo, tenía un alma elevada, cabe decirlo así... Más aún, se tenía por el más grande hombre del pequeño mundo en que vivía; tamaña convicción acerca de su superioridad sobre los demás le colmaba de dicha. Por eso disfrutaba narrando larguísimas historias sobre las virtudes y el valor de sus antepasados, cuyos antañones retratos, en las paredes del castillo, parecían hacer guiños y muecas, de burla las más de las veces, a quienes los contemplaban, y nadie le escuchaba con mayor benevolencia que quienes se sentaban invitados a su mesa. Era además hombre muy dado a lo maravilloso y creía a pies juntillas en todos esos cuentos fantásticos y hasta sobrenaturales que de común se refieren en las montañas y en los valles de Germanía. La credulidad de sus huéspedes, sin embargo, era aún más grande y sincera que la suya; oían cada historia con los ojos muy abiertos, tanto más que la boca, y nunca dejaban de admirarse de lo escuchado, aunque fuese la centésima vez que se lo repetían... Así de a gusto vivía el barón de Landshort, oráculo de su mesa, monarca absoluto de su pequeño imperio; dichoso y feliz, sobre todo, creyéndose el hombre más sabio de su siglo.

Por el tiempo a que se refiere mi relato, se celebró en el castillo una gran reunión de familia para tratar de un asunto de la mayor importancia: buscar un marido conveniente a la hija del barón. A tales efectos habíase celebrado una reunión entre el barón de Landshort y un viejo y noble caballero de Baviera, para negociar acerca de la unión de las casas de ambos mediante el matrimonio de sus hijos; incluso se habían iniciado ya los preparativos del casamiento con toda la escrupulosidad que la empresa requería, aunque aún no se hubieran visto ni hablado los futuros contrayentes... Se designó hasta el día para la ceremonia, por lo que se cursó recado urgente al joven conde Von Altenburg, el futuro esposo, que servía en los ejércitos imperiales, a fin de que se pusiera en camino para recibir la blanca y pura mano de la hija del barón. Desde Würtzburg, donde había hecho noche, llegaron al castillo cartas suyas anunciando en una el día, y en la otra la hora aproximada, en que llegaría.

Todo el castillo se dispuso a darle la bienvenida adecuada. La novia se había vestido ara la ocasión con especial cuidado. Sus tías habían vigilado con minuciosidad máxima su tocado, escogiendo cada adorno del vestido no sin discutirlo largo rato, cosa que aprovechó la joven, dicho sea de paso, para seguir su propio gusto, que, por ventura, era muy delicado. Cabe decir que estaba todo lo hermosa que podía desear un esposo, pues además la emoción de la espera hacía que le brillasen los ojos, y que lucieran sus encantos todos, con un fulgor nuevo. El rubor que cubría su cara; las palpitaciones de su seno, tibia y dulcemente agitado; sus ojos, de tanto en tanto ensoñecidos, todo, en fin, proclamaba el tumulto de emociones que se había despertado en su joven y tierno corazón. Sus tías, siempre a su lado, le daban graves consejos sobre las maneras que debía observar, sobre las cosas que debía decir, para dar al futuro esposo el recibimiento más honesto.

El barón no era ajeno a todas aquellas expectativas; aunque nada tenía que hacer, pues ya se encargaban los demás de todo, su naturaleza de hombre inquieto le hacía ir y venir de aquí para allá, entre criados y amas, exhortándoles a trabajar duramente aunque no se concedieran un breve descanso, de forma tal que se le oía zumbar en las habitaciones y en los patios, como esas moscas inclementes e inoportunas que no hacen otra cosa que incomodarnos en los días del verano. Mientras tanto, ya había sido sacrificada y dispuesta para los pucheros la ternera más grande de cuantas tenía en la granja; ya por los bosques habían resonado los gritos de alerta y victoria de los cazadores dedicados a cobrar exquisitas piezas; ya estaba la cocina atiborrada de viandas para preparar; ya las bodegas rebosaban de océanos de Rhein-Wein y hasta el gran tonel de Heidelberg prestó su contribución a la fiesta... Todo, en fin, estaba dispuesto para recibir cual era debido hacerlo al distinguido huésped, con tanto Sausy Braus como es propio de las normas de la hospitalidad germana; pero el novio tan esperado no aparecía; pasaron horas y más horas y no llegó.

El sol, cuyos rayos penetraban hasta lo más profundo de los ricos bosques de Odenwald, acabó por derramar su luz sólo sobre las cumbres de la montaña. El barón, desde la más alta torre de su castillo, se fatigaba la vista inútilmente mirando en lontananza, ansioso por avistar al conde y su séquito. Una vez creyó verlo al fin; el sonido de un cuerno, prolongado en el aire por los ecos del valle, resonó en sus oídos y le alegró el corazón. Vio a lo lejos muchos hombres a caballo que avanzaban por el camino... Mas apenas llegaron al pie de la montaña, tomaron de pronto una dirección que desde luego no conducía al castillo.

Se ocultó al fin el sol lentamente. A la tenue luz del crepúsculo, los murciélagos empezaron a revolotear girando enloquecidos sobre su cabeza; el camino se hacía cada vez más oscuro; ya no se veía ni oía a nadie; sólo, de vez en vez, a cualquier labriego fatigado por la dura jornada que caminaba pesadamente hacia su choza. Todos los que estaban en el castillo del barón mostraban una perplejidad absoluta, cuando no gran inquietud... Mientras, en otro lugar de Odenwald, acontecía en el mismo momento una escena al menos curiosa. El joven conde Von Altenburg marchaba tranquilamente; iba al trote corto, sin prisa, con esa satisfacción propia de un hombre que en breve tomará por esposa a una bella y joven dama, cuando ya sus amistades lo han liberado de todas las trabas y han disipado todas sus incertidumbres, propias, por lo demás, de quien se ve obligado a hacer la corte. Estaba seguro el conde de que su futura esposa le esperaba para ofrecerle una magnífica mesa con la que regalarse tras el largo camino. Mas ocurrió que se había encontrado en Würtzburg con un compañero de armas, con el que había servido algún tiempo atrás en la frontera. Herman Von Starkenfaust era uno de los guerreros más fornidos, intrépidos y temibles de la caballería alemana. Volvía ahora, ya licenciado, al castillo de su padre, no muy alejado del de Landshort, aunque hay que mencionar que una antigua querella mantenía aún, por aquel tiempo, la enemistad de las dos familias, a la que sin embargo eran ajenos el conde y el caballero. En la alegría que a los dos embargó por su encuentro, ambos se contaron sus últimas aventuras y avatares; el conde, naturalmente, le dijo que iba a contraer matrimonio con una dama a la que jamás había visto, pero de la que tenía las mejores nuevas, incluso las referencias más maravillosas. Como iban en la misma dirección, convinieron en hacer juntos el resto del viaje; a fin de hacerlo aún con mayor comodidad, abandonaron Würtzburg a hora muy temprana de la mañana, ordenando el conde a su séquito que saliera más tarde para darles alcance y reunirse de nuevo.

Con el relato de sus aventuras, entre las que no faltaban tales o cuales combates, fueron haciéndose más grato el viaje, de común tedioso; el conde, por lo demás, en ocasiones se excedía al hablar de aquella prometida a la que jamás había visto, diciendo por ejemplo que era la mujer más hermosa del mundo y otras y muy felices cosas por el estilo... Sin que se hiciera apenas un silencio entre ellos, se adentraron, pues, en las montañas de Odenwald y atravesaron uno de los desfiladeros más oscuros y peligrosos del viaje.

Es bien sabido que los bosques de Germania albergaban por aquel tiempo muchos bandidos, casi tantos como castillos llenos de fantasmas había, y en la época en que transcurre esta verídica narración, eran muchos los desertores de la milicia a los que no les había quedado otro remedio, a fin de evitar la muerte, que echarse a los caminos organizados en bandas de salteadores. Nadie ha de sorprenderse, así las cosas, si digo que nuestros dos caballeros fueron atacados al cabo por una banda de ladrones cuando, atrás ya el desfiladero, se adentraron en el bosque. Se defendieron con gran coraje, como es lógico; lucharon largo tiempo, y ya estaban a punto de sucumbir, empero, cuando acudió el séquito del conde en su auxilio. Huyeron los bandidos entonces; mas el conde había recibido una herida mortal y no tardaría mucho en fallecer. Antes, sin embargo, se le llevó con cuidado a Würtzburg para que fuese atendido por un sabio monje que lo mismo curaba las almas que los cuerpos...

En vano. La mitad de su talento, la que curaba los cuerpos, se demostró incapaz de evitar que allí concluyesen los días del pobre conde Von Altenburg. En su lecho de muerte suplicó el conde a su amigo que se dirigiese al castillo del barón de Landshort tan presto como pudiera para comunicar la causa de que no hubiese estado junto a su prometida en la hora anunciada; aunque no se tratase del amante más apasionado, sí hay que hacer notar que era probablemente el hombre más cumplidor de sus obligaciones y palabra, y se mostraba ciertamente dolido por no haber hecho acto de presencia donde se le esperaba. También por la misma razón suplicaba al amigo que cumpliese cuanto antes su encargo. «Si no se hace así —le dijo—, no reposaré tranquilo en mi tumba». Lo repitió hasta dos veces más, solemnemente.

Tan viva súplica no necesitaba más que ser atendida, sin otras consideraciones; así, pues, el guerrero Starkenfaust calmó a su amigo prometiéndole cumplir fielmente su última voluntad y le tendió su mano para darle la prueba necesaria de la validez de su palabra. El moribundo llevó la mano del amigo a su corazón, muy agradecido por su gesto noble, y apenas unos pocos segundos después comenzaba a delirar trágicamente. Habló, en su sinrazón, de su prometida, de la felicidad que le aguardaba junto a ella; dio órdenes para que se le preparase un caballo con el que dirigirse cuanto antes hacia el castillo de Landshort... Y murió soñando que galopaba.

Starkenfaust exhaló entonces un suspiro y se echó a llorar, lamentándose de tan trágica como prematura muerte; no obstante, pronto pensó en el encargo hecho por su amigo antes de expirar; sentía una opresión terrible en el pecho y tenía la cabeza atormentada por la inquietud y la prisa de cumplir cuanto antes aquella última voluntad del conde, pues no en vano tenía que presentarse en la casa de los enemigos históricos de su familia sin haber sido invitado, y encima para acabar con las ilusiones y con la alegría de los allí reunidos, comunicándoles tan triste nueva... Pero, al tiempo, cobraba en él fuerza, paulatinamente, una cierta curiosidad por ver de cerca a la bella Katzenellenbogen, cuya fama de hermosa se extendía ya más allá de la comarca y a quien tan alejada del mundo habían tenido siempre... No en vano era Starkenfaust un rendido, si no devoto, admirador del bello sexo, y se daba en su carácter, además, una cierta tendencia a la originalidad en sus comportamientos, que lo llevaba a emprender cualquier aventura con que sólo se le pasara una vez por la cabeza. Antes de partir, cuidadoso como lo era con los detalles, hizo los necesarios arreglos con los frailes del convento para la celebración del funeral por su amigo, que sería enterrado posteriormente en la catedral de Würtzbug, en la cripta de sus antepasados, y los servidores del conde, llenos de tristeza, cargaron con sus restos para hacer el trágico traslado hasta la iglesia. Mas, volvamos de nuevo a la familia de los Katzenellenbogen... Esperaban todos impacientemente al novio, y no menos impacientemente, que se sirviera la comida... Y volvamos al barón, al que dejamos en su torre vigía... Desesperado el barón porque ya se había cerrado la noche sin que diera señales de vida el futuro esposo de su hija, bajó de la torre. El banquete, que se había retrasado ya más de lo necesario, no se podía demorar por más tiempo pues comenzaban a secarse algunas de las viandas preparadas; el jefe de los cocineros, muy apurado y nervioso, pero no sólo él, sino la servidumbre toda, y los pinches de la cocina, y naturalmente los parientes, todos, en fin, mostraban un hambre semejante al que pueda tener todo un batallón de soldados tras días y días sin probar bocado. Muy a su pesar, no le quedó al barón más remedio que dar su consentimiento para que todos ellos recibieran la ración pertinente, aunque aún no hubiera hecho acto de presencia el invitado de honor.

Tomaron todos asiento, al fin, ante su plato; ya iban a dar cuenta del banquete, cuando se dejó sentir a poca distancia la llamada de un cuerno, lo que inequívocamente anunciaba la presencia inminente de un viajero... Sonaron más toques, prolongados por los ecos de los patios del castillo, que fueron respondidos por los cuernos de la guardia para dar cuenta de que se le franqueaba el paso al que llegaba. El barón salió apresuradamente a dar la bienvenida a quien creía su futuro yerno.

Ya habían bajado los guardias el puente levadizo, ya se encontraba el viajero ante la reja de la puerta... Era un caballero alto y muy fuerte, a lomos de un poderoso caballo negro; llegaba muy pálido, pero tenía brillantes los ojos; una muy honda melancolía parecía haber impresionado su semblante y le daba un aspecto más que notable de héroe romántico... El barón se lamentó de verle llegar solo y sin equipaje; por un momento se sintió herido en su dignidad, pues aquel a quien tenía por el prometido de su hija se presentaba con tales y tan lamentables trazas ante la familia, de rancio abolengo y gran distinción, a la que iba a unirse... En suma, se dijo que su futuro yerno era un tanto descortés, no importaba lo muy duro que le hubiera resultado el viaje... Así y todo, se calmó pronto el barón, diciendo para sus adentros que a buen seguro había procedido así debido a la ansiedad que tenía por conocer a su hija, lo que le llevó a ponerse en camino sin aguardar a su servidumbre y sin acicalarse siquiera.

—Lo siento —dijo el recién llegado—; no quería llegar a vuestra casa a hora tan intempestiva...
El barón lo interrumpió entonces con un auténtico chaparrón de cumplidos, que acompañaba de miles de salutaciones cordiales, ya que, olvidada su desazón y su resentimiento anteriores, el caballero se había expresado de manera tan elocuente y diplomática. Quiso el extraño detener aquel torrente de palabras, un par de veces, alzando la mano; pero viendo que era imposible hacer que el barón callase para escucharle, se resignó, bajó la cabeza y esperó a que acabara.

Así llegaron al último patio del castillo. Al fin hizo el barón una pausa; mas en cuanto el caballero intentó abrir la boca para explicarse, de nuevo fue interrumpido, ahora por la irrupción de las mujeres de la familia, que llevaban de las manos a la novia, modosa ésta, pugnando vergonzosa por esconderse tras ellas, ruborizada dulcemente en su sonrisa... No pudo por menos que contemplarla arrebatado el caballero, como en éxtasis; tal parecía que se hubiera enajenado su alma al contemplar a tan bella damita. Una de las tías solteronas murmuró entonces unas palabras al oído de la hermosa v virginal muchacha, que hizo un gran esfuerzo para hablar, alzando tímidamente sus ojos de un azul profundo, húmedos por las alegres lágrimas que intentaba reprimir. Miró al caballero, pero fue sólo un segundo, pues de inmediato bajó los ojos otra vez. No le brotó una sola palabra de entre los labios, pero una graciosa sonrisa que vagaba por su boca le marcó dos no menos lindos hoyuelos en sus mejillas de rosa, como si hubiera querido demostrarle que nada le placía más que su presencia. Era imposible, ciertamente, que una damita en la tierna y feliz edad de los dieciocho años, dispuesta a entregarse al amor y al matrimonio en cuerpo y en alma, no quedase encantada ante la presencia de un caballero como aquél, de porte tan impresionante y de nobleza más que evidente. El caballero se presentaba muy tarde, por lo que no había tiempo para más preámbulos, ni mucho menos para seguir hablando. El barón era hombre que se distinguía por adoptar decisiones rápidamente, así que, dejando para el día siguiente cualquier explicación, hizo que todos tomaran asiento a la mesa para que se diera inicio, de una vez por todas, al banquete de bienvenida, aún intacto.

La mesa estaba servida en el gran salón del castillo. Los muros, cubiertos de retratos de los héroes de la familia Katzenellenbogen, alguno de los cuales, por cierto, era incluso bien parecido, y de incontables trofeos de caza, y otros obtenidos en justas memorables a lo largo de los tiempos. Había también, en tan severa decoración, petos y cotas destrozados, lanzas rotas, pendones desgarrados, estandartes pisoteados por los caballos, salpicado todo ello con los despojos de los animales cazados: la quijada de algún lobo, los colmillos de un jabalí, algunos de aspecto tan amenazador como las ballestas y las flechas junto a las que eran exhibidos, al lado de mazas, hachas y espadas cruzadas. Aquel a quien tenían por el novio prestó poca atención, sin embargo, a la sociedad que lo rodeaba y al mismísimo festín que se le ofrecía, con ser extraordinario; por el contrario, no hacía más que mirar a la hermosa novia. Hablaba tan bajo que los convidados no podían oírle, pues téngase en cuenta que los enamorados apenas tienen voz, de tan arrebatados; el amor murmura suave y dulcemente su lenguaje. Sólo esperaba el caballero una palabra de la novia, pues qué amante es tan poco sutil como para no estremecerse de gozo con el más leve sonido de la voz de su amada?

Aquella ternura y aquella gravedad que se daban en el recién llegado, la exquisitez de sus modales en contraste con su aspecto fiero, impresionaron profundamente a la virginal damita, que le prestaba una atención máxima mientras cambiaba del suave arrebol al rubor intenso; de vez en vez balbucía una respuesta, y cuando los ojos del caballero dejaban de mirarla, le lanzaba ella una mirada, de reojo y a hurtadillas, para saciarse con su romántica apostura... Naturalmente, exhalaba entonces un suspiro encantador. Era más que evidente que ambos habían sucumbido ya a la más ardorosa pasión. Las tías solteronas de la damita, harto versadas ellas en los secretos del corazón, se decían por lo bajo que ambos se habían enamorado nada más verse, cosa de la que se congratulaban.

Así transcurrió el festín, pues, entre el beneplácito de los invitados; mas acabó un poco salvajemente, pues ida la morigeración primera los parientes del barón dieron cuenta de las viandas con ese apetito depredador que es propio de quien anda de común con la bolsa vacía y encima respirando de continuo el sano aire de las montañas. Como no podía ser de otra forma, narró el barón lo más granado de sus historias y anecdotario, pero hay que decir que pocas veces lo había hecho tan bien como entonces. Si en una de sus narraciones había algún acontecimiento maravilloso, quienes lo escuchaban quedaban aún más encantados que los personajes de la historia; si decía alguna jocosidad, sabían cuándo reírse en el momento oportuno.

Cabe añadir que el barón, como la gran mayoría de los señores de su tiempo, poseía una dignidad enorme y no era, por ello, hombre dado a las excentricidades y a los chascarrillos groseros, por lo que pocos eran los que tenían por una tontería plena sus historias; y si creía haber consentido en cualquier cosa chocarrera, bien que a su pesar, y aunque los demás no lo hubiesen advertido, acudía presto al vino el barón para llenarles las copas, forzar un brindis y dejar que cayera el velo del vino así de gratamente bebido sobre su desliz anterior. Naturalmente, una gracia, por muy absurda e involuntaria que sea, siempre es bien recibida cuando el dueño de la casa la acompaña con una invitación a beber un caldo excelente.

Entre los invitados, por lo demás, los espíritus más pobres y mezquinos de la parentela del barón aprovechaban el contento general para decir cosas que en otra ocasión jamás se hubieran atrevido a proclamar. Susurraban al oído de las mujeres mil cuentos festivos, algunos incluso procaces, que atacaban de risa convulsa a quienes los oían... y a quienes los contaban, claro... Un primo carnal del barón, por ejemplo, un hombre muy pobre pero que no por ello era malhumorado y sombrío, sino todo lo contrario, un hombre sanote v de cara muy colorada, se puso a aullar en un momento dado, más que a cantar, varias de esas cancioncillas populares que las púdicas tías solteronas de la novia oyeron a través del abanico abierto con el que se tapaban la cara.

En medio de tan tumultuosa como alegre reunión, el recién llegado, empero, mantenía una extraña gravedad que contrastaba, no obstante su delicada educación, de la que hacía gala en todo momento, con la algarabía reinante a su alrededor. A medida que avanzaba la noche, sin embargo, se le vio más triste y pensativo, y cosa aún más sorprendente, las historias del barón, en vez de divertirle, como a los demás, le hacían sentirse más melancólico y evocador... A veces parecía sumido en una honda meditación; otras, un vistazo huraño, inquieto y furtivo que echase a los demás, denotaba la turbación en que se debatían sus pensamientos v el sentir de su alma. No obstante, conversaba con la novia; mas eran sus palabras, con ella, tan animadas como misteriosas. Aquel misterio que había en algunas de las cosas que decía el caballero, hizo que la frente antes serena de la doncella comenzara a oscurecerse con nubes negras de pena; su corazón comenzaba a palpitar sobresaltado, no por el entusiasmo del amor, sino por el temor de una pena muy grande.

Aquello, naturalmente, no pudo escapar a la atención de varios de los allí presentes. La inexplicable y súbita tristeza de la novia, y la rigidez del caballero, llenó de inquietud a quienes les observaban, al punto de que, poco después, todos hablaban en voz baja, habían cesado los cánticos y las bromas, se miraban acongojados... Se testimoniaban, en fin, su sorpresa ante aquella melancolía de los amantes, cuya causa ignoraban. Poco a poco fue haciéndose el silencio en el gran salón del castillo. Se entrecortaban las conversaciones, aun las que se hacían en voz más baja, con un lúgubre silencio... Y donde antes hubo algarabía, fiesta, relatos jocosos y hasta indecentes, comenzaron a producirse narraciones trágicas, de aventuras sobrenaturales las más... A un cuento realmente pavoroso sucedía otro aún más terrible. El barón hizo que más de una dama estuviera a punto de sufrir un síncope, con el relato sobre un espectro que llevaba a la grupa de su caballo a la bella Leonora... Una historia espantosa, es cierto, pero real; una historia que después de sucedida apareció en versos magníficos que en el presente admira el mundo entero.

El caballero al que todos tenían por el prometido de la hija del barón escuchó aquella historia atentamente y quedó impresionado a tal punto, que hubo de levantarse de su silla, haciendo mucho ruido, antes de que el anfitrión la concluyera. Al hacerlo, destacó sobremanera su gran estatura; el barón, que era hombre de corta talla, como ya se ha señalado, creyó hallarse entonces ante la presencia de un gigante, o de algún otro ser nacido de las historias fantásticas a las que tanto propendía. Oyó el caballero de pie, pues, el final de la narración del padre de la novia; lanzó entonces un hondo suspiro y se despidió de los allí presentes con educación y mucha solemnidad, dejándolos perplejos. Miraron todos al barón, entonces, que además de atónito parecía haber sido tocado por un rayo.

—¡No podéis abandonar el castillo a estas horas! —le dijo el barón, rehaciéndose—. Es la recepción que os brindamos... Y ya os hemos dispuesto aposentos para que descanséis...
Pero el caballero movió la cabeza triste y misteriosamente.
—Debo —dijo al fin— pasar esta noche en otros aposentos, bien distintos de los que me ofrecéis.
Algo en su tono hizo que el barón se conmoviera, mas, como era hombre orgulloso, repitió su hospitalario ofrecimiento. El caballero, no obstante, se limitaba a negar con la cabeza, sin decir palabra, mirando al suelo. Al fin alzó la mano, en señal de despedida, y abandonó el salón. Las tías solteronas de la bella novia se quedaron de piedra; la hermosa virgen escondió sus ojos a la mirada de los demás para que no viesen que lloraba.

El barón, no obstante, y por hacer que prevaleciera su dignidad, se levantó para ir tras el caballero, alcanzándole cuando llegaba al patio donde su poderoso caballo negro golpeaba impacientemente el suelo de piedra con sus cascos. El caballero, entonces, y como no quería mostrar descortesía para con su anfitrión, se volvió y dijo con voz ahogada, casi sepulcral:
—Ahora que nadie nos oye puedo deciros el secreto de mi marcha... He hecho una promesa solemne y he de cumplirla...
—¿Cómo? —dijo el barón—. ¿Y no os puede reemplazar alguien de vuestra confianza para cumplir ese compromiso?
—Nadie puede reemplazarme. Estoy obligado por mi palabra a ir a la catedral de Würtzburg.
—Bien, de acuerdo —aceptó el barón—. Id presto, pero tendréis que regresar mañana en busca de mi hija.
—No —dijo muy lúgubre el caballero—; no he dado mi palabra de llevar a vuestra hija al altar de la catedral de Wützburg. Me esperan los gusanos de la sepultura... Estoy muerto... Me asesinaron unos salteadores de caminos... Mi cuerpo yace ahora en la catedral de Wützburg y seré enterrado a medianoche... Mi tumba, pues, me aguarda abierta; es preciso que cumpla mi palabra.

Montó rápidamente a caballo, cruzó como una flecha el puente levadizo y pronto se perdió el eco de los cascos de su montura, barridos por un súbito viento feroz y la oscuridad de la noche.

El barón, profundamente consternado, volvió al salón del castillo donde se había celebrado el festín y contó lo que acababa de pasarle... Dos damas de las allí presentes se desmayaron de golpe. Otras se pusieron enfermas sólo de pensar que habían compartido mesa con un espectro. Varios de los parientes del barón creyeron que aquel caballero fantasmagórico podía ser el cazador al que aluden tantas leyendas alemanas. Otros hablaron de los espíritus de las montañas, de los duendes y demonios de los bosques, en fin, de una buena cantidad de seres sobrenaturales, cuyas historias han espantado desde tiempo inmemorial a las buenas gentes de Germania. Uno de los parientes más pobres del barón incluso supuso, y así lo proclamó, que acaso aquello no fuera más que una broma del novio, una disculpa para retirarse, añadiendo que su sombría apariencia, y hasta su clara extravagancia, no hacían presagiar nada bueno, a pesar de sus modales. Ni que decir tiene que de inmediato mostraron su indignación ante aquellas palabras los allí presentes, y sobre todo el barón, que lo miró como si fuera un renegado de la fe verdadera...

El pobre incrédulo no tuvo más remedio que abjurar de inmediato de su herejía y abrazar con fervor la fe de los verdaderos creyentes, aun en los espectros. Mas, cualesquiera que hubieran sido las dudas, quedaron disipadas por completo a la mañana siguiente, cuando llegaron al castillo heraldos con la mala nueva de la muerte del joven conde y de su entierro en la catedral de Wützburg... Es fácil imaginar la consternación que aquellas noticias causaron en el castillo. El barón se encerró en su cuarto para llorar sin ser visto; los invitados que la noche anterior tanto regocijo mostraran no querían, empero, dejarle solo con su dolor y vagaban por los patios, o se reunían en los salones, para lamentarse, más que por el fallecimiento del novio, por la tristeza de tan gran hombre como era el barón, valedor de muchos de ellos. Acaso por afán de cobrar fuerza y valor ante la desgracia fue por lo que comieron y bebieron abundantemente a lo largo del día. La pobre y virginal doncella, viuda antes de casarse, era quien más lástima daba... ¡Había perdido a su esposo antes de haberlo abrazado siquiera! ¡Y qué esposo!

Si era así de agraciado e imponente como espectro, ¿cómo habría sido en vida? Lloraba y se lamentaba llenando las estancias todas del castillo con su dolor, salvo el comedor donde se hartaban los parientes. Pasó la segunda noche de su viudez en su cuarto, acompañada de una de sus tías, que tenía el decidido empeño de dormir junto a ella. Esta mujer, su tía, a la que conmocionaban especialmente las historias de fantasmas y aparecidos en general, y que además sabía narrarlas muy bien, contó uno de aquellos cuentos a su sobrina, para que se quedase dormida, mas la que se durmió al cabo fue ella misma, aun sin terminarla, pero hay que decir que escogió para la ocasión una de las historias más largas de cuantas se sabía... Aquella habitación estaba bastante apartada de las demás y daba a un pequeño jardín; la hija del barón, dormida ya su tía, sumida en sus recuerdos y en las expectativas frustradas, la virginal y contrita muchacha, contemplaba la pálida claridad de la luna en cuarto creciente, que parecía tremolar entre las hojas de las ramas de un álamo que se alzaba frente a la ventana. El reloj del castillo había dado ya las doce cundo se dejó sentir en el jardín una dulce música de laúd, muy melodiosa y grata. La joven se tiró de inmediato del lecho y acudió para asomarse a la ventana. Oculto entre las sombras de los árboles apenas se divisaba un fantasma; mas la luna le prestó su luz para que pudiera verlo... ¡Era el espectro de su novio! Más que de la visión espectral, se asustó entonces la doncella por el grito de terror que escuchó justo tras ella... Su tía, a la que había despertado aquella música, también acudió a la ventana; gritó al contemplar al fantasma y se desmayó. Cuando recuperó el sentido, la visión ya se había esfumado.

De las dos, fue la tía quien requirió más atenciones, pues el terror experimentado ante aquello acabó por trastornarla durante un tiempo. La muchacha, por el contrario, hasta en el espectro de su novio encontraba dulzura y encantamiento placentero; a fin de cuentas, siempre que se le aparecía conservaba su apostura y su belleza varonil, y aunque el fantasma de un hombre sea cosa poco propicia para satisfacer los más ardientes deseos de una joven dama enferma de amor, pues no es un fantasma, en el fondo, otra cosa que una sombra leve y fugaz, sólo verlo le daba el necesario consuelo. La tía había declarado que jamás volvería a dormir en aquella habitación e intentó que tampoco su sobrina lo hiciera, pero en esta ocasión la joven fue tenaz en su porfía y se negó a dormir en otros aposentos del castillo. Quería, como es lógico pensarlo, dormir sola en su habitación para recibir tranquilamente la visita del espectro de su novio. Antes, empero, rogó a su tía que no contara la historia del fantasma, si no quería arrebatarle el único placer melancólico que le quedaba sobre la tierra, cual lo era el de dormir en una habitación guardada durante la noche por la sombra expectante de su amado. No sé cuánto tiempo hubiera podido mantener la tía solterona su secreto, pues era dada a hablar apasionadamente de prodigios y contar aquello le podía haber supuesto un auténtico triunfo; seguro que ninguna otra solterona, en toda la comarca, tenía una historia tan pavorosa como la suya. Aún hoy se dice por aquellos pagos, con admiración, que guardó silencio durante una semana entera... Pero pronto quedó libre del tormento de seguir haciéndolo, pues comprobó una mañana, cuando se disponía a bajar de sus aposentos para desayunar, la mala nueva de que la joven había desaparecido. No estaba en su cuarto, ni había dormido en su lecho; tenía la ventana abierta; la tierna palomita, pues, parecía haber volado.

Es difícil hacerse una idea de la estupefacción en que se sumieron los moradores del castillo ante la ausencia de la hija del barón. Hasta los parientes del barón que comían a dos carrillos hicieron una pausa y cesaron en su voraz apetito, cuando la tía solterona, llevándose las manos a la cabeza, recorrió todas las estancias del castillo diciendo con un hilo de voz: «El fantasma, el fantasma... Se la ha llevado el fantasma».

Con muy pocas y acongojadas palabras refirió entonces la pavorosa escena del jardín, de la que ella mismo había sido testigo. Y repetía una y otra vez que el espectro había raptado a su sobrina, opinión secundada por dos jóvenes criadas, además, que aseguraron haber oído trotar a un caballo hacia la medianoche; no cupieron dudas a los allí presentes de que era el brioso corcel negro del caballero, que así se había llevado a su tumba a la virginal doncella. Tan cruel acontecimiento consternó pronto a los moradores de la región toda, aunque tales sucesos, según lo atestiguan las historias que por allí se refieren, son tristemente habituales en Alemania.

Mas, ¡cuán lamentable era el estado del barón! ¡Cuán dura la puñalada que había atravesado su corazón de padre y miembro de la muy digna estirpe de los Katzenellenbogen! Una de dos: o su hija había sido arrastrada a la tumba, o tenía por yerno a un espectro... Y hasta podía darse la circunstancia, se decía lloroso, de que tuviera por nietos a una banda de duendecillos... El pobre hombre perdió la cabeza, por lo que todo el castillo, como suele decirse, anduvo en lo sucesivo patas arriba... Dio el barón, en su dolor, órdenes tales como la de que su guardia recorriera a caballo todos los rincones, senderos y grutas de Odenwald, y él mismo llegó a ceñir su espada y a capitanear alguna partida durante muchas y largas jornadas de infructuosa búsqueda, bien ceñidos los estribos a sus pies, para dar con la hija desaparecida... Mas, en tales afanes estaba un día cuando una nueva visión lo dejó petrificado a las puertas de su castillo: era una dama montada en un palafrén, que se dirigía al castillo acompañada de un caballero... Puso la dama su caballo al galope hasta llegar a las mismas puertas del castillo, y desmontando allí cayó a los pies del barón y se abrazó a sus rodillas: era la hija a la que creía perdida para siempre; el caballero, claro está, el espectro del novio.

Confuso, el barón miraba alternativamente a su hija y al espectro, y difícil le resultaba dar crédito a lo que sus ojos le mostraban. El espectro tenía mucho mejor aspecto que cuando lo conoció, como si el reino de las sombras le sentara estupendamente; vestía de maravilla, con lo que su imponente estampa se realzaba. Ya no estaba pálido ni parecía melancólico; por el contrario, su apostura parecía fogosa, juvenil, y le brillaban sus grandes ojos negros de tanta alegría. Bien, digamos que muy pronto se aclaró todo aquel misterio... El caballero en cuestión no era otro que Herman Von Starkenfaust, que muy pronto pasó a referir al dueño del castillo aquella trágica aventura que viviera con el malogrado conde Von Altenburg. Confesó, así, que fue él quien se presentó aquella noche en el castillo, cuando todos aguardaban al novio; que como el barón no le dejaba decir una palabra, cada vez que quiso transmitirle la mala nueva que llevaba, nada pudo contarle antes de que le fuera presentada la novia y antes de que lo sentaran a la mesa; y que, como al ver a la bella novia su corazón le dio un vuelco y quedó prendido de ella al instante, dejó que se le tomara por el pretendiente verdadero, quien ya estaba muerto, añadiendo que fueron las historias de aparecidos que contó el barón aquella noche lo que le sugirió la idea que puso en práctica, deseoso de irse de allí de una vez por todas para atender a la promesa hecha al buen amigo en su lecho de muerte.

El caballero, por lo demás, había seguido visitando a la muchacha furtivamente, presentándose en el jardín como si fuera un fantasma, porque, según dijo, temía no ser aceptado como quien en realidad era a causa del histórico enfrentamiento de sus familias, pues también con la de los Katzenellenbogen, además de con los Altenburg, estaba enfrentada la suya. El caballero y la dama aseguraron que ya se habían desposado.

El barón, en cualquier otra circunstancia, se hubiera mostrado inflexible y duro, pues tenía en muy alta estima los fueros de la autoridad paterna, mas adoraba a su hija, había llorado largamente su ausencia, y se regocijaba de verla aún viva y si cabe más hermosa, aunque tuviera por esposo a un caballero de una casa enemiga. Pero, al menos, y gracias a los cielos, no era un espectro.

Es preciso señalar, sin embargo, que la añagaza del caballero, haciéndose pasar por un muerto, no se avenía rigurosamente con sus principios, de una observación absoluta de la verdad; pero algunos viejos amigos que estaban allí presentes y que habían guerreado más que ampliamente, dijeron al barón que toda estratagema es lícita tanto en el amor como en la guerra, y que el caballero Von Starkenfaust tenía derecho a un privilegio especial después de haber servido en la caballería, fuerza obligada a librar encarnizados combates por aquellos tiempos. Así, dichosamente, concluyó todo, pues... El barón perdonó su fuga a los amantes y el castillo vivió festejos y celebraciones varios, en los que los parientes del barón abrumaban al caballero con sus lisonjas y atenciones, pues no en vano era galante, generoso... y muy rico, de muy buena casa, aunque históricamente enemiga.

De las tías solteronas, digamos que se escandalizaron un poco ante todo lo acontecido, y que se dolieron algo más pues con ello resultó evidente que su rígido sistema educativo, basado en la reclusión y en la obediencia pasiva, había fracasado con su sobrina... Eso sí, de lo que más se lamentaron fue de no haber puesto una celosía bien forjada en la ventana de la habitación de la entonces doncella. Una de ellas, ya sabemos quién, se sentía mortificada pues al cabo su maravillosa historia del rapto de la joven a manos del espectro, al que juraba haber visto, además, no era sino causa de burla de los otros. Así y todo, trataba de consolarse diciéndose que su sobrina, por lo menos, había encontrado un hombre de carne y hueso con el que amar, para no verse obligada a hacerlo con una vana y fugaz sombra.

Washington Irving (1783-1859)

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