domingo, 6 de julio de 2014

Leopoldo María Panero - Proyecto de un beso.


PROYECTO DE UN BESO

Te mataré mañana cuando la luna salga
y el primer somormujo me diga su palabra
te mataré mañana poco antes del alba
cuando estés en el lecho, perdida entre los sueños
y será como cópula o semen en los labios
como beso o abrazo, o como acción de gracias
te mataré mañana cuando la luna salga
y el primer somormujo me diga su palabra
y en el pico me traiga la orden de tu muerte
que será como beso o como acción de gracias
o como una oración porque el día no salga
te mataré mañana cuando la luna salga
y ladre el tercer perro en la hora novena
en el décimo árbol sin hojas ya ni savia
que nadie sabe ya por qué está en pie en la tierra
te mataré mañana cuando caiga la hoja
decimotercera al suelo de miseria
y serás tú una hoja o algún tordo pálido
que vuelve en el secreto remoto de la tarde
te mataré mañana, y pedirás perdón
por esa carne obscena, por ese sexo oscuro
que va a tener por falo el brillo de este hierro
que va a tener por beso el sepulcro, el olvido
te mataré mañana cuando la luna salga
y verás cómo eres de bella cuando muerta
toda llena de flores, y los brazos cruzados
y los labios cerrados como cuando rezabas
o cuando me implorabas otra vez la palabra
te mataré mañana cuando la luna salga,
y así desde aquel cielo que dicen las leyendas
pedirás ya mañana por mí y mi salvación
te mataré mañana cuando la luna salga
cuando veas a un ángel armado de una daga
desnudo y en silencio frente a tu cama pálida
te mataré mañana y verás que eyaculas
cuando pase aquel frío por entre tus dos piernas
te mataré mañana cuando la luna salga
te mataré mañana y amaré tu fantasma
y correré a tu tumba las noches en que ardan
de nuevo en ese falo tembloroso que tengo
los ensueños del sexo, los misterios del semen
y será así tu lápida para mí el primer lecho
para soñar con dioses, y árboles, y madres
para jugar también con los dados de noche
te mataré mañana cuando la luna salga
y el primer somormujo me diga su palabra.

Sobre dioses y monstruos por Oscar Hahn.


¿Cuántos saben quién es Frankenstein? Sin duda, muchísimos. ¿Cuántos han leído la novela Frankenstein o están informados siquiera de su existencia? Sin duda, poquísimos. Pues bien, sucede que la autora fue una chica inglesa de 21 años, cuyo nombre era Mary Shelley. Esa novela, publicada en 1818, es la fuente de todas las películas habidas y por haber acerca del tema, desde la primera, filmada en 1910, hasta la de 1994, con Robert De Niro, pasando por la versión canónica de 1931, dirigida por James Whale y protagonizada por Boris Karloff. 
Whale también fue el director de la memorable secuela La novia de Frankenstein, en la que uno de los personajes brinda por "un nuevo mundo de dioses y monstruos". ¿"Dioses"?, los científicos del futuro. ¿Monstruos?, sus horripilantes engendros. 
En términos actuales, podrían ser la clonación humana, la adulteración genética o los virus zombi, entre otras aberraciones. En cuanto a la monstruomanía fílmica, parece no tener fin. Mención aparte merece Carne para Frankenstein, el bizarro film semiporno en 3D, producido por Andy Warhol, que, entre otras delicatessen, incluye vísceras que simulan saltar de la pantalla.
En la novela de Mary Shelley, el monstruo no tiene nombre ni apellido. El narrador alude a él como la criatura, el demonio, el espectro, la cosa, el ser, el ogro o el miserable. Frankenstein es el apellido del doctor. La imagen del personaje que se instaló en el imaginario colectivo proviene de la película de 1931. En la noche de Halloween, todos los que se disfrazan de Frankenstein se ciñen, sabiéndolo o sin saberlo, a la personificación de Boris Karloff. 
¿Cómo fue que se gestó la novela? En 1816, los poetas ingleses Lord Byron y Percy B. Shelley, acompañados de sus respectivas parejas y de John Polidori, médico personal de Byron, fueron a veranear a Suiza y se hospedaron en una casa junto al lago Ginebra. Mary había sido amante de Shelley desde los 17 años. En las noches se reunían alrededor del fuego y se entretenían leyendo cuentos de fantasmas. Lord Byron propuso que, como divertimento, todos escribieran un relato de terror. Pues bien, de esa simple reunión de amigos surgieron los dos personajes fantásticos de mayor impacto en la literatura mundial, en el cine, en la televisión y en la cultura pop: Frankenstein y el Vampiro. Mary Shelley, que adquirió el apellido al casarse después con el poeta, tuvo un sueño ("Vi con los ojos cerrados, pero con una aguda visión mental", dijo ella), y de ese sueño salió la trama central de la novela Frankenstein o el nuevo Prometeo. Pero, oh, sorpresa, el personaje del Vampiro no fue aportado por ninguno de los talentosos poetas presentes, sino por el doctor Polidori. 
Aunque Frankenstein fue escrita por una mujer (cuya madre era una conocida luchadora por los derechos del género), algunas feministas han calificado la trama de "machista". Se fundan en el hecho de que el proceso biológico natural, en el que la mujer tiene un rol decisivo, es reemplazado en la novela por la fabricación de un ser que es animado mediante la electricidad, con total prescindencia de la mujer. Lo que no ocurre ni siquiera con la fecundación in vitro, en la que el vientre femenino es insustituible. 
Sin embargo, otros han aducido exactamente lo contrario. El hecho de que el "dios" Víctor Frankenstein no hubiera podido crear un ser humano normal, sino un monstruo, dejaría en evidencia su fracaso. Dicho en otras palabras, querer excluir a la mujer es contra natura; el resultado siempre será un grotesco humanoide. En suma, lo que llevó a cabo el médico a través de la ciencia y la alquimia fue una empresa fallida y denigrante para las ambiciones hegemónicas de los varones, dicen los que sostienen la posición contraria a la de las feministas. 
Pero el tema Frankenstein, casi 200 años después, sigue haciendo noticia. Sucede que los manuscritos originales de la novela han sido digitalizados recientemente y puestos a disposición de los lectores en internet. Uno puede ver no sólo las correcciones que realizó Mary Shelley de su puño y letra, sino también las sugerencias que le hicieron algunos familiares; entre ellos su esposo, el gran poeta romántico Percy B. Shelley. Por eso, ahora podríamos repetir la célebre frase de la película de 1931 y aplicarla al libro de Mary Shelley: "It's alive! It's alive!". 

Fuente de la nota http://www.elmercurio.com/blogs/


El club de los investigadores de lo oculto: El club de los Fantasmas.


El Club de los Fantasmas (The Ghost Club) fue la primera organización a nivel mundial en ocuparse del estudio científico de fenómenos paranormales y fue fundada en Londres en 1862.
Los orígenes de El Club de los Fantasmas se hallan en Cambridge, en el año 1855. Allí, un grupo de estudiantes del Trinity College comenzaron a reunirse para discutir distintos prodigios sobrenaturales, tales como fantasmas y eventos poltergeist. Aquellas reuniones se formalizaron en 1862, y fueron rápidamente ridiculizadas por la prensa, a pesar de que entre los miembros del Club de los Fantasmas se hallaban personalidades destacadas del ámbito intelectual. Entre ellas, nada menos que Charles Dickens.
La primera investigación oficial del Club de los Fantasmas data de 1862, y se enfocó en los Hermanos Davenport, un grupo de cuatro ilusionistas que atribuían a sus trucos una raíz sobrenatural. El Club desafió a los hermanos a invocar a cualquier fantasma bajo condiciones científicas, esto es, fuera de su gabinete habitual y permitiendo a los investigadores revisar mesas, sillas y cortinas. El resultado probó el acto fraudulento de los Hermanos Davenport, aunque el caso jamás fue publicado. 
Tras la muerte de Charles Dickens en 1870 El Club de los Fantasmas se disolvió en medio de graves conflictos internos. Recién para Halloween de 1882 el Club revivió de la mano de Alfred Alaric Watts, hijo de un prestigioso periodista y un médium de probadas incongruencias, quien se atribuyó ser uno de los miembros fundadores del grupo. Ese mismo año atestiguó el nacimiento de otra dependencia de estudios paranormales que continúa vigente en nuestros días: La Sociedad para Investigaciones Psíquicas (Society for Psychical Research), que reunió generosamente a varios miembros exiliados del Club de los fantasmas.
Mientras la Society for Psychical Research se abocó casi de inmediato a un estudio metódico de los fenómenos paranormales, el Club de los fantasmas permaneció selectivo a la hora de elegir sus casos, y más aún para la inclusión de nuevos miembros. Esta tendencia sigilosa hizo que Stainton Moses, vicepresidente de la Society for Psychical Research, renuncie a su cargo en 1886 y se sumase al Club de los fantasmas, cuyas reuniones eran mensuales y obligatorias para todos sus miembros.
Rápidamente el Club de los fantasmas se ganó el apodo de secta a causa de sus escasos miembros, apenas 82 en 54 años de actividad. Entre ellos cabe destacar al escandaloso William Crookes, ligado a varios fraudes mediúmnicos, el físico Oliver Lodge, Nandor Fodor, psicólogo y antiguo seguidor de Sigmund Freud; y finalmente Arthur Conan Doyle, creador del detective más famoso de la literatura: Sherlock Holmes. Ya en el siglo XX el Club de los fantasmas continuó recibiendo adeptos notables, como el poeta W.B. Yeats, en 1911.
Los archivos del Club de los fantasmas revelan algunas curiosidades. Por ejemplo, el nombre de todos sus miembros eran recitados con toda solemnidad los 2 de noviembre, Día de los difuntos. Incluso sus adeptos muertos eran reconocidos como parte activa del grupo, y sus lugares eran conservados para cualquier asistencia de orden sobrenatural.
En las primeras décadas del siglo XX el Club de los fantasmas se volvió una sociedad anacrónica, alejada de las nuevas formas de investigación científica. La parapsicología, aún en pañales, ganaba terreno entre los adeptos a lo paranormal. Harry Price, el famoso cazador de fantasmas de los años 30' se unió al Club de los fantasmas en 1927 y renovó sus cimientos arcaicos. Entre otros cambios, aprobó la inclusión de mujeres como miembros activos de la organización. No obstante, la popularidad del Club había caido en desgracia. En 1936 se decidió clausurar sus puertas para siempre luego de 485 reuniones oficiales. El último encuentro, naturalmente, se produjo un 2 de noviembre; y los archivos confidenciales e investigaciones fueron depositados en el British Museum con la condición que recién podrían hacerse públicos en 1962.
Para muchos, la última etapa del Club de los fantasmas fue la más interesante. Como se ha dicho, las mujeres fueron finalmente admitidas, y con ellas otras personalidades afines a los grupos mixtos, como sir Julian Huxley y Algernon Blackwood, ambos deseosos de discutir tópicos paranormales en un ámbito abierto a todos los géneros.
Entre los archivos más destacados del Club de los fantasmas se hallan algunos prodigios dignos de ser mencionados. Además de los típicos casos de posesión demoníaca, casas embrujadas, fenómenos poltergeist, vampiros, exorcismos, apariciones, etc, se encuentran algunas discusiones de orden filosófico que cuestionan la veracidad de las teorías psicoanalíticas ortodoxas, e incluso se elaboró una suerte de protoinforme sobre inteligencias extraterrestres y la posibilidad de avistamientos de OVNIS mucho antes de que estos se volvieran populares.
El Club de los fantasmas, ya con otro nombre, The Ghost Club Society, continúa hasta nuestros días reuniéndose el Día de los difuntos, aunque ya sin la solemnidad de las viejas tertulias victorianas.


Fuente de la nota:  El Espejo Gótico.

Cementerio de la Recoleta en Buenos Aires, arcón de fantasmas e historias macabras


Historias de locura, amor y muerte sobrevuelan uno de los cementerios mas famosos de Buenos Aires.
Arcón atestado de historias insólitas, la pasión de amores no correspondidos y despechados; de odios pertinaces que trascienden la muerte; de bóvedas que reproducen el dormitorio de los difuntos, de familias que premian la lealtad de sus sirvientes y entierran a la mucama en el panteón familiar, aunque cumpliendo el rito de hacerla dormir afuera de la casa de los patrones, son muchos de los tantos relatos que adornan este no menos pintorezco lugar.
Se codean allí la tragedia de aquella pareja que, tras no hablarse durante 30 años, decidió perpetuarse en dos bustos que se dan la espalda desde hace más de un siglo y por toda la eternidad, con la última morada del sepulturero que, tras décadas de juntar peso a peso, construyó su lujosa tumba y se suicidó.
Los hechos pretéritos verídicos conviven de igual a igual con el desenfado de un sinfín de mitos, fantasmas y leyendas alucinantes. Una especie de irreverencia al silencio de los muertos; un eco insistente que ni las cenizas ni el tiempo han podido acallar. Y que retumba entre callecitas y diagonales estrechas, trajinadas por turistas extranjeros y por la banda más numerosa de gatos de la ciudad.
Al libro que reeditó hace poco el oftalmólogo Omar López Mato, "Ciudad de ángeles", que compendió éstas y otras historias, se suma ahora el relato oral de un grupo de historiadores. Ellos conocen hasta el último resquicio de esa necrópolis monumental que es el primer cementerio que vio nacer la ciudad de Buenos Aires.
El rigor histórico, sostén de sucesos poco convencionales y, con él, los mitos transmitidos de generación en generación convierten a las historias de ese solar donde reposan 350.000 almas -incluidos 25 presidentes constitucionales, cuatro máximos gobernantes de facto, 200 héroes de la Independencia y 100 gobernadores provinciales- en los más cautivantes de los relatos de la vida cotidiana. Porque la oscuridad de la muerte, tan poderosamente trágica como inapelable, también tiene su influjo. Y si el escenario es el Cementerio de la Recoleta, en donde la prosapia dialoga con mausoleos, cenotafios y esculturas funerarias monumentales, proyectados por los más rutilantes escultores y arquitectos de la época -Lola Mora, José Fioravanti, Alberto Lagos, Troyano Troiani, Edoardo Rubino, Giulio Monteverse y tantos otros- ¿cómo ignorarlas?
CASI DOS SIGLOS
 En sus casi dos siglos de existencia (fundado en 1822, se lo bautizó primero Cementerio del Norte y fue trazado por el ingeniero francés Próspero Catelin, autor de la Sala de Representantes de la Manzana de las Luces y de la fachada de la Catedral junto a Pedro Benoit) son miles las historias que atesoran esas célebres seis hectáreas en las que se yerguen 83 monumentos históricos nacionales.
Pero este cementerio no es sólo conocido por su acervo escultórico, con toneladas de los más costosos y exóticos mármoles venecianos. Es tristemente célebre también por haber inaugurado una nueva tipología delictiva, apunta Eduardo Lazzari, uno de los historiadores que organizan las visitas y relatos orales por los sepulcros más señeros. Alrededor de 300 personas se dan cita allí todos los fines de semana para escuchar esas historias increíbles. El punto de encuentro es el Museo Roca (Vicente López 2220. Informes: Junta de Estudios Históricos del Buen Ayre: 15-4-439-4106).
"Una gélida noche de 1881, los autoproclamados Caballeros de la Noche, liderados por un noble belga de 27 años, Alfonso Kerchowen de Peñarada, secuestraron el féretro del cementerio de la Recoleta donde yacían los restos de doña Inés Indart de Dorrego", cuentan quienes saben. Exigían el pago, en un plazo de 24 horas, de cinco millones de pesos para restituir los restos de la cuñada de uno de los mayores mártires de la historia, el gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego. Caso contrario "la justa crítica de una nación os cubrirá de vergüenza" y "el ilustre apellido quedará manchado para siempre".
El chantaje llegó en forma de misiva al Palacio Miró, sobre la calle Córdoba. Allí, Felisa Dorrego de Miró, hija de la difunta secuestrada, dio parte a la policía, pero antes consultó a su mayordomo. "Imposible retirar del cementerio un féretro tan pesado sin que nadie lo hubiera percibido", sospechó el sirviente, quien había cargado con los honores de portar el ataúd durante las exequias.
Estaba en lo cierto. Los restos nunca salieron de allí y aparecieron en el panteón de la familia Requijo. Pero la policía siguió al acecho. Depositó una caja con fajos de billetes falsos en el arroyo de Maldonado, instruyó a la familia para efectivizar el pago y detuvo a la banda.
Pero los Caballeros de la Noche fueron exonerados: la ley nada decía sobre el robo de cadáveres. A partir de este hecho, se incluyó en la legislación penal argentina, el artículo 171, que castiga con dos a seis años de reclusión al que "sustrajera un cuerpo para hacerse pagar su devolución".
El amor mueve montañas, pero también puede inducir a la muerte. Elisa Brown, hija dilecta del almirante irlandés, esperaba el regreso de su comprometido, el comandante Francis Drummond, que luchaba contra el Imperio del Brasil a las órdenes de Brown. En la batalla de Monte Santiago, el joven muere heroicamente, en los brazos del almirante. El marino debe comunicarle la noticia a su hija de 17 años y le entrega el reloj que había pertenecido a su novio, última voluntad del joven.
Desgarrada, Elisa -algunos sostienen que ataviada con su malogrado vestido de novia- se sumerge en las aguas del Río de la Plata para reencontrarse con el alma de su amado. Los restos de la novia del Plata yacen en una urna detrás de la del marino, confeccionada con el bronce fundido -y la gloria- de uno de los cañones de su embarcación.

No los unía el amor, sino el desprecio. El mausoleo de Tiburcia Domínguez y su marido, Salvador María del Carril, uno de los promotores del fusilamiento de Dorrego, gobernador de San Juan y compañero de fórmula del General Urquiza, es una evocación para la posteridad de sus desavenencias conyugales. El suyo fue un matrimonio silencioso: no se dirigieron la palabra durante 30 años. No era indiferencia, sino odio, de ese tan pertinaz que, incluso, trasciende la muerte. Y para que ninguno de los dos lo olvidara, la viuda dejó constancia testamentaria de su voluntad: sus esculturas debían darse mutuamente la espalda. Ella, con gesto adusto, incómoda en un busto. El, confortable en un sillón, dirigiendo la mirada en sentido opuesto. Perpetuaron así su odio conyugal pos-morten.
Liliana Crociati murió a los 20 años en su luna de miel en Insbruch. Un alud la sepultó junto a su marido en su cuarto de hotel en 1970. Ese mismo día, a 14.000 kilómetros de distancia, también murió Sabú, su perro adorado. Una escultura la evoca vestida de novia, con su pelo largo y suelto, secundada por su fiel mascota. En la bóveda, como una catacumba romana, ambientada como su dormitorio y lleno de fotografías, un sari rojo, comprado por ella en la India, cubre con la fuerza de una alegoría su lecho de muerte.

CON CAMA AFUERA
Como liberta de la familia Sáenz Valiente, la doméstica Rita Dogan descansa en el perímetro del mausoleo de su patrones, aunque por fuera de la cripta familiar. Si bien no era costumbre de la época enterrar a los sirvientes cerca de los señores, debía reconocérsele "la fidelidad y honradez" de la sirvienta, según reza su epitafio.

Los valores de la amistad también están representados en la Recoleta a través del cenotafio conocido como "De los tres amigos".
Cómplices e inseparables, hombres de la generación del 80, permeables al sentimiento edificante que depara toda amistad, el músico Benigno Lugones, el escritor Adolfo Mitre, hijo del fundador del diario "La Nación, y el historiador Alberto Navarro Viola decidieron homenajear un sentimiento común. Y levantar un monumento que, como una epifanía perpetua, recordara esa amistad.
Las trágicas y precoces muertes de los tres amigos, antes de cumplir 30 años, estimularon, curiosamente, a que otros amigos concretaran el anhelo: irguieron una pirámide donde cada uno de los tres lados honra al escritor, al músico y al historiador, a los hombres unidos por férreos lazos de amistad.

De los 183 años de vida de la Biblioteca Nacional, 75 estuvo presidida por los tres ciegos más conspicuos que vio el país: Paul Groussac, José Mármol y Jorge Luis Borges.
Ajenos a lo que finalmente les depararía el destino, los tres dejaron testimonio expreso de su voluntad de descansar en la Recoleta. No pudo ser. Aunque Borges, que en ocasiones solía recorrer el cementerio con Adolfo Bioy Casares, imaginaba y discutía con su amigo durante horas con qué personajes de la historia trabarían amistad una vez que estuvieran presos para siempre dentro de ese perímetro.

LA NIETA DEL EMPERADOR

Una nieta de Napoleón también duerme su sueño eterno en la Recoleta gracias a las gestiones de Mariquita Sánchez de Thompson, casada en segundas nupcias y luego separada del francés Mendeville. El conde Alejandro Walewski, hijo del Emperador con la condesa polaca María Walewska, viaja con su mujer embarazada a Buenos Aires para negociar la finalización del bloqueo anglo-francés durante 1847. Mariquita, por expreso pedido de Rosas, asiste a la pareja que vio nacer y morir a su pequeña hija, Isabel, en estas márgenes del Plata. Servil, Mariquita se ocupa de la última morada para la heredera francesa y la entierra en una parcela de la Recoleta al tiempo que la pareja retorna al Viejo Continente. La inscripción del cuerpo figura en los registros del cementerio, aunque nadie puede precisar el lugar exacto de su inhumación.
La vida por una parcela en el cementerio. Eso pensó el sepulturero David Alleno, luego de 30 años de servicio abnegado en ese solar. Los ahorros de toda una vida tuvieron un solo fin: erigirse su propio mausoleo y encomendar a un escultor genovés el portento de sus desvelos. Cuenta la historia que una vez colocado el bajorrelieve en mármol de carrara, que lo inmortaliza con pico, pala, regadera y sombrero, volvió a su casa y se quitó la vida. La ansiedad pudo más: "Quiso ser inmediatamente sepultado en el lugar que lo obsesionó toda su vida. Dejó todo listo; sólo faltaba el cuerpo", sentencia Lazzari.

La cabeza del degollado en 1841 por el gobierno de Tucumán, Marco Avellaneda, hijo de Nicolás, jamás pudo reunirse con su cuerpo. Fortunata García de García encontró la testa en un descampado y la entregó para que tuviera cristiana sepultura en la Recoleta.

Luz María García Velloso falleció a los 15 años de leucemia. El desconsuelo de su madre la llevó a pedir una anuencia especial para que se le permitiera dormir todas las noches al lado del sepulcro de su hija. Aferrada al túmulo, esculpido en mármol como un lecho de rosas sobre el que reposa la niña, la madre pasó noches enteras llorando a su hija muerta.

El pánico a ser enterrado vivo, un temor generalizado a mediados de siglo pasado, empujó al dueño de las tiendas Gath y Chavez, Alfredo Gath, a tomar todas sus previsiones. Ideó un mecanismo hidráulico dentro de su ataúd por el que al menor movimiento el féretro se abría. Lo probó varias veces para cerciorarse de su efectividad. Murió aliviado, con la certeza de que sí, estaba muerto.

El mito -o la historia verídica, insiste Lazzari- habla de que a la única hija del poeta Eugenio Cambaceres, autor de "Sin rumbo", y de Luisa Bacichi, "amante y madre de un hijo de Hipólito Irigoyen", la enterraron cuando sufría un ataque de catalepsia. Su madre descubrió el error cuando fue a dejarle flores a su tumba: "Su ataúd estaba corrido y violentado", cuenta Lazzari. Aunque la leyenda también dice que la vieron fuera de su ataúd, aferrada a un árbol, entre gritos y sollozos. Una versión claramente emparentada con la mitología más fantástica que, sin embargo, continúa deambulando con la fuerza de una leyenda urbana. Es la "dama de blanco" que, desde hace años, recorre el cementerio. No son pocos los que juraron haberla visto. Impoluta y siempre de blanco.

Pasa el tiempo y las leyendas se aquilatan, el cementerio de la Recoleta ha tenido por destino en esta ciudad de Buenos Aires, albergar decenas de historias dignas de ser contadas.

domingo, 22 de junio de 2014

EL HOMBRE QUE PLANTABA ARBOLES.

"En 1914 Jean Giono realizaba un largo viaje a pie por las alturas montañosas y desconocidas de una vieja región de los Alpes que penetra Provenza en el sur de Francia. Los carboneros habían deforestado la tierra, los arroyos se habían secado y las ciudades estaban desiertas. Después de tres días, Giono se encontró en medio de una desolación sin precedentes, buscaba agua pero por todos lados la misma sequedad. Levantó campamento y a las cinco horas de marcha le pareció distinguir en la lontananza de una pequeña silueta que la tomó por el tronco de un árbol solitario. Se dirigió hacia allí, era un pastor. Una treintena de ovejas acostadas sobre la tierra ardiente y su perro descansaban junto a él. Le hizo beber de su cantimplora y lo invitó a su cabaña. Su nombre era Elzeard Bouffier. Tenía cincuenta y cinco años y su esposa e hijos habían muerto. Para Giono fue claro que pasaría la noche allí. Esa noche, el pastor fue a buscar un pequeño saco y vació sobre la mesa una pila de bellotas, seleccionó las mejores y cuando tuvo delante de si cien bellotas perfectas se fueron a acostar. Al día siguiente Giono acompañó a Buffer, una vez llegado al lugar a unos doscientos metros de altura, clavó su barra de hierro en la tierra. Hizo así un agujero en el cual metió una bellota y luego la rellenó. Plantaba robles. Le preguntó si la tierra le pertenecía, le respondió que no. Si sabía quiénes eran sus dueños, no lo sabía, ni estaba interesado en conocer a sus propietarios. Había llegado a la conclusión de que esa tierra se moriría por falta de árboles. Plantó así sus cien bellotas, con cuidado extremo. Respondiendo a la insistencia de su compañero le contó que durante tres años había estado plantando árboles en esa soledad. Había plantado cien mil. De éstos, veinte mil habían crecido. De estos, veinte mil habían crecido. De estos veinte mil contaba aún perder la mitad por los roedores y de todo lo que es imposible prever de los designios de la Providencia. Quedaban diez mil robles que crecerían. En este paraje donde nada había crecido antes. Giono partió a la primera guerra mundial y no regresó hasta cinco años después. Más allá del pueblo muerto divisó un bruma gris que recubría las colinas como un tapiz. Buffier había continuado plantando árboles imperturbablemente y los robles de 1910 ahora tenían diez años. El espectáculo era impresionante. Al regresar al pueblo vio correr agua por los arroyos que habían estado secos desde que el hombre tenía memoria. “Era la más formidable reacción en cadena que había visto. Al mismo tiempo que el agua reaparecía, reaparecían los sauces, los mimbres, los prados, los jardines, las flores y una especie de razón de vivir”. En 1935 una delegación administrativa fue a examinar “el bosque natural”, decidieron que había que hacer algo y afortunadamente nada fue hecho, salvo poner al bosque bajo protección. Giono regresó todos los años y vio por última vez a Elzeard Bouffier en 1945, tenía entonces ochenta y siete años. Todo había cambiado. Pero lo más sorprendente de todo fue escuchar el verdadero murmullo del agua corriendo. …vi que había sido construida una fuente y que al agua fluía abundante, alguien habría plantado junto a ella un tilo, símbolo de una resurrección. La esperanza había entonces, retomado. Si se cuenta la antigua población y los recién llegados, más de diez mil personas debían su felicidad a Elzéard Bouffier. Cuando tomo en cuenta la infatigable grandeza de alma y la tenacidad en la generosidad necesarias para lograr este resultado, me siento imbuido de un inmenso respeto por ese viejo campesino inculto que tuvo a bien realizar esta obra digna de Dios:” Extracto original en francés: L´homme qui plantait des arbres.

domingo, 1 de junio de 2014

Barcos Fantasmas fuente inagotable de relatos misteriosos

Un clásico relato de navío fantasma es el de "Octavius", que volvía desde Oriente hacia Inglaterra a través del Paso del Noroeste, donde quedó atrapado por el hielo. La historia cuenta que en 1775 un ballenero llamado "The Herald" se cruzó con él flotando sin destino preciso frente a las costas de Groenlandia. Los marineros del "Herald" subieron al buque perdido, pero allí se encontraron con una gran sorpresa: los cuerpos de sus colegas y los pasajeros congelados por el frío del Ártico. En igual forma fue hallado el capitán, quien a su lado tenía la bitácora cuyo último registro era de 1762. Algo por lo cual se supone que el buque realizó parte de su travesía con el status de "barco fantasma".
La historia del "Flying Dutchman (El Holandés Errante)" es una de las más célebres y tal vez más antiguas leyendas del mar, ya que circula desde hace al menos 500 años. La embarcación partió de Ámsterdam con destino a las Indias Orientales, pero frente a una peligrosa tormenta cerca del Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África, su capitán Van der Decken decidió seguir adelante y para eso mató a su primer oficial, quien se le oponía. No obstante todos los esfuerzos, el buque finalmente se hundió en una tormenta y desde ese momento algunos pescadores y marineros aseguran haberlo visto en diversos puntos del planeta.
Oro ejemplo de barco fantasma muy renombrado es el de la goleta de tres palos "Lady Lovibond". La nave británica zarpó en febrero de 1748 con rumbo a la ciudad portuguesa de Oporto, pero una cuestión de celos por una mujer entre el primer oficial y el capitán desembocó en que este último llevara en forma intencional al buque hacia los bancos de arena Goodwin, cerca de Kant, en la costa sudeste de Inglaterra, donde chocó y se hundió. La leyenda afirma que la embarcación aún puede ser vista en las cercanías de aquel lugar cada medio siglo, y en los años 1798, 1848 y 1998 se documentaron varios testimonios de su avistamiento.
El caso más famoso tal vez sea el del "Mary Celeste", un bergantín de 31 metros de eslora y 282 toneladas de peso que en diciembre de 1872 fue hallado viajando a toda vela por el Océano Atlántico rumbo a Gibraltar. A pesar de que la comida estaba servida y los botes salvavidas en su lugar, la tripulación había desaparecido en forma inexplicable. Una de las teorías para justificar la escena es que un grupo de piratas abordó el "Mary Celeste" y se llevó consigo a sus tripulantes, aunque otros deslizan la hipótesis de que una misteriosa criatura marina pudo haber sido la culpable de todo. Mientras que una tercera versión asegura que se trató de un simple motín.
Sin embargo, el denominado "barco fantasma del Ártico" es el "SS Baychimo": un carguero británico de 1.300 toneladas que tenía su base en la ciudad canadiense de Vancouver y estaba revestido de acero, justamente para evitar inconvenientes durante sus viajes a través del frío polar. Lanzado al mar a principios de la década de 1920, quedó atrapado en el hielo cerca de Alaska en 1931 y su tripulación fue sacada de la nave por seguridad. Pero ya sin marineros a bordo el barco logró "liberarse" y se mantuvo a flote por lo siguientes 38 años. Varias veces fue visto sin rumbo por parte de esquimales y otras embarcaciones, y la última ocasión fue en 1969, otra vez atrapado en las heladas masas de Alaska. Fue abordado en numerosas oportunidades pero las condiciones climáticas impidieron rescatarlo, tras lo cual se cree que se hundió.

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