Miscelánea antológica de cuentos fantásticos y vídeos dedicados al género, sobre aquellos mundos que habitan el imaginario colectivo y que alimentan el insaciable punto de vacilación...
domingo, 28 de junio de 2015
sábado, 27 de junio de 2015
Marcelo Hartfiel - Velorio
De haber sabido que iban a hacer lo que querían, me hubiera manejado de otra manera. Lo hubiese organizado todo yo mismo. Lo tendría que haber dejado por escrito. Aunque lo dije expresamente en repetidas ocasiones. Está bien, siempre sarcásticamente, con una sonrisa, en tono de broma, optimista. Porque es lo que se espera de alguien en tal condición, por más que en el fondo todos intuían el desenlace, aunque nadie lo reconociese.
De todas maneras, siempre mantuve esa postura. ¡Nada de velorios! Directo al horno de la Chacharita y las cenizas las tiran en el primer tacho que se cruzan. Ahí donde van a parar las flores frescas de los entierros del día, donde los deudos pobres se sirven para adornar las tumbas de sus muertos. Sin velorios, pedí. Lejos de ese morbo que alimenta toda esa parafernalia de cuervos que viven de la muerte y no hace más que exacerbar el dolor de la pérdida. Pero no. Tuvieron que ceder a las imposiciones sociales, arriados por la agencia funeraria que enterró a la mitad de mi familia. Muy solemnes ellos, los funebreros, pero atentos a deslizar comentarios que despiertan un pequeño sentimiento de culpa, con preguntas supuestamente inocentes sobre el ritual en cuestión. Esa culpa que se agiganta a cada momento, con el llamado de cada familiar, amigo o conocido que pregunta donde y cuando es el velatorio.
- Ah... ¿No lo van a velar? ¿Ni siquiera un ratito antes de ir al cementerio? Que lastima, quería despedirme. - Y si, ahora se estila... es mas barato. - ¿Así lo quería el? Y si, para no dar gastos. - Mirá, si es por plata, decime y enseguida organizo una colecta.
Ese tipo de comentarios se multiplican por la cantidad de allegados al occiso. Algunos más sutiles y educados, otros más cínicos y alguno despiadadamente certero, disparan la gran decisión de cagarse en la voluntad del homenajeado. En fin, ya no estaba en mis manos y, aunque no compartiera la decisión, decidí darme una vuelta para ver como resultaba la cosa.
Al llegar a la sala que creí vacía, la descubrí. Acurrucada, hecha un ovillo, en el rincón mas obscuro, un pequeño bulto sumido en la obscuridad, que hubiese pasado desapercibido de no estar iluminado por la mirada húmeda, fija en ninguna parte, de mi Compañera, que pareció atravesarme. Mirada profunda que, al cruzarse con la propia, produce una sensación intimidante. Que penetra por la vista para escudriñar el alma. Que nunca pude sostener más de unos pocos segundos por temor a que descubriera mis miserias. Que mi interior le revelara que no estaba a su altura, que no le merecía. Hoy tampoco pude. Temí que sintiera mi presencia y eso la angustiase mas aún. Así que seguí hacia la siguiente sala donde el cuerpo reposa en su féretro, situado en medio de la habitación, coronado por flores cuyo aroma queda gravado en la memoria, desde la infancia, como olor a velorio.
No me acerqué al cajón. No quise ver el cadáver. Me quedé parado en un rincón, con la espalda apoyada sobre la pared y la cabeza gacha en actitud solemne durante un período indefinidamente prolongado. Tuve la sensación que el tiempo no transcurría, o que lo hacía demasiado rápido o que en realidad no importaba, no había tiempo. Supongo que así debe sentir quien sabe meditar. Quien, mediante el estudio y la práctica de técnicas ancestrales, durante años de meditación logra abstraerse del mundo exterior para sumirse en el interior e intentar descubrir de que, o para que, estamos hechos... o quizás, simplemente, me quedé dormido de parado. No podría afirmarlo porque un rumor sordo, que sentía lejano mientras me encontraba en trance, fue creciendo hasta estallar en sollozos y me devolvió abruptamente a la sala mortuoria.
Familia y amigos rodean el cajón, murmurando lo tranquilo que se ve, que parece dormido, que no es justo, que estaba en la plenitud de su vida, que era tan bueno, tan trabajador y todas esas cosas que forman parte del ritual, así se trate de un cura, de un jerarca Nazi, o de un premio Nobel de la Paz. Aunque, pensándolo bien, no es una buena analogía, ya que esas tres características bien podrían pertenecer a la misma persona. Mejor digamos, tratándose de un niño, de un adulto o de un viejo o, mejor aún, tratándose de un santo o de un hijo de puta.
Luego, lo mismo de siempre. En la antesala parientes, amigos, vecinos y conocidos se entremezclan en grupos pequeños a curiosear sobre las últimas horas del muerto al principio, resultados deportivos y políticos al rato y chistes verdes al final. Las viejas vecinas yendo y viniendo con té o café, ofreciéndolo insistentemente a todo el que se cruce por su camino. El Tío, sabio y macanudo, que se lleva a los chicos a la plaza o a tomar un helado para sacarlos de allí. El amigo que se acerca a consolar a mi mujer, diciéndole todo lo que la quería, recordando anécdotas graciosas que intentan dibujar alguna mueca en su rostro o, al menos, que mitigue su angustia. Todo se mantiene en sombría calma, cual público de teatro que murmura respetuosamente en el lapso que transcurre entre que se apagan las luces y se levanta el telón. Hasta que de pronto llega un viejo amigo que no aparece hace años, pero hizo unos cuantos kilómetros “para acompañar a la familia en este duro momento”. Se abrazan, las palabras se confunden, se enredan, se transforman en gemidos y explotan en un llanto estertóreo y contagioso que se propaga por ambos salones y transforma la casa entera en un coro de lamentos, sinceros y de los otros. Al percatarse de lo sucedido, quienes originaron la ola de llanto, tratan de bajar los decibeles y recuperar el decoro del llanto silencioso y seco. Para adentro, como el que vi en sus ojos cuando estaba sola en aquel rincón obscuro, del cual escapé. Se animan mutuamente como pueden y todo vuelve a esa falsa calma de sala de espera médica, hasta que entra un nuevo actor y la escena se repite con mayor o menor intensidad y se reinicia el ciclo que prolonga el sufrimiento de los deudos hasta el amanecer y el muerto se puede sentir orgulloso de haber sido tan llorado.
¡Mierda! No, no debería ser así. Yo no quería que fuera así. De haber sabido lo hubiese organizado todo yo mismo. Al aire libre, en casa, con música preparada para la ocasión, con alguna puteada, algún grito y algún llanto también, pero mas sonrisas y alguna carcajada de mi compañera, que me hubiese devuelto la vida al menos un instante.
¡Ojo! ¡Tampoco la pavada! A cajón cerrado, porque nunca falta el zarpado que acomoda al fiambre en posiciones obscenas, le pone un faso en la boca o cosas peores, que se me ocurren ahora y me causan gracia, pero que pueden provocar la indignación y hasta el desmayo de alguna vieja. Si con la parrilla humeando, con bebidas espirituosas para que se relaje la familia y se desinhiban los amigos, con los niños jugando con los perros, con mi gente pasándola bien. No se... con un poco mas de onda. Sin olor a Velorio. No esto. ¡Esto es un embole! Uf... ahí viene el Gordo, mejor me rajo antes que se reinicie el ciclo. Hoy nadie le sacará una carcajada.
De todas maneras, siempre mantuve esa postura. ¡Nada de velorios! Directo al horno de la Chacharita y las cenizas las tiran en el primer tacho que se cruzan. Ahí donde van a parar las flores frescas de los entierros del día, donde los deudos pobres se sirven para adornar las tumbas de sus muertos. Sin velorios, pedí. Lejos de ese morbo que alimenta toda esa parafernalia de cuervos que viven de la muerte y no hace más que exacerbar el dolor de la pérdida. Pero no. Tuvieron que ceder a las imposiciones sociales, arriados por la agencia funeraria que enterró a la mitad de mi familia. Muy solemnes ellos, los funebreros, pero atentos a deslizar comentarios que despiertan un pequeño sentimiento de culpa, con preguntas supuestamente inocentes sobre el ritual en cuestión. Esa culpa que se agiganta a cada momento, con el llamado de cada familiar, amigo o conocido que pregunta donde y cuando es el velatorio.
- Ah... ¿No lo van a velar? ¿Ni siquiera un ratito antes de ir al cementerio? Que lastima, quería despedirme. - Y si, ahora se estila... es mas barato. - ¿Así lo quería el? Y si, para no dar gastos. - Mirá, si es por plata, decime y enseguida organizo una colecta.
Ese tipo de comentarios se multiplican por la cantidad de allegados al occiso. Algunos más sutiles y educados, otros más cínicos y alguno despiadadamente certero, disparan la gran decisión de cagarse en la voluntad del homenajeado. En fin, ya no estaba en mis manos y, aunque no compartiera la decisión, decidí darme una vuelta para ver como resultaba la cosa.
Al llegar a la sala que creí vacía, la descubrí. Acurrucada, hecha un ovillo, en el rincón mas obscuro, un pequeño bulto sumido en la obscuridad, que hubiese pasado desapercibido de no estar iluminado por la mirada húmeda, fija en ninguna parte, de mi Compañera, que pareció atravesarme. Mirada profunda que, al cruzarse con la propia, produce una sensación intimidante. Que penetra por la vista para escudriñar el alma. Que nunca pude sostener más de unos pocos segundos por temor a que descubriera mis miserias. Que mi interior le revelara que no estaba a su altura, que no le merecía. Hoy tampoco pude. Temí que sintiera mi presencia y eso la angustiase mas aún. Así que seguí hacia la siguiente sala donde el cuerpo reposa en su féretro, situado en medio de la habitación, coronado por flores cuyo aroma queda gravado en la memoria, desde la infancia, como olor a velorio.
No me acerqué al cajón. No quise ver el cadáver. Me quedé parado en un rincón, con la espalda apoyada sobre la pared y la cabeza gacha en actitud solemne durante un período indefinidamente prolongado. Tuve la sensación que el tiempo no transcurría, o que lo hacía demasiado rápido o que en realidad no importaba, no había tiempo. Supongo que así debe sentir quien sabe meditar. Quien, mediante el estudio y la práctica de técnicas ancestrales, durante años de meditación logra abstraerse del mundo exterior para sumirse en el interior e intentar descubrir de que, o para que, estamos hechos... o quizás, simplemente, me quedé dormido de parado. No podría afirmarlo porque un rumor sordo, que sentía lejano mientras me encontraba en trance, fue creciendo hasta estallar en sollozos y me devolvió abruptamente a la sala mortuoria.
Familia y amigos rodean el cajón, murmurando lo tranquilo que se ve, que parece dormido, que no es justo, que estaba en la plenitud de su vida, que era tan bueno, tan trabajador y todas esas cosas que forman parte del ritual, así se trate de un cura, de un jerarca Nazi, o de un premio Nobel de la Paz. Aunque, pensándolo bien, no es una buena analogía, ya que esas tres características bien podrían pertenecer a la misma persona. Mejor digamos, tratándose de un niño, de un adulto o de un viejo o, mejor aún, tratándose de un santo o de un hijo de puta.
Luego, lo mismo de siempre. En la antesala parientes, amigos, vecinos y conocidos se entremezclan en grupos pequeños a curiosear sobre las últimas horas del muerto al principio, resultados deportivos y políticos al rato y chistes verdes al final. Las viejas vecinas yendo y viniendo con té o café, ofreciéndolo insistentemente a todo el que se cruce por su camino. El Tío, sabio y macanudo, que se lleva a los chicos a la plaza o a tomar un helado para sacarlos de allí. El amigo que se acerca a consolar a mi mujer, diciéndole todo lo que la quería, recordando anécdotas graciosas que intentan dibujar alguna mueca en su rostro o, al menos, que mitigue su angustia. Todo se mantiene en sombría calma, cual público de teatro que murmura respetuosamente en el lapso que transcurre entre que se apagan las luces y se levanta el telón. Hasta que de pronto llega un viejo amigo que no aparece hace años, pero hizo unos cuantos kilómetros “para acompañar a la familia en este duro momento”. Se abrazan, las palabras se confunden, se enredan, se transforman en gemidos y explotan en un llanto estertóreo y contagioso que se propaga por ambos salones y transforma la casa entera en un coro de lamentos, sinceros y de los otros. Al percatarse de lo sucedido, quienes originaron la ola de llanto, tratan de bajar los decibeles y recuperar el decoro del llanto silencioso y seco. Para adentro, como el que vi en sus ojos cuando estaba sola en aquel rincón obscuro, del cual escapé. Se animan mutuamente como pueden y todo vuelve a esa falsa calma de sala de espera médica, hasta que entra un nuevo actor y la escena se repite con mayor o menor intensidad y se reinicia el ciclo que prolonga el sufrimiento de los deudos hasta el amanecer y el muerto se puede sentir orgulloso de haber sido tan llorado.
¡Mierda! No, no debería ser así. Yo no quería que fuera así. De haber sabido lo hubiese organizado todo yo mismo. Al aire libre, en casa, con música preparada para la ocasión, con alguna puteada, algún grito y algún llanto también, pero mas sonrisas y alguna carcajada de mi compañera, que me hubiese devuelto la vida al menos un instante.
¡Ojo! ¡Tampoco la pavada! A cajón cerrado, porque nunca falta el zarpado que acomoda al fiambre en posiciones obscenas, le pone un faso en la boca o cosas peores, que se me ocurren ahora y me causan gracia, pero que pueden provocar la indignación y hasta el desmayo de alguna vieja. Si con la parrilla humeando, con bebidas espirituosas para que se relaje la familia y se desinhiban los amigos, con los niños jugando con los perros, con mi gente pasándola bien. No se... con un poco mas de onda. Sin olor a Velorio. No esto. ¡Esto es un embole! Uf... ahí viene el Gordo, mejor me rajo antes que se reinicie el ciclo. Hoy nadie le sacará una carcajada.
sábado, 20 de junio de 2015
El atractivo inagotable de un clásico de la ciencia ficción (infobae 20-06-2015)
Recuerdo que lo primero que leí de Lem fue "El retorno de las estrellas", la historia de Hal Bregg, un astronauta que ha estado en el espacio durante diez años, pero debido a la relatividad del tiempo, cuando vuelve, en el planeta han pasado más de ciento veinte... Hal tendrá que lidiar con una sociedad que lo despidió como un héroe, pero que a su retorno de las estrellas es totalmente ignorado por los habitantes de este mundo que desconocen en él a un humano. Es más, los humanos en esos ciento veinte años han logrado erradicar el gen de la violencia, que Hal trae en su cuerpo. Entonces, quien antes era un héroe es ahora una amenaza, un retorno al pasado violento del que queda registro solo en los anales de una historia que todos desean dejar atrás.
La vida de este hombre en un planeta que ya no conoce y no lo reconoce a él es lo que importa para Lem. Cómo vemos al otro, al distinto, al que pertenece a otra cultura, a otra generación, a otro credo. Hal Bregg representa los miedos de Lem a la enajenación, a la soledad del individuo en un mundo que ve al otro como potencial enemigo. Una novela apasionante de un escritor comprometido con la filosofía y con la ciencia y, sobre todo, con la epistemología, esa palabra rara y pomposa que resulta fundamental para poder comprender los avances de la humanidad. La epistemología, el arte de cuestionar a la ciencia, de cuestionar los fundamentos en los cuales se basa el avance científico. A Stanislaw Lem le preocupaba el hombre parado en su tiempo y su accionar frente a los procesos científicos y al desarrollo de la filosofía del conocimiento. Entiendo que pueda sonar difícil, o incluso aburrido, pero les aseguro que muchas de nuestras preocupaciones son, sin saberlo, de origen epistemológico. ¿A dónde nos lleva tal o cual pensamiento, idea o avance? ¿Somos capaces de usar el conocimiento siempre para el bien, por el bien mayor?
Como siempre, una vez que leo algo de un autor que me impacta, sigo indagando en sus otras obras. Llegué a "Solaris" y aquí me quedo porque, en verdad, si quieren leer ciencia ficción que les haga mover las estanterías y los haga pensar acerca de nuestra conciencia, nuestras ideas, los recuerdos, las heridas del corazón, y también los límites de los avances científicos, aquí se tienen que quedar. Lem se enfoca de manera muy intensa en lo humano, en el mundo interior del individuo frente a lo desconocido, a todo aquello que lo excede por tecnología, por desconocimiento, por adentrarse más allá de las posibilidades reales de comprender.
Solaris es el nombre de un planeta que ha tenido en vela a los hombres hace varios años. No es un planeta en el sentido clásico del término. No se parece en nada a ningún otro planeta. Es un océano viscoso, una especie de líquido viscoso que ha sido comparado con la placenta. Un océano en constante movimiento signado por dos soles, uno rojo y uno azul, que ha sido motivo de estudio por más de cien años. Se ha desarrollado una ciencia alrededor de este planeta llamada "Solarística"; tomos y tomos de investigaciones para tratar de comprender el fenómeno de este planeta. Nuestro protagonista, Kelvin, es un psicólogo que llega en una nave llamada "Prometeo" para intentar analizar y comprender el comportamiento bastante extraño que los científicos que habitan la estación Solaris vienen experimentando. Cambian de humor, se desconectan, se muestran taciturnos y culpan al planeta de interferir en su comportamiento. Kelvin encuentra en esta misión la excusa perfecta para escapar de una profunda depresión que le causa el suicidio de su mujer, que, aunque hayan pasado ya diez años, no logra superar.
Apenas llega a la estación se encuentra con que uno de los científicos se ha suicidado, y los otros dos que quedan están perdidos, sumidos en momentos de grandes depresiones o locura. Son dos personajes muy especiales con los que te vas a encariñar porque conocerás sus historias y sus miedos. Ambos científicos están convencidos de que el planeta tiene conciencia y les lee la mente.
Kelvin, muy escéptico de lo que sus colegas comentan, se recluye mucho tiempo en la biblioteca a leer los largos estudios sobre esta masa informe que nadie ha logrado comprender. Hasta que en un momento aparece, corporizada, perfecta, idéntica, su mujer. No es una alucinación. Está allí. Es un ser vivo de carne y hueso que interactúa con Kelvin y aquí comienzan a entrelazarse las dos tramas, la de su historia de amor y la del planeta. Ambos, Solaris y su bella esposa Harey, son un enigma que no puede descifrar. Lo atrapan, lo envuelven y cuestionan con su forma de ser toda su personalidad, sus acciones, las decisiones que ha tomado, su modo de ver a los demás. Sus intentos de escudriñar en la profundidad del alma de Harey no hicieron más que destruirla. Y ahora el planeta pensante le devuelve una oportunidad para remediar el pasado, abrir los ojos y entender que hay cosas que simplemente no tienen explicación y, si la tienen, escapan a nuestra posibilidad de entendimiento racional.
Es una novela de ciencia ficción, sí, pero de un profundo tono psicológico. Escrita en 1961, la actualidad de Solaris permanece intacta. Si te animás a subir a la nave que es esta lectura, nunca mirarás el cielo de la misma manera y probablemente no mires hacia adentro tuyo de la misma manera tampoco. Habría que ver, si existiera Solaris, si nos animamos a desembarcar en este planeta que, al parecer, respira, nos analiza, lee nuestras mentes y nos enfrenta con nuestros peores fantasmas.
"40 libros que adoro", de Flavia Pittella (Planeta).
http://www.infobae.com/2015/06/17/1735961-el-atractivo-inagotable-un-clasico-la-ciencia-ficcion
lunes, 25 de mayo de 2015
La profecía
Está protagonizada por Gregory Peck, Lee Remick, David Warner, Harvey Stephens, Billie Whitelaw, Patrick Troughton, Martin Benson y Leo McKern. El tema musical es Ave Satani, de Jerry Goldsmith, quien ganó su único Óscar de la Academia por su trabajo en la banda sonora.
Junto con Rosemary's Baby y El exorcista, es una de las pocas producciones cuya calidad trascendió el género de terror sobrenatural. Años después tuvo tres secuelas, con las que forma una especie de tetralogía, y dos décadas después se produjo un remake, estrenado el 6 de junio del 2006, en medio de una sonora campaña de marketing por coincidir con la "fecha del Anticristo".
Junto con Rosemary's Baby y El exorcista, es una de las pocas producciones cuya calidad trascendió el género de terror sobrenatural. Años después tuvo tres secuelas, con las que forma una especie de tetralogía, y dos décadas después se produjo un remake, estrenado el 6 de junio del 2006, en medio de una sonora campaña de marketing por coincidir con la "fecha del Anticristo".
El otro
Dos hermanos gemelos de nueve años, Niles y Holland, quienes viven con su familia en una granja en Conneticut. Ada, su abuela, les ha enseñado un juego, pero uno de los chicos parece haberlo interpretado de un modo insano, y empiezan a sucederse extraños accidentes.
A Niles le parece que Holland es el responsable de lo que está sucediendo.
Una película de culto sobre el cine de suspense en la década de los 70; auténticamente extraordinaria en todos sus detalles. Altamente recomendada.
Una película de culto sobre el cine de suspense en la década de los 70; auténticamente extraordinaria en todos sus detalles. Altamente recomendada.
Dino Buzzati - Siete Pisos
Después de todo un día de viaje en tren, Giuseppe Corte llegó, una mañana de marzo, a la ciudad donde estaba una casa de salud. Tenía un poco de fiebre; sin embargo, quiso recorrer a pie el camino entre la estación y el hospital, llevando consigo su maletita.
Aunque sólo presentaba síntomas muy leves e incipientes, le habían aconsejado a Giuseppe Corte dirigirse al célebre sanatorio, especializado en esa enfermedad. Esto garantizaba una competencia excepcional de los médicos y la más racional eficacia de las instalaciones.
Cuando lo vio a lo lejos —y lo reconoció, puesto que ya lo había visto en una fotografía de una circular publicitaria—, Giuseppe Corte quedó gratamente impresionado. El blanco edificio de siete pisos estaba surcado de salientes arquitectónicas que le daban una vaga fisonomía de hotel. Alrededor del edificio había una larga fila de árboles altos.
Tras una sumaria visita médica, previa a un examen más minucioso, Giuseppe Corte fue instalado en un alegre cuarto del séptimo y último piso. Los muebles eran claros y pulcros, como la tapicería; los sillones eran de madera y los cojines estaban forrados de tela policroma. La vista se extendía sobre uno de los más hermosos barrios de la ciudad. Todo era tranquilo, hospitalario y confortante.
Giuseppe Corte se metió inmediatamente a la cama y, encendiendo la lamparita sobre la cabecera, empezó a leer un libro que había llevado consigo. Poco después entró una enfermera para preguntarle si necesitaba algo.
Giuseppe Corte no deseaba nada, pero de buen grado se puso a conversar con la joven, pidiéndole informaciones acerca de la casa de salud. Así se enteró de la extraña característica de aquel hospital. Los enfermos eran distribuidos piso por piso, de acuerdo a la gravedad. El séptimo, o sea el último, era para los casos muy leves. El sexto estaba destinado a los enfermos no graves, pero que necesitaban cuidado. En el quinto se curaban afecciones serias; y así, sucesivamente, de piso a piso. En el segundo estaban los enfermos muy graves; y en el primero, los desahuciados.
Este singular sistema, además de facilitar la rapidez del servicio, evitaba que un enfermo no grave pudiera ser turbado por la cercanía de un colega moribundo, y garantizaba en cada piso una atmósfera homogénea. Por otra parte, la curación podía graduarse perfectamente.
De todo esto resultaba que los enfermos estuvieran divididos en siete castas progresivas. Cada piso era como un pequeño mundo en sí mismo, con reglas particulares, con especiales tradiciones. Y puesto que cada sector estaba a cargo de un médico distinto, habíanse formado, aunque mínimas, algunas diferencias en los métodos de tratamiento, a pesar del sello fundamental que el director le había conferido al instituto.
Cuando la enfermera salió, Giuseppe Corte —pensando que la fiebre había desaparecido— se acercó a la ventana y miró hacia afuera, no para observar el panorama de la ciudad, que era incluso nueva para él, sino con la esperanza de ver, a través de las ventanas, a algunos enfermos de los pisos inferiores. La estructura del edificio, con grandes salientes, permitía ese tipo de observación. Giuseppe Corte concentró su atención, sobre todo, en las ventanas del primer piso, que parecían lejanísimas, oblicuas. Pero no vio nada de interesante. La gran mayoría de ellas estaban herméticamente cerradas por las grises persianas corredizas.
Corte descubrió a un hombre que lo miraba desde una ventana que estaba a su lado. Los dos se miraron durante cierto tiempo, con simpatía creciente, pero no sabían cómo romper el silencio. Finalmente, Giuseppe Corte se dio ánimo y dijo:
—¿Usted también lleva poco tiempo aquí?
—Oh, no —dijo el hombre—; estoy aquí desde hace dos meses...
Calló un momento, después del cual, no sabiendo cómo continuar la conversación, añadió:
—Estaba viendo a mi hermano, allá abajo.
—¿Su hermano?
—Sí —explicó el desconocido—. Llegamos aquí el mismo día. Es un caso realmente extraño; pero él ha ido empeorando. Él ya está en el cuarto.
—¿Qué cuarto?
—En el cuarto piso —aclaró el individuo, pronunciando las palabras con tal expresión de piedad y de horror, que Giuseppe Corte casi se espantó.
—¿Pero es que están muy graves los del cuarto piso?
—Preguntó con cautela.
—Dios mío —dijo el otro, moviendo lentamente la cabeza—; no están totalmente desesperados, pero no tienen ningún motivo para estar alegres.
—Pero entonces —preguntó aún Corte, con la graciosa desenvoltura de quien menciona cosas trágicas que no le conciernen—, si en el cuarto piso están muy graves, ¿a quiénes ponen en el primero?
—Ay, en el primer piso están los moribundos. Allí los médicos ya no tienen nada que hacer. Solamente está el sacerdote. Y, naturalmente...
—Pero deben de ser muy pocos —interrumpió Corte, como si le urgiera obtener una confirmación—; casi todos los cuartos están cerrados.
—Hay pocos ahora; pero esta mañana había muchos —respondió el desconocido, con una sonrisa sutil—. Donde las persianas están cerradas, alguien murió hace poco. ¿No ve que en los otros pisos están abiertos todos los postigos? Usted me perdone —agregó, retirándose lentamente—; me parece que empieza a hacer frío. Yo vuelvo a mi cama. Suerte, suerte...
El hombre desapareció de la ventana, cerrándola con energía, y se vio que encendió la luz. Giuseppe Corte se quedó en la ventana, inmóvil, mirando fijamente las persianas cerradas del primer piso. Las miraba con una intensidad morbosa, tratando de imaginar los secretos fúnebres de aquel primer piso terrible, donde confinaban a los enfermos que ya iban a morir. Y se sentía aliviado sabiéndose lejano de ese piso. Una por una fueron encendiéndose las ventanas del sanatorio; visto a lo lejos, habría podido pensarse que se trataba de un palacio de fiesta. Sólo en el primer piso, al fondo del precipicio, decenas y decenas de ventanas estaban ciegas y oscuras.
El resultado de la visita médica general tranquilizó a Giuseppe Corte. Habitualmente inclinado a prever lo peor, ya se había preparado para oír un severo diagnóstico, y no se habría asombrado si el médico le hubiera dicho que era necesario alojarlo en el piso inferior. La fiebre, en efecto, no había disminuido, a pesar de que las condiciones generales eran buenas. El médico, en cambio, le habló con palabras estimulantes y cordiales. Era una enfermedad incipiente —le dijo—; ésta existía, pero levísima. En dos o tres semanas, probablemente, su mal cedería.
—¿Seguiré, entonces, en el séptimo piso? —preguntó ansiosamente Giuseppe Corte a este punto.
—Pero naturalmente —le respondió el médico, palmeándole amistosamente el hombro—. ¿A dónde quería ir? ¿Tal vez al cuarto piso? —le preguntó riendo, como si quisiera aludir a la más absurda de las hipótesis.
—Mejor así, mejor así —dijo Corte—. Usted sabe que los enfermos siempre imaginamos lo peor...
Y Giuseppe Corte siguió en el cuarto que le habían asignado originalmente. Empezó a conocer a algunos de sus compañeros de hospital, durante algunas escasas tardes que le permitían levantarse. Siguió escrupulosamente el tratamiento, poniendo todo su empeño en curarse rápidamente; sin embargo, parecía que sus condiciones continuaban estacionarias.
Habían pasado ya unos diez días cuando el jefe de enfermeros se le presentó a Giuseppe Corte. Se veía obligado a pedirle un favor, con carácter solamente amistoso. Al día siguiente llegaría al hospital una señora con dos niños; dos cuartos estaban libres, precisamente al lado de la suya, pero faltaba un tercero. ¿El señor Corte estaría dispuesto a trasladarse a otro cuarto, igualmente confortable?
Como es natural, Giuseppe Corte no opuso ninguna dificultad. Cualquier cuarto le daba lo mismo. Le podría tocar alguna otra enfermera, más bonita todavía.
—Se lo agradezco mucho —dijo el jefe de enfermeros del séptimo piso, con una ligera inclinación—. Le confieso que no me extraña ver en usted un acto tan gentil y caballeresco. Dentro de una hora, si usted no dispone otra cosa, procederemos con su traslado. Debo decirle que hay necesidad de llevarlo al piso de abajo —agregó con voz atenuada, como si se tratara de un detalle carente de importancia—. Desgraciadamente, en este piso no hay más cuartos libres. Pero se trata de algo absolutamente provisional. Tan pronto quede libre otro cuarto, y creo que será dentro de dos o tres días, usted podrá volver a este piso.
—Le confieso —dijo Giuseppe Corte, para demostrarle que él no era un niño—, le confieso que un traslado de este tipo no me agrada en lo más mínimo.
—Pero si este traslado no se debe a ningún motivo médico. Entiendo muy bien lo que usted quiere decir. Se trata únicamente de ser cortés con esa señora, que prefiere no alejarse de sus niños... ¡Por favor —agregó riendo abiertamente—, ni siquiera se le ocurra que existan otras razones!
—Puede ser... —dijo Giuseppe Corte—. Pero a mí me parece señal de mal agüero.
El señor Corte fue pasado al sexto piso, y aunque estuviera convencido de que el traslado no correspondía a un empeoramiento del mal, le disgustaba pensar que entre él y el mundo normal, el de la gente sana, se interpusiera ya un evidente obstáculo. En el séptimo piso, punto de llegada, se estaba en cierto modo en contacto con el consorcio de los hombres; esto podía considerarse incluso como una prolongación del mundo habitual. Pero en el sexto se entraba al cuerpo auténtico del hospital. Ahí la mentalidad de los médicos, de las enfermeras y de los enfermos mismos era diferente. De hecho, era cosa admitida que ese piso albergaba a verdaderos enfermos, aunque no graves. Desde las primeras conversaciones con los vecinos de cuarto, con el personal y con los enfermeros, Giuseppe Corte se dio cuenta cómo en esa sección consideraban el séptimo piso como una cosa de juego, reservada a los enfermos primerizos, aquejados solamente de sus chifladuras. Únicamente desde el sexto, por decirlo de alguna manera, la cosa empezaba en serio.
De cualquier modo, Giuseppe Corte comprendió que para volver al séptimo —al lugar que le correspondía de acuerdo a las características de su mal—, encontraría dificultades. Para subir de nuevo debería poner en movimiento a todo un organismo muy complejo. No cabía duda de que si él no hubiera chistado, nadie habría pensado en transferirlo al piso superior, al de los “casi-sanos”.
Por lo tanto, Giuseppe Corte se propuso no transigir acerca de sus derechos y de no ceder ante las lisonjas de la costumbre. Le interesaba mucho especificar a sus compañeros de sección que él se hallaba ahí sólo por unos días, que había sido él quien decidió descender un piso para darle gusto a una señora, y que apenas se desocupara un cuarto regresaría al piso superior. Los otros lo escuchaban sin interés y asentían con escasa convicción.
El convencimiento de Giuseppe Corte halló plena confirmación en el juicio del nuevo médico. Éste admitió también que Giuseppe Corte podía ser admitido nuevamente en el séptimo piso; su caso era ab-so-lu-ta-men-te muy-leve —y escandía tal definición para darle importancia—; pero en el fondo consideraba que en el sexto piso podía ser curado mejor.
—No empecemos con estos cuentos —intervenía en esos momentos el enfermo, con mucha decisión—. Usted me ha dicho que mi lugar está en el séptimo piso, y quiero regresar.
—Nadie ha dicho lo contrario —rebatía el doctor—. Yo solamente le daba un simple consejo, no de doctor, sino de au-tén-ti-co a-mi-go. Su caso, insisto, es levísimo, y no sería una exageración decir que usted no está enfermo; sólo que, según yo, su caso se distingue de otros casos análogos por una cierta y mayor extensión. Me explico: la intensidad del mal es mínima, pero considerable su amplitud, el proceso destructivo de las células —era la primera vez que Giuseppe Corte oía en el hospital aquella siniestra expresión—; el proceso destructivo de las células se halla totalmente en su principio, quizá ni siquiera ha comenzado; pero tiende, digo solamente tiende, a afectar al mismo tiempo vastas porciones del organismo. Solamente por esto, según yo, usted puede ser curado con mayor eficacia aquí, en el sexto, donde los métodos terapéuticos son más típicos e intensos.
Un día le contaron que el director general de la casa de salud, tras de haber consultado largamente a sus colaboradores, había decidido un cambio en la subdivisión de los enfermos. El grado de cada uno de ellos había sido rebajado, por así decirlo, en medio punto. Se convino que en cada piso los enfermos estarían divididos, de acuerdo a su gravedad, en dos categorías (esta subdivisión debían de hacerla los propios médicos, con un carácter exclusivamente interno). La inferior de estas dos mitades debería trasladarse a un piso inmediatamente más bajo. Por ejemplo, la mitad de los enfermos del sexto piso, los que presentaran casos clínicos ligeramente más avanzados, deberían pasar al quinto; y los casos más graves del séptimo piso deberían pasar al sexto. La noticia complació a Giuseppe Corte, porque en ese complejo cuadro de traslados su retorno al séptimo piso se lograría con menor dificultad.
Cuando se lo comentó a la enfermera, su esperanza sufrió una amarga sorpresa. Ella le dijo que lo iban a trasladar; pero no al séptimo, sino al piso de abajo. Por motivos que la enfermera no sabía explicarle, él estaba incluido en la mitad más “grave” de los pacientes del sexto piso, por lo cual, iban a bajarlo al quinto.
Habiendo superado la sorpresa, ésta se convirtió en furor. Dijo a gritos que lo estaban estafando; que ya no quería seguir oyendo nada acerca de traslados a pisos inferiores; que regresaría a su casa; que los derechos eran los derechos y que la administración del hospital no debería desacatar tan descaradamente los diagnósticos de los doctores.
Mientras aún estaba gritando, llegó el médico, para tranquilizarlo. Lo aconsejó calmarse, si no quería que la fiebre le aumentara; le explicó que todo se debía a un malentendido, por lo menos parcial. Admitió una vez más que Giuseppe Corte podría estar en su justo lugar en el séptimo piso, pero agregó que consideraba su caso clínico bajo un concepto ligeramente diverso, muy personal. Muy en el fondo, su enfermedad podía, en un cierto sentido, desde luego, considerarse de sexto grado, dada la amplitud de las manifestaciones morbosas. Sin embargo, él mismo no lograba explicarse cómo Corte se hallara catalogado en la mitad inferior del sexto piso. Probablemente, el secretario de la dirección —que precisamente esa mañana le había telefoneado para preguntarle la exacta posición clínica de Giuseppe Corte—, se había equivocado en la trascripción. O quizá la dirección había “empeorado” deliberadamente, pero no mucho, su juicio, ya que lo consideraban como un médico competente, pero proclive a la indulgencia. El doctor, en fin, le aconsejó a Giuseppe Corte que no se inquietara, que aceptara sin protestas el traslado. Lo que contaba era la enfermedad, no el lugar en que colocaban a un enfermo.
En lo referente a la curación —agregó todavía el médico—, Giuseppe Corte no tendría motivo para lamentarse; el doctor del quinto piso tenía ciertamente mayor experiencia; era indudable que la habilidad de los médicos iba ascendiendo —al menos a juicio de la dirección— conforme se descendía de piso en piso. Su cuarto sería igualmente cómodo y elegante. La vista era igualmente espaciosa; solamente del tercer piso hacia abajo la visual estaba obstaculizada por los árboles.
Giuseppe Corte, presa de la fiebre vespertina, escuchaba y escuchaba las meticulosas justificaciones con un cansancio progresivo. Al fin se daba cuenta de que le faltaba la fuerza y, sobre todo, las ganas de reaccionar ulteriormente contra el injusto traslado. Y sin protestar ya, dejó que lo llevaran al piso de abajo.
El único y pobre consuelo de Giuseppe Corte, tan pronto se halló en el quinto piso, fue el hecho de saber que, según el juicio común de los médicos, era considerado como el menos grave de esa sección. En el ámbito de ese piso, en fin, él podía considerarse, sin lugar a dudas, el más afortunado. Pero por otra parte, lo atormentaba el pensamiento de que ahora se interponían dos barreras entre él y el mundo de la gente normal.
Al avanzar la primavera, el aire tornábase más tibio; pero a Giuseppe Corte ya no le gustaba asomarse a la ventana. Si bien semejante temor no fuera sino una tontería, él sentía que un extraño escalofrío se apoderaba de él cuando miraba las ventanas del primer piso, siempre cerradas en su gran mayoría, y cada vez más cercanas.
Su enfermedad parecía estacionaria. Después de tres días de permanencia en el quinto piso, apareció en su pierna izquierda una especie de eczema que no dio trazas de reabsorberse en los días sucesivos. Era una afección —le dijo el médico— absolutamente ajena a la enfermedad principal; un disturbio que podía presentársele a la persona más sana del mundo. Para eliminarlo en pocos días, era necesario un intenso tratamiento de rayos gamma.
—¿Hay aquí ese tipo de rayos? —preguntó Giuseppe Corte.
—Por supuesto —respondió complacido el médico—. Nuestro hospital cuenta con todo. Existe sólo un inconveniente...
—¿Cuál? —preguntó Corte con un vago presentimiento.
—Lo llamo inconveniente sólo por llamarlo de alguna manera —se corrigió el doctor—. Quería decir que la instalación de los rayos la tenemos solamente en el cuarto piso, y yo le desaconsejaría bajar y subir tres veces al día semejante trayecto.
—¿Entonces, qué vamos a hacer?
—Lo mejor sería que usted se dignara bajar al cuarto piso, pero únicamente mientras dure el tratamiento.
—¡Basta! —gritó exasperado Giuseppe Corte—. ¡Ya estoy harto de seguir bajando! ¡Y no pienso bajar, aunque reviente!
—De acuerdo, como usted crea conveniente —dijo el médico, conciliador—. Pero como médico a su cargo, no olvide que le prohíbo ir allá abajo tres veces al día.
Lo peor de todo fue que el eczema, en vez de atenuarse, siguió ampliándose lentamente en los días sucesivos. Giuseppe Corte no lograba serenarse y continuaba revolviéndose en el lecho. Permaneció así, rabioso, durante tres días, hasta que tuvo que ceder. Espontáneamente le pidió al doctor que le aplicaran el tratamiento de los rayos y que lo transfirieran al piso inferior.
En su nuevo piso, Corte observó, con inconfesado placer, que él representaba una excepción. Los demás enfermos de la sección se hallaban en condiciones decididamente serias y no podían dejar el lecho ni un solo minuto. Él, en cambio, podía darse el lujo de ir a pie, desde su cuarto, a la sala de los rayos, entre el asombro y las felicitaciones de las enfermeras.
Giuseppe le precisó a su nuevo médico, con insistencia, su posición tan especial. Era un enfermo que, en realidad, tenía todo el derecho de estar en el séptimo piso, pero que ahora estaba en el cuarto. Al terminar el tratamiento con los rayos, él consideraba que volvería al piso superior. Y no pensaba admitir ya ninguna nueva excusa. Él, que podría estar aún en el séptimo piso, legítimamente.
—¡En el séptimo, en el séptimo! —exclamó sonriendo el médico que acababa de auscultarlo—. Ustedes, los enfermos, son siempre muy exagerados. Soy yo el primero en decir que usted puede estar contento de su estado, después de haber visto su tabla clínica; no se registran empeoramientos graves. Pero de esto a hablar del séptimo piso, y perdone mi brutal sinceridad, ¡hay una gran diferencia! Usted es uno de nuestros pacientes menos preocupantes; ¡pero es de cualquier modo un enfermo!
—¿Y entonces...? —dijo Giuseppe Corte, con la cara enrojecida—. ¿Usted en qué piso me colocaría?
—Por Dios, no es fácil decirlo. Yo únicamente le he hecho una breve visita. Para poder pronunciarme sería necesario observarlo durante una semana por lo menos.
—Está bien —insistió Corte—. Dentro de poco usted lo sabrá.
A fin de tranquilizarlo, el médico fingió concentrarse un momento en meditación; luego, asintiendo con la cabeza a sí mismo, dijo lentamente:
—¡Dios mío! Sólo por darle gusto... Pero podríamos colocarlo en el sexto. ¡Sí, sí! —agregó, como persuadiéndose a sí mismo—. En el sexto podría estar bien.
El doctor creía que esas palabras tranquilizarían al enfermo. En el rostro de Giuseppe Corte, en cambio, se extendió una expresión de susto. El enfermo se daba cuenta de que los médicos de los pisos superiores lo habían engañado. Este nuevo médico, evidentemente más experimentado y honesto, que le hablaba con sinceridad, sin lugar a dudas, ¡lo asignaba no al séptimo, sino al quinto piso, y quizás al quinto inferior! La inesperada desilusión dejó postrado a Corte. Esa tarde, la fiebre aumentó sensiblemente.
La permanencia en el cuarto piso señaló el periodo más tranquilo pasado por Giuseppe Corte desde su ingreso en el hospital. El médico era un hombre muy simpático, solícito y cordial. A menudo se quedaba durante horas conversando sobre temas muy diversos. Giuseppe Corte conversaba también de buen grado, eligiendo argumentos concernientes a su habitual vida de abogado y de hombre de mundo. Quería persuadirse de que pertenecía aún al consorcio de los hombres sanos, de que estaba ligado todavía al mundo de los negocios, de que le interesaban realmente los acontecimientos públicos. Lo intentaba, pero sin lograrlo. Invariablemente, la conversación acababa siempre por caer en el tema de la enfermedad.
El deseo de un mejoramiento cualquiera se había vuelto una obsesión para Giuseppe Corte. Desgraciadamente, los rayos gamma, si bien es cierto que habían logrado detener la expansión del eczema, no habían eliminado la afección cutánea. Todos los días hablaba de esto Giuseppe Corte con el médico, y se esforzaba en estos coloquios para mostrarse fuerte, y aun irónico, pero sin lograrlo.
—Dígame, doctor —le dijo un día—: ¿cómo va el proceso destructivo de mis células?
—¡Oh, no diga palabras tan feas! —lo regañó el doctor, bromeando—. ¿Dónde las aprendió? ¡Eso no está bien, no está bien; sobre todo en un enfermo! No quiero volver a oír tales palabras.
—Está bien, de acuerdo —objetó Corte—. Pero no me ha respondido.
—Ah, le responderé inmediatamente —dijo el doctor, cortésmente—. El proceso destructivo de las células, repitiendo su horrible expresión, es, en su caso, mínimo. Pero me atrevería a definirlo como obstinado.
—Obstinado... ¿Crónico, quiere decir?
—No me haga decir lo que yo no he dicho. He dicho solamente obstinado. Pero así son estos casos en su mayoría. Incluso afecciones muy leves requieren a menudo tratamientos largos y enérgicos.
—Pero dígame usted, doctor, ¿cuándo podré esperar una mejoría?
—¿Cuándo? En estos casos, son más bien difíciles... Pero escúcheme bien —añadió después de una pausa meditativa—. Veo en usted un verdadero afán de curarse... Si yo no tuviera miedo de hacerlo enojar, ¿sabe qué le aconsejaría?
—Dígamelo, doctor...
—Muy bien, le planteo la cuestión en términos muy claros. Si yo aquejado de esta enfermedad, incluso en forma muy tenue, llegara a este sanatorio, que es quizá el mejor que existe, me haría colocar espontáneamente y desde el primer día, desde el primer día, ¿me entiende?, en uno de los pisos más bajos. Haría que me llevaran nada menos que al...
—¿Al primero? —sugirió Corte, con una sonrisa forzada.
—¡Claro que no! ¡Al primero, no! —respondió irónicamente el médico—. ¡Nada de esto! Al tercero o al segundo, desde luego. En los pisos inferiores los tratamientos son mejores, se lo garantizo; las instalaciones y los equipos son más potentes y completos, el personal está mejor capacitado. ¿No sabe usted quién es el alma de este hospital?
—¿No es el profesor Dati?
—El profesor Dati, ni más ni menos. Es el inventor del tratamiento que aplicamos aquí, él proyectó totalmente esta casa de salud. Pues bien; él, el maestro, se halla, por decirlo de alguna manera, entre el primero y el segundo piso. De ahí irradia su fuerza directiva. Pero su influjo no llega más allá del tercer piso, se lo aseguro; podría decirse que sus órdenes se desmenuzan mientras más ascienden, que pierden consistencia, se desvían. El corazón del hospital está abajo, y es necesario estar abajo para tener los mejores tratamientos.
—En fin, usted me aconseja... —observó Giuseppe Corte con voz temblorosa—. Entonces, usted me aconseja...
—Añada una cosa —dijo el doctor, impertérrito—, añada que en su caso particular hay que tener cuidado en que el eczema debe eliminarse. Una cosa sin mayor importancia, convengo en ello, pero muy molesta y que a la larga podría deprimir su “moral”. Y usted sabe cuan importante es para la curación la tranquilidad del espíritu. Las aplicaciones de rayos que le he hecho han fructificado sólo parcialmente. ¿Por qué? Puede ser que se trate únicamente de una casualidad; pero también puede deberse a que la cantidad de rayos no sea suficientemente intensa. Pues bien, en el tercer piso los aparatos de rayos son más potentes. Las probabilidades de curar su eczema serían mucho mayores. Considere que una vez encaminada la curación, se habrá dado el paso más difícil. Cuando se empieza a agravar, es difícil volver atrás. Cuando usted se sienta de veras mejor, entonces nada impedirá que usted vuelva a subir acá con nosotros, o incluso más arriba, de acuerdo a sus “méritos”, hasta llegar al quinto, al sexto o incluso hasta el mismo séptimo piso, me atrevo a decir...
—¿Pero usted cree que esto puede acelerar la curación?
—Desde luego, sin lugar a dudas. Le he dicho lo que haría yo si estuviera en su lugar.
El doctor le hablaba de estas cosas todos los días. En fin, llegó el día en que el enfermo, cansado de padecer el eczema y no obstante la instintiva renuencia a bajar de piso, decidió seguir el consejo del médico y se trasladó al piso de abajo.
Estando en el tercer piso, notó inmediatamente en esa sección una especial alegría tanto en el médico como en las enfermeras, aunque allí se hallaran en tratamiento enfermos con casos preocupantes. No le pasó desapercibido que esa alegría iba aumentando con el paso de los días. Intrigado, después de tomar confianza con la enfermera, le preguntó el motivo por el cual todos estaban tan contentos.
—Ah, ¿no lo sabe? —respondió la enfermera—. Dentro de tres días saldremos de vacaciones.
—Aja, ¿se van de vacaciones?
—Desde luego. Durante quince días, el tercer piso se cierra y el personal se va a descansar. El descanso le toca por turno a cada uno de los pisos.
—¿Y qué hacen con los enfermos?
—Puesto que hay relativamente pocos, de dos pisos se hace uno solo.
—¿Reunirán a los enfermos del tercero y del cuarto?
—No, no —corrigió la enfermera—. Del tercero y del segundo. Los que están aquí deberán ir al segundo.
—¿Bajar al segundo? —dijo Giuseppe Corte, pálido como un muerto—. ¿Debo yo bajar al segundo?
—Claro que sí. ¿Qué tiene de extraño? Usted volverá a este cuarto dentro de quince días, cuando volvamos. No hay ninguna razón para asustarse.
Sin embargo, Giuseppe Corte —ya que un misterioso instinto lo advertía, se sintió invadido de un miedo cruel. Mas viendo que no podía retener al personal que se iría de vacaciones, y convencido de que el nuevo tratamiento con rayos más intensos le hacía bien —pues el eczema ya casi había sido eliminado completamente—, Corte no se atrevió a oponerse formalmente al nuevo traslado. Exigió, sin embargo, ignorando las guasas de las enfermeras, que colocaran en la puerta de su nuevo cuarto un cartelito con esta leyenda: “Giuseppe Corte, del tercer piso. De paso.” Una cosa semejante no tenía precedentes en la historia del sanatorio, pero los médicos no se opusieron, pensando que en un temperamento como el de Corte la más pequeña de las contrariedades pudiera provocar una gran conmoción.
Se trataba, en el fondo, de esperar quince días, ni más ni menos. Giuseppe Corte se puso a contarlos con avidez obstinada, y se quedaba en la cama horas enteras, inmóvil, con la mirada fija en los muebles que, en el segundo piso, no eran tan modernos y alegres como en las otras secciones superiores, sino que asumían dimensiones mayores, con líneas más solemnes y severas. De vez en cuando aguzaba el oído, pues le parecía desde el piso de abajo, el piso de los moribundos, la sección de los “condenados”, oír vagos estertores de agonías.
Naturalmente, todo esto contribuía a desanimarlo. La disminuida serenidad parecía estimular a la enfermedad, la fiebre tendía al aumento, la debilidad general aumentaba. Estaban ya en pleno verano, y desde la ventana no podían verse las casas ni los tejados de la ciudad, sino solamente la verde muralla verde de los árboles que circundaban el hospital.
Siete días después, hacia las dos de la tarde, entraron de improviso tres enfermeros y el jefe de éstos, empujando una camilla rodante.
—¿Estamos listos para el traslado? —le preguntó en son de chanza bonachona el jefe de enfermeros.
—¿Qué traslado? —preguntó con voz desalentada Giuseppe Corte—. ¿Qué bromas son éstas? ¿Qué no vuelven dentro de siete días los del tercer piso?
—¿Cuál tercer piso? —dijo el jefe de enfermeros, como si no entendiera—. Me han ordenado llevarlo al primer piso; mire... —y le mostró una hoja de papel impresa, con la orden firmada nada menos que por el mismo profesor Dati.
El terror y la rabia infernal de Giuseppe Corte explotaron entonces en fuertes y airados gritos que invadieron toda la sección.
—¡Calma, calma, por caridad! —suplicaron los enfermeros—. ¡Hay enfermos que no se sienten bien! Pero se necesitaba algo más para calmarlo.
Finalmente, acudió el médico que dirigía esa sección, una persona muy gentil y educada. Pidió explicaciones al jefe de enfermeros, miró el papel firmado, habló con Giuseppe Corte. Luego se dirigió encolerizado al jefe de enfermeros; le dijo que se trataba de un error, que él no había dispuesto nada de ese género; que desde hacía tiempo había una intolerable confusión y que no podía estar al tanto de todo... En fin, después de poner en su lugar al dependiente, se dirigió de nuevo al enfermo, cortésmente, y le ofreció encarecidas disculpas.
—Desgraciadamente... —agregó el médico—, desgraciadamente, el profesor Dati salió hace una hora y no volverá sino hasta dentro de dos días, porque solicitó una licencia. Lo siento mucho, pero sus órdenes no pueden transgredirse. Él será el primero en lamentar semejante error... ¡Se lo aseguro! ¡No entiendo cómo pudo haber sucedido!
Un escalofrío estaba sacudiendo ya a Giuseppe Corte. Se había esfumado su capacidad de autodominio. El terror lo arrollaba como a un niño. Sus sollozos, lentos y desesperados, repercutían en el cuarto.
Y así llegó a la última estación, a causa de un error, execrable. ¡Él, en la sección de los moribundos; él, que en el fondo por la gravedad de su mal según el juicio de los médicos más severos, tenía todo el derecho de estar instalado en el sexto, si no en el séptimo! La situación era tan grotesca, que en ciertos momentos Giusseppe Corte sentía ganas de ponerse a carcajear desenfrenadamente
Extendido en el lecho, mientras la calurosa tarde de verano transcurría lentamente sobre la gran ciudad, él miraba el verdor de los árboles a través de la ventana, con la impresión de haber llegado a un mundo irreal, hecho de absurdas paredes y baldosas esterilizadas. de pasillos helados y mortuorios, de blancas figuras humanas sin alma. Creyó incluso que los árboles que distinguía a través de la ventana no eran verdaderos; y acabó por convencerse de esto al notar que no se movían las hojas de los árboles. Esta idea lo estremeció de tal modo, que tocó el timbre para llamar a la enfermera. Al acudir ésta, le pidió sus lentes de miope, lentes que nunca usaba estando en cama. Sólo entonces pudo tranquilizarse un poco. Con la ayuda de los lentes pudo cerciorarse de que los árboles eran verdaderos y de que las hojas, aunque levemente, de vez en cuando se movían al paso del viento.
Después de salir la enfermera, pasó un cuarto de hora en completo silencio. Seis pisos, seis murallas terribles aplastaban con implacable peso a Giuseppe Corte, a causa de un error administrativo. ¿En cuántos años, sí, era menester pensar en años, en cuántos años lograría volver hasta el borde de aquel precipicio?
¿Por qué razón el cuarto se oscurecía de repente? Si la tarde se hallaba en plenitud. Con un esfuerzo supremo Giuseppe Corte, que se sentía paralizado por un extraño torpor, vio el reloj que estaba sobre el buró, a un lado de la cama. Eran las tres y media. Volvió la cabeza hacia otra parte, y vio que las persianas corredizas, obedientes a una orden misteriosa, descendían lentamente, cerrándole el paso a la luz.
Aunque sólo presentaba síntomas muy leves e incipientes, le habían aconsejado a Giuseppe Corte dirigirse al célebre sanatorio, especializado en esa enfermedad. Esto garantizaba una competencia excepcional de los médicos y la más racional eficacia de las instalaciones.
Cuando lo vio a lo lejos —y lo reconoció, puesto que ya lo había visto en una fotografía de una circular publicitaria—, Giuseppe Corte quedó gratamente impresionado. El blanco edificio de siete pisos estaba surcado de salientes arquitectónicas que le daban una vaga fisonomía de hotel. Alrededor del edificio había una larga fila de árboles altos.
Tras una sumaria visita médica, previa a un examen más minucioso, Giuseppe Corte fue instalado en un alegre cuarto del séptimo y último piso. Los muebles eran claros y pulcros, como la tapicería; los sillones eran de madera y los cojines estaban forrados de tela policroma. La vista se extendía sobre uno de los más hermosos barrios de la ciudad. Todo era tranquilo, hospitalario y confortante.
Giuseppe Corte se metió inmediatamente a la cama y, encendiendo la lamparita sobre la cabecera, empezó a leer un libro que había llevado consigo. Poco después entró una enfermera para preguntarle si necesitaba algo.
Giuseppe Corte no deseaba nada, pero de buen grado se puso a conversar con la joven, pidiéndole informaciones acerca de la casa de salud. Así se enteró de la extraña característica de aquel hospital. Los enfermos eran distribuidos piso por piso, de acuerdo a la gravedad. El séptimo, o sea el último, era para los casos muy leves. El sexto estaba destinado a los enfermos no graves, pero que necesitaban cuidado. En el quinto se curaban afecciones serias; y así, sucesivamente, de piso a piso. En el segundo estaban los enfermos muy graves; y en el primero, los desahuciados.
Este singular sistema, además de facilitar la rapidez del servicio, evitaba que un enfermo no grave pudiera ser turbado por la cercanía de un colega moribundo, y garantizaba en cada piso una atmósfera homogénea. Por otra parte, la curación podía graduarse perfectamente.
De todo esto resultaba que los enfermos estuvieran divididos en siete castas progresivas. Cada piso era como un pequeño mundo en sí mismo, con reglas particulares, con especiales tradiciones. Y puesto que cada sector estaba a cargo de un médico distinto, habíanse formado, aunque mínimas, algunas diferencias en los métodos de tratamiento, a pesar del sello fundamental que el director le había conferido al instituto.
Cuando la enfermera salió, Giuseppe Corte —pensando que la fiebre había desaparecido— se acercó a la ventana y miró hacia afuera, no para observar el panorama de la ciudad, que era incluso nueva para él, sino con la esperanza de ver, a través de las ventanas, a algunos enfermos de los pisos inferiores. La estructura del edificio, con grandes salientes, permitía ese tipo de observación. Giuseppe Corte concentró su atención, sobre todo, en las ventanas del primer piso, que parecían lejanísimas, oblicuas. Pero no vio nada de interesante. La gran mayoría de ellas estaban herméticamente cerradas por las grises persianas corredizas.
Corte descubrió a un hombre que lo miraba desde una ventana que estaba a su lado. Los dos se miraron durante cierto tiempo, con simpatía creciente, pero no sabían cómo romper el silencio. Finalmente, Giuseppe Corte se dio ánimo y dijo:
—¿Usted también lleva poco tiempo aquí?
—Oh, no —dijo el hombre—; estoy aquí desde hace dos meses...
Calló un momento, después del cual, no sabiendo cómo continuar la conversación, añadió:
—Estaba viendo a mi hermano, allá abajo.
—¿Su hermano?
—Sí —explicó el desconocido—. Llegamos aquí el mismo día. Es un caso realmente extraño; pero él ha ido empeorando. Él ya está en el cuarto.
—¿Qué cuarto?
—En el cuarto piso —aclaró el individuo, pronunciando las palabras con tal expresión de piedad y de horror, que Giuseppe Corte casi se espantó.
—¿Pero es que están muy graves los del cuarto piso?
—Preguntó con cautela.
—Dios mío —dijo el otro, moviendo lentamente la cabeza—; no están totalmente desesperados, pero no tienen ningún motivo para estar alegres.
—Pero entonces —preguntó aún Corte, con la graciosa desenvoltura de quien menciona cosas trágicas que no le conciernen—, si en el cuarto piso están muy graves, ¿a quiénes ponen en el primero?
—Ay, en el primer piso están los moribundos. Allí los médicos ya no tienen nada que hacer. Solamente está el sacerdote. Y, naturalmente...
—Pero deben de ser muy pocos —interrumpió Corte, como si le urgiera obtener una confirmación—; casi todos los cuartos están cerrados.
—Hay pocos ahora; pero esta mañana había muchos —respondió el desconocido, con una sonrisa sutil—. Donde las persianas están cerradas, alguien murió hace poco. ¿No ve que en los otros pisos están abiertos todos los postigos? Usted me perdone —agregó, retirándose lentamente—; me parece que empieza a hacer frío. Yo vuelvo a mi cama. Suerte, suerte...
El hombre desapareció de la ventana, cerrándola con energía, y se vio que encendió la luz. Giuseppe Corte se quedó en la ventana, inmóvil, mirando fijamente las persianas cerradas del primer piso. Las miraba con una intensidad morbosa, tratando de imaginar los secretos fúnebres de aquel primer piso terrible, donde confinaban a los enfermos que ya iban a morir. Y se sentía aliviado sabiéndose lejano de ese piso. Una por una fueron encendiéndose las ventanas del sanatorio; visto a lo lejos, habría podido pensarse que se trataba de un palacio de fiesta. Sólo en el primer piso, al fondo del precipicio, decenas y decenas de ventanas estaban ciegas y oscuras.
El resultado de la visita médica general tranquilizó a Giuseppe Corte. Habitualmente inclinado a prever lo peor, ya se había preparado para oír un severo diagnóstico, y no se habría asombrado si el médico le hubiera dicho que era necesario alojarlo en el piso inferior. La fiebre, en efecto, no había disminuido, a pesar de que las condiciones generales eran buenas. El médico, en cambio, le habló con palabras estimulantes y cordiales. Era una enfermedad incipiente —le dijo—; ésta existía, pero levísima. En dos o tres semanas, probablemente, su mal cedería.
—¿Seguiré, entonces, en el séptimo piso? —preguntó ansiosamente Giuseppe Corte a este punto.
—Pero naturalmente —le respondió el médico, palmeándole amistosamente el hombro—. ¿A dónde quería ir? ¿Tal vez al cuarto piso? —le preguntó riendo, como si quisiera aludir a la más absurda de las hipótesis.
—Mejor así, mejor así —dijo Corte—. Usted sabe que los enfermos siempre imaginamos lo peor...
Y Giuseppe Corte siguió en el cuarto que le habían asignado originalmente. Empezó a conocer a algunos de sus compañeros de hospital, durante algunas escasas tardes que le permitían levantarse. Siguió escrupulosamente el tratamiento, poniendo todo su empeño en curarse rápidamente; sin embargo, parecía que sus condiciones continuaban estacionarias.
Habían pasado ya unos diez días cuando el jefe de enfermeros se le presentó a Giuseppe Corte. Se veía obligado a pedirle un favor, con carácter solamente amistoso. Al día siguiente llegaría al hospital una señora con dos niños; dos cuartos estaban libres, precisamente al lado de la suya, pero faltaba un tercero. ¿El señor Corte estaría dispuesto a trasladarse a otro cuarto, igualmente confortable?
Como es natural, Giuseppe Corte no opuso ninguna dificultad. Cualquier cuarto le daba lo mismo. Le podría tocar alguna otra enfermera, más bonita todavía.
—Se lo agradezco mucho —dijo el jefe de enfermeros del séptimo piso, con una ligera inclinación—. Le confieso que no me extraña ver en usted un acto tan gentil y caballeresco. Dentro de una hora, si usted no dispone otra cosa, procederemos con su traslado. Debo decirle que hay necesidad de llevarlo al piso de abajo —agregó con voz atenuada, como si se tratara de un detalle carente de importancia—. Desgraciadamente, en este piso no hay más cuartos libres. Pero se trata de algo absolutamente provisional. Tan pronto quede libre otro cuarto, y creo que será dentro de dos o tres días, usted podrá volver a este piso.
—Le confieso —dijo Giuseppe Corte, para demostrarle que él no era un niño—, le confieso que un traslado de este tipo no me agrada en lo más mínimo.
—Pero si este traslado no se debe a ningún motivo médico. Entiendo muy bien lo que usted quiere decir. Se trata únicamente de ser cortés con esa señora, que prefiere no alejarse de sus niños... ¡Por favor —agregó riendo abiertamente—, ni siquiera se le ocurra que existan otras razones!
—Puede ser... —dijo Giuseppe Corte—. Pero a mí me parece señal de mal agüero.
El señor Corte fue pasado al sexto piso, y aunque estuviera convencido de que el traslado no correspondía a un empeoramiento del mal, le disgustaba pensar que entre él y el mundo normal, el de la gente sana, se interpusiera ya un evidente obstáculo. En el séptimo piso, punto de llegada, se estaba en cierto modo en contacto con el consorcio de los hombres; esto podía considerarse incluso como una prolongación del mundo habitual. Pero en el sexto se entraba al cuerpo auténtico del hospital. Ahí la mentalidad de los médicos, de las enfermeras y de los enfermos mismos era diferente. De hecho, era cosa admitida que ese piso albergaba a verdaderos enfermos, aunque no graves. Desde las primeras conversaciones con los vecinos de cuarto, con el personal y con los enfermeros, Giuseppe Corte se dio cuenta cómo en esa sección consideraban el séptimo piso como una cosa de juego, reservada a los enfermos primerizos, aquejados solamente de sus chifladuras. Únicamente desde el sexto, por decirlo de alguna manera, la cosa empezaba en serio.
De cualquier modo, Giuseppe Corte comprendió que para volver al séptimo —al lugar que le correspondía de acuerdo a las características de su mal—, encontraría dificultades. Para subir de nuevo debería poner en movimiento a todo un organismo muy complejo. No cabía duda de que si él no hubiera chistado, nadie habría pensado en transferirlo al piso superior, al de los “casi-sanos”.
Por lo tanto, Giuseppe Corte se propuso no transigir acerca de sus derechos y de no ceder ante las lisonjas de la costumbre. Le interesaba mucho especificar a sus compañeros de sección que él se hallaba ahí sólo por unos días, que había sido él quien decidió descender un piso para darle gusto a una señora, y que apenas se desocupara un cuarto regresaría al piso superior. Los otros lo escuchaban sin interés y asentían con escasa convicción.
El convencimiento de Giuseppe Corte halló plena confirmación en el juicio del nuevo médico. Éste admitió también que Giuseppe Corte podía ser admitido nuevamente en el séptimo piso; su caso era ab-so-lu-ta-men-te muy-leve —y escandía tal definición para darle importancia—; pero en el fondo consideraba que en el sexto piso podía ser curado mejor.
—No empecemos con estos cuentos —intervenía en esos momentos el enfermo, con mucha decisión—. Usted me ha dicho que mi lugar está en el séptimo piso, y quiero regresar.
—Nadie ha dicho lo contrario —rebatía el doctor—. Yo solamente le daba un simple consejo, no de doctor, sino de au-tén-ti-co a-mi-go. Su caso, insisto, es levísimo, y no sería una exageración decir que usted no está enfermo; sólo que, según yo, su caso se distingue de otros casos análogos por una cierta y mayor extensión. Me explico: la intensidad del mal es mínima, pero considerable su amplitud, el proceso destructivo de las células —era la primera vez que Giuseppe Corte oía en el hospital aquella siniestra expresión—; el proceso destructivo de las células se halla totalmente en su principio, quizá ni siquiera ha comenzado; pero tiende, digo solamente tiende, a afectar al mismo tiempo vastas porciones del organismo. Solamente por esto, según yo, usted puede ser curado con mayor eficacia aquí, en el sexto, donde los métodos terapéuticos son más típicos e intensos.
Un día le contaron que el director general de la casa de salud, tras de haber consultado largamente a sus colaboradores, había decidido un cambio en la subdivisión de los enfermos. El grado de cada uno de ellos había sido rebajado, por así decirlo, en medio punto. Se convino que en cada piso los enfermos estarían divididos, de acuerdo a su gravedad, en dos categorías (esta subdivisión debían de hacerla los propios médicos, con un carácter exclusivamente interno). La inferior de estas dos mitades debería trasladarse a un piso inmediatamente más bajo. Por ejemplo, la mitad de los enfermos del sexto piso, los que presentaran casos clínicos ligeramente más avanzados, deberían pasar al quinto; y los casos más graves del séptimo piso deberían pasar al sexto. La noticia complació a Giuseppe Corte, porque en ese complejo cuadro de traslados su retorno al séptimo piso se lograría con menor dificultad.
Cuando se lo comentó a la enfermera, su esperanza sufrió una amarga sorpresa. Ella le dijo que lo iban a trasladar; pero no al séptimo, sino al piso de abajo. Por motivos que la enfermera no sabía explicarle, él estaba incluido en la mitad más “grave” de los pacientes del sexto piso, por lo cual, iban a bajarlo al quinto.
Habiendo superado la sorpresa, ésta se convirtió en furor. Dijo a gritos que lo estaban estafando; que ya no quería seguir oyendo nada acerca de traslados a pisos inferiores; que regresaría a su casa; que los derechos eran los derechos y que la administración del hospital no debería desacatar tan descaradamente los diagnósticos de los doctores.
Mientras aún estaba gritando, llegó el médico, para tranquilizarlo. Lo aconsejó calmarse, si no quería que la fiebre le aumentara; le explicó que todo se debía a un malentendido, por lo menos parcial. Admitió una vez más que Giuseppe Corte podría estar en su justo lugar en el séptimo piso, pero agregó que consideraba su caso clínico bajo un concepto ligeramente diverso, muy personal. Muy en el fondo, su enfermedad podía, en un cierto sentido, desde luego, considerarse de sexto grado, dada la amplitud de las manifestaciones morbosas. Sin embargo, él mismo no lograba explicarse cómo Corte se hallara catalogado en la mitad inferior del sexto piso. Probablemente, el secretario de la dirección —que precisamente esa mañana le había telefoneado para preguntarle la exacta posición clínica de Giuseppe Corte—, se había equivocado en la trascripción. O quizá la dirección había “empeorado” deliberadamente, pero no mucho, su juicio, ya que lo consideraban como un médico competente, pero proclive a la indulgencia. El doctor, en fin, le aconsejó a Giuseppe Corte que no se inquietara, que aceptara sin protestas el traslado. Lo que contaba era la enfermedad, no el lugar en que colocaban a un enfermo.
En lo referente a la curación —agregó todavía el médico—, Giuseppe Corte no tendría motivo para lamentarse; el doctor del quinto piso tenía ciertamente mayor experiencia; era indudable que la habilidad de los médicos iba ascendiendo —al menos a juicio de la dirección— conforme se descendía de piso en piso. Su cuarto sería igualmente cómodo y elegante. La vista era igualmente espaciosa; solamente del tercer piso hacia abajo la visual estaba obstaculizada por los árboles.
Giuseppe Corte, presa de la fiebre vespertina, escuchaba y escuchaba las meticulosas justificaciones con un cansancio progresivo. Al fin se daba cuenta de que le faltaba la fuerza y, sobre todo, las ganas de reaccionar ulteriormente contra el injusto traslado. Y sin protestar ya, dejó que lo llevaran al piso de abajo.
El único y pobre consuelo de Giuseppe Corte, tan pronto se halló en el quinto piso, fue el hecho de saber que, según el juicio común de los médicos, era considerado como el menos grave de esa sección. En el ámbito de ese piso, en fin, él podía considerarse, sin lugar a dudas, el más afortunado. Pero por otra parte, lo atormentaba el pensamiento de que ahora se interponían dos barreras entre él y el mundo de la gente normal.
Al avanzar la primavera, el aire tornábase más tibio; pero a Giuseppe Corte ya no le gustaba asomarse a la ventana. Si bien semejante temor no fuera sino una tontería, él sentía que un extraño escalofrío se apoderaba de él cuando miraba las ventanas del primer piso, siempre cerradas en su gran mayoría, y cada vez más cercanas.
Su enfermedad parecía estacionaria. Después de tres días de permanencia en el quinto piso, apareció en su pierna izquierda una especie de eczema que no dio trazas de reabsorberse en los días sucesivos. Era una afección —le dijo el médico— absolutamente ajena a la enfermedad principal; un disturbio que podía presentársele a la persona más sana del mundo. Para eliminarlo en pocos días, era necesario un intenso tratamiento de rayos gamma.
—¿Hay aquí ese tipo de rayos? —preguntó Giuseppe Corte.
—Por supuesto —respondió complacido el médico—. Nuestro hospital cuenta con todo. Existe sólo un inconveniente...
—¿Cuál? —preguntó Corte con un vago presentimiento.
—Lo llamo inconveniente sólo por llamarlo de alguna manera —se corrigió el doctor—. Quería decir que la instalación de los rayos la tenemos solamente en el cuarto piso, y yo le desaconsejaría bajar y subir tres veces al día semejante trayecto.
—¿Entonces, qué vamos a hacer?
—Lo mejor sería que usted se dignara bajar al cuarto piso, pero únicamente mientras dure el tratamiento.
—¡Basta! —gritó exasperado Giuseppe Corte—. ¡Ya estoy harto de seguir bajando! ¡Y no pienso bajar, aunque reviente!
—De acuerdo, como usted crea conveniente —dijo el médico, conciliador—. Pero como médico a su cargo, no olvide que le prohíbo ir allá abajo tres veces al día.
Lo peor de todo fue que el eczema, en vez de atenuarse, siguió ampliándose lentamente en los días sucesivos. Giuseppe Corte no lograba serenarse y continuaba revolviéndose en el lecho. Permaneció así, rabioso, durante tres días, hasta que tuvo que ceder. Espontáneamente le pidió al doctor que le aplicaran el tratamiento de los rayos y que lo transfirieran al piso inferior.
En su nuevo piso, Corte observó, con inconfesado placer, que él representaba una excepción. Los demás enfermos de la sección se hallaban en condiciones decididamente serias y no podían dejar el lecho ni un solo minuto. Él, en cambio, podía darse el lujo de ir a pie, desde su cuarto, a la sala de los rayos, entre el asombro y las felicitaciones de las enfermeras.
Giuseppe le precisó a su nuevo médico, con insistencia, su posición tan especial. Era un enfermo que, en realidad, tenía todo el derecho de estar en el séptimo piso, pero que ahora estaba en el cuarto. Al terminar el tratamiento con los rayos, él consideraba que volvería al piso superior. Y no pensaba admitir ya ninguna nueva excusa. Él, que podría estar aún en el séptimo piso, legítimamente.
—¡En el séptimo, en el séptimo! —exclamó sonriendo el médico que acababa de auscultarlo—. Ustedes, los enfermos, son siempre muy exagerados. Soy yo el primero en decir que usted puede estar contento de su estado, después de haber visto su tabla clínica; no se registran empeoramientos graves. Pero de esto a hablar del séptimo piso, y perdone mi brutal sinceridad, ¡hay una gran diferencia! Usted es uno de nuestros pacientes menos preocupantes; ¡pero es de cualquier modo un enfermo!
—¿Y entonces...? —dijo Giuseppe Corte, con la cara enrojecida—. ¿Usted en qué piso me colocaría?
—Por Dios, no es fácil decirlo. Yo únicamente le he hecho una breve visita. Para poder pronunciarme sería necesario observarlo durante una semana por lo menos.
—Está bien —insistió Corte—. Dentro de poco usted lo sabrá.
A fin de tranquilizarlo, el médico fingió concentrarse un momento en meditación; luego, asintiendo con la cabeza a sí mismo, dijo lentamente:
—¡Dios mío! Sólo por darle gusto... Pero podríamos colocarlo en el sexto. ¡Sí, sí! —agregó, como persuadiéndose a sí mismo—. En el sexto podría estar bien.
El doctor creía que esas palabras tranquilizarían al enfermo. En el rostro de Giuseppe Corte, en cambio, se extendió una expresión de susto. El enfermo se daba cuenta de que los médicos de los pisos superiores lo habían engañado. Este nuevo médico, evidentemente más experimentado y honesto, que le hablaba con sinceridad, sin lugar a dudas, ¡lo asignaba no al séptimo, sino al quinto piso, y quizás al quinto inferior! La inesperada desilusión dejó postrado a Corte. Esa tarde, la fiebre aumentó sensiblemente.
La permanencia en el cuarto piso señaló el periodo más tranquilo pasado por Giuseppe Corte desde su ingreso en el hospital. El médico era un hombre muy simpático, solícito y cordial. A menudo se quedaba durante horas conversando sobre temas muy diversos. Giuseppe Corte conversaba también de buen grado, eligiendo argumentos concernientes a su habitual vida de abogado y de hombre de mundo. Quería persuadirse de que pertenecía aún al consorcio de los hombres sanos, de que estaba ligado todavía al mundo de los negocios, de que le interesaban realmente los acontecimientos públicos. Lo intentaba, pero sin lograrlo. Invariablemente, la conversación acababa siempre por caer en el tema de la enfermedad.
El deseo de un mejoramiento cualquiera se había vuelto una obsesión para Giuseppe Corte. Desgraciadamente, los rayos gamma, si bien es cierto que habían logrado detener la expansión del eczema, no habían eliminado la afección cutánea. Todos los días hablaba de esto Giuseppe Corte con el médico, y se esforzaba en estos coloquios para mostrarse fuerte, y aun irónico, pero sin lograrlo.
—Dígame, doctor —le dijo un día—: ¿cómo va el proceso destructivo de mis células?
—¡Oh, no diga palabras tan feas! —lo regañó el doctor, bromeando—. ¿Dónde las aprendió? ¡Eso no está bien, no está bien; sobre todo en un enfermo! No quiero volver a oír tales palabras.
—Está bien, de acuerdo —objetó Corte—. Pero no me ha respondido.
—Ah, le responderé inmediatamente —dijo el doctor, cortésmente—. El proceso destructivo de las células, repitiendo su horrible expresión, es, en su caso, mínimo. Pero me atrevería a definirlo como obstinado.
—Obstinado... ¿Crónico, quiere decir?
—No me haga decir lo que yo no he dicho. He dicho solamente obstinado. Pero así son estos casos en su mayoría. Incluso afecciones muy leves requieren a menudo tratamientos largos y enérgicos.
—Pero dígame usted, doctor, ¿cuándo podré esperar una mejoría?
—¿Cuándo? En estos casos, son más bien difíciles... Pero escúcheme bien —añadió después de una pausa meditativa—. Veo en usted un verdadero afán de curarse... Si yo no tuviera miedo de hacerlo enojar, ¿sabe qué le aconsejaría?
—Dígamelo, doctor...
—Muy bien, le planteo la cuestión en términos muy claros. Si yo aquejado de esta enfermedad, incluso en forma muy tenue, llegara a este sanatorio, que es quizá el mejor que existe, me haría colocar espontáneamente y desde el primer día, desde el primer día, ¿me entiende?, en uno de los pisos más bajos. Haría que me llevaran nada menos que al...
—¿Al primero? —sugirió Corte, con una sonrisa forzada.
—¡Claro que no! ¡Al primero, no! —respondió irónicamente el médico—. ¡Nada de esto! Al tercero o al segundo, desde luego. En los pisos inferiores los tratamientos son mejores, se lo garantizo; las instalaciones y los equipos son más potentes y completos, el personal está mejor capacitado. ¿No sabe usted quién es el alma de este hospital?
—¿No es el profesor Dati?
—El profesor Dati, ni más ni menos. Es el inventor del tratamiento que aplicamos aquí, él proyectó totalmente esta casa de salud. Pues bien; él, el maestro, se halla, por decirlo de alguna manera, entre el primero y el segundo piso. De ahí irradia su fuerza directiva. Pero su influjo no llega más allá del tercer piso, se lo aseguro; podría decirse que sus órdenes se desmenuzan mientras más ascienden, que pierden consistencia, se desvían. El corazón del hospital está abajo, y es necesario estar abajo para tener los mejores tratamientos.
—En fin, usted me aconseja... —observó Giuseppe Corte con voz temblorosa—. Entonces, usted me aconseja...
—Añada una cosa —dijo el doctor, impertérrito—, añada que en su caso particular hay que tener cuidado en que el eczema debe eliminarse. Una cosa sin mayor importancia, convengo en ello, pero muy molesta y que a la larga podría deprimir su “moral”. Y usted sabe cuan importante es para la curación la tranquilidad del espíritu. Las aplicaciones de rayos que le he hecho han fructificado sólo parcialmente. ¿Por qué? Puede ser que se trate únicamente de una casualidad; pero también puede deberse a que la cantidad de rayos no sea suficientemente intensa. Pues bien, en el tercer piso los aparatos de rayos son más potentes. Las probabilidades de curar su eczema serían mucho mayores. Considere que una vez encaminada la curación, se habrá dado el paso más difícil. Cuando se empieza a agravar, es difícil volver atrás. Cuando usted se sienta de veras mejor, entonces nada impedirá que usted vuelva a subir acá con nosotros, o incluso más arriba, de acuerdo a sus “méritos”, hasta llegar al quinto, al sexto o incluso hasta el mismo séptimo piso, me atrevo a decir...
—¿Pero usted cree que esto puede acelerar la curación?
—Desde luego, sin lugar a dudas. Le he dicho lo que haría yo si estuviera en su lugar.
El doctor le hablaba de estas cosas todos los días. En fin, llegó el día en que el enfermo, cansado de padecer el eczema y no obstante la instintiva renuencia a bajar de piso, decidió seguir el consejo del médico y se trasladó al piso de abajo.
Estando en el tercer piso, notó inmediatamente en esa sección una especial alegría tanto en el médico como en las enfermeras, aunque allí se hallaran en tratamiento enfermos con casos preocupantes. No le pasó desapercibido que esa alegría iba aumentando con el paso de los días. Intrigado, después de tomar confianza con la enfermera, le preguntó el motivo por el cual todos estaban tan contentos.
—Ah, ¿no lo sabe? —respondió la enfermera—. Dentro de tres días saldremos de vacaciones.
—Aja, ¿se van de vacaciones?
—Desde luego. Durante quince días, el tercer piso se cierra y el personal se va a descansar. El descanso le toca por turno a cada uno de los pisos.
—¿Y qué hacen con los enfermos?
—Puesto que hay relativamente pocos, de dos pisos se hace uno solo.
—¿Reunirán a los enfermos del tercero y del cuarto?
—No, no —corrigió la enfermera—. Del tercero y del segundo. Los que están aquí deberán ir al segundo.
—¿Bajar al segundo? —dijo Giuseppe Corte, pálido como un muerto—. ¿Debo yo bajar al segundo?
—Claro que sí. ¿Qué tiene de extraño? Usted volverá a este cuarto dentro de quince días, cuando volvamos. No hay ninguna razón para asustarse.
Sin embargo, Giuseppe Corte —ya que un misterioso instinto lo advertía, se sintió invadido de un miedo cruel. Mas viendo que no podía retener al personal que se iría de vacaciones, y convencido de que el nuevo tratamiento con rayos más intensos le hacía bien —pues el eczema ya casi había sido eliminado completamente—, Corte no se atrevió a oponerse formalmente al nuevo traslado. Exigió, sin embargo, ignorando las guasas de las enfermeras, que colocaran en la puerta de su nuevo cuarto un cartelito con esta leyenda: “Giuseppe Corte, del tercer piso. De paso.” Una cosa semejante no tenía precedentes en la historia del sanatorio, pero los médicos no se opusieron, pensando que en un temperamento como el de Corte la más pequeña de las contrariedades pudiera provocar una gran conmoción.
Se trataba, en el fondo, de esperar quince días, ni más ni menos. Giuseppe Corte se puso a contarlos con avidez obstinada, y se quedaba en la cama horas enteras, inmóvil, con la mirada fija en los muebles que, en el segundo piso, no eran tan modernos y alegres como en las otras secciones superiores, sino que asumían dimensiones mayores, con líneas más solemnes y severas. De vez en cuando aguzaba el oído, pues le parecía desde el piso de abajo, el piso de los moribundos, la sección de los “condenados”, oír vagos estertores de agonías.
Naturalmente, todo esto contribuía a desanimarlo. La disminuida serenidad parecía estimular a la enfermedad, la fiebre tendía al aumento, la debilidad general aumentaba. Estaban ya en pleno verano, y desde la ventana no podían verse las casas ni los tejados de la ciudad, sino solamente la verde muralla verde de los árboles que circundaban el hospital.
Siete días después, hacia las dos de la tarde, entraron de improviso tres enfermeros y el jefe de éstos, empujando una camilla rodante.
—¿Estamos listos para el traslado? —le preguntó en son de chanza bonachona el jefe de enfermeros.
—¿Qué traslado? —preguntó con voz desalentada Giuseppe Corte—. ¿Qué bromas son éstas? ¿Qué no vuelven dentro de siete días los del tercer piso?
—¿Cuál tercer piso? —dijo el jefe de enfermeros, como si no entendiera—. Me han ordenado llevarlo al primer piso; mire... —y le mostró una hoja de papel impresa, con la orden firmada nada menos que por el mismo profesor Dati.
El terror y la rabia infernal de Giuseppe Corte explotaron entonces en fuertes y airados gritos que invadieron toda la sección.
—¡Calma, calma, por caridad! —suplicaron los enfermeros—. ¡Hay enfermos que no se sienten bien! Pero se necesitaba algo más para calmarlo.
Finalmente, acudió el médico que dirigía esa sección, una persona muy gentil y educada. Pidió explicaciones al jefe de enfermeros, miró el papel firmado, habló con Giuseppe Corte. Luego se dirigió encolerizado al jefe de enfermeros; le dijo que se trataba de un error, que él no había dispuesto nada de ese género; que desde hacía tiempo había una intolerable confusión y que no podía estar al tanto de todo... En fin, después de poner en su lugar al dependiente, se dirigió de nuevo al enfermo, cortésmente, y le ofreció encarecidas disculpas.
—Desgraciadamente... —agregó el médico—, desgraciadamente, el profesor Dati salió hace una hora y no volverá sino hasta dentro de dos días, porque solicitó una licencia. Lo siento mucho, pero sus órdenes no pueden transgredirse. Él será el primero en lamentar semejante error... ¡Se lo aseguro! ¡No entiendo cómo pudo haber sucedido!
Un escalofrío estaba sacudiendo ya a Giuseppe Corte. Se había esfumado su capacidad de autodominio. El terror lo arrollaba como a un niño. Sus sollozos, lentos y desesperados, repercutían en el cuarto.
Y así llegó a la última estación, a causa de un error, execrable. ¡Él, en la sección de los moribundos; él, que en el fondo por la gravedad de su mal según el juicio de los médicos más severos, tenía todo el derecho de estar instalado en el sexto, si no en el séptimo! La situación era tan grotesca, que en ciertos momentos Giusseppe Corte sentía ganas de ponerse a carcajear desenfrenadamente
Extendido en el lecho, mientras la calurosa tarde de verano transcurría lentamente sobre la gran ciudad, él miraba el verdor de los árboles a través de la ventana, con la impresión de haber llegado a un mundo irreal, hecho de absurdas paredes y baldosas esterilizadas. de pasillos helados y mortuorios, de blancas figuras humanas sin alma. Creyó incluso que los árboles que distinguía a través de la ventana no eran verdaderos; y acabó por convencerse de esto al notar que no se movían las hojas de los árboles. Esta idea lo estremeció de tal modo, que tocó el timbre para llamar a la enfermera. Al acudir ésta, le pidió sus lentes de miope, lentes que nunca usaba estando en cama. Sólo entonces pudo tranquilizarse un poco. Con la ayuda de los lentes pudo cerciorarse de que los árboles eran verdaderos y de que las hojas, aunque levemente, de vez en cuando se movían al paso del viento.
Después de salir la enfermera, pasó un cuarto de hora en completo silencio. Seis pisos, seis murallas terribles aplastaban con implacable peso a Giuseppe Corte, a causa de un error administrativo. ¿En cuántos años, sí, era menester pensar en años, en cuántos años lograría volver hasta el borde de aquel precipicio?
¿Por qué razón el cuarto se oscurecía de repente? Si la tarde se hallaba en plenitud. Con un esfuerzo supremo Giuseppe Corte, que se sentía paralizado por un extraño torpor, vio el reloj que estaba sobre el buró, a un lado de la cama. Eran las tres y media. Volvió la cabeza hacia otra parte, y vio que las persianas corredizas, obedientes a una orden misteriosa, descendían lentamente, cerrándole el paso a la luz.
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